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miércoles, 17 de julio de 2013

Indignados

En 1833 España quedaba contagiada por culpa de unos barcos ingleses que atracaban en el puerto de Vigo, por una de las peores pandemias víricas de la historia contemporánea, el cólera. Su origen estuvo en India y el comercio marítimo británico ayudó a que se extendiera por Europa. Si la ciudad gallega fue la primera en sufrir las consecuencias de todo el territorio español, a Granada le llegaba desde Huelva, la primera ciudad del sur en quedar contagiada, también por culpa del comercio marítimo. Los granadinos iban infectándose especialmente durante el verano de 1834, de manera que de 66.000 habitantes, se contagiaron 12.000 y murieron 5.794. Es decir, el 9 % de la población moría por el cólera de la India traído por los ingleses y afortunadamente, el clima granadino atemperó mucho el virus, de manera que en otras ciudades costeras de España, la mortandad fue enorme. En Nueva Carteya, por ejemplo, diezmó al 48 % de la población.

Dice el refrán que “a perro flaco todo son pulgas” y algo de cierto hay en ello. Porque España empezaba a vivir una de sus peores etapas históricas, tal es así que el origen de la ruina completa de esta Nación se fraguó en el Siglo XIX, desde la Invasión francesa, la pérdida del Imperio a las guerras civiles, hasta en número de tres que por culpa de Fernando VII vivimos. Y precisamente en 1833-34, el carlismo empezaba a campar a sus anchas y a levantar barreras entre españoles, mientras María Cristina de Borbón reinaba en lugar de su pequeña hija, la futura Isabel II. Y para colmo la pandemia. Pero lo curioso es lo que viene a suceder un 17 de julio de 1834, cuando aún quedaban meses para que el cólera fuera vencido y en Madrid, la paciencia con la medicina, con los gobernantes y para colmo, con Dios, se estaba acabando.

A la capital del Reino, el cólera aún no había llegado... Pero el regreso de las tropas que habían estado combatiendo a los carlistas, fue el detonante definitivo. Lo que no mataba el campo de batalla, lo haría en la tregua la enfermedad. Era Presidente del Gobierno el granadino Francisco Martínez de la Rosa, que decide de manera sospechosa trasladar la corte a la Granja de Segovia. Al Palacio se van, como un exilio, María Cristina, la futura Isabel II y el resto de la Familia Real. Es ya julio de 1834 y el cólera empieza a campar a sus anchas por Madrid.

El 15 de julio la Villa y Corte se despierta con una mala noticia. Los carlistas han ganado una batalla decisiva, el pretendiente Carlos María Isidro va proclamando su legitimidad y el calor se recrudece. Para colmo, la gente que demostraba síntomas de estar enfermo, empieza a morir sospechosamente. En los barrios más pobres la mortandad parece no tener freno y la cifra se eleva ya a casi 3.500 fallecidos. ¡Algo está ocurriendo en Madrid y el Gobierno lo niega!

Alguien empieza a propagar un rumor que cada vez cobra más fuerza. La epidemia es culpa de los curas; los frailes de Madrid están envenenando las fuentes públicas para que los carlistas puedan entrar sin problemas en la capital. De repente, el bulo es ya imparable. Los pobres apuntan a los ricos y las clases altas, han de tener por fuerza la culpa de que los pobres mueran. Es la historia eterna de este país. Los políticos radicales empiezan a propagar, más rápido que el mismo cólera, que se trata de una maniobra para eliminar a los pedigüeños y reducir el número de indigentes. La psicosis colectiva es tal que cualquier sospechoso que se acerque a una fuente pública, ha de ser obligatoriamente el responsable. El día 16 de julio, se asesinan a dos jóvenes mendigos y a las 3 de la tarde del 17, en la Puerta del Sol, una muchedumbre persigue a “mujerzuelas” que han ido a las fuentes y desde Lavapiés, Relatores y otros lugares de la capital, se forma una turba sin freno. El objetivo, LOS CONVENTOS.  

Al grito de que los culpables son los jesuitas, que en algunos sermones habían dicho que el cólera era “un castigo divino contra los descreídos habitantes de la ciudad, mientras que la gente del campo quedaba libre por ser fiel y devota”, se asalta el Colegio Imperial de San Isidro, la gente corre por la Puerta del Sol, la plaza de la Cebada, el convento de San Francisco el Grande y las calles de Atocha y Toledo y desde las doce de la mañana del 17 de julio, se asesinan a los recaderos de los jesuitas, a un franciscano y a cualquier viandante con túnica regular que pase por las calles. La locura es tal que algunos miembros de la Guardia Real se suman al tumulto. Los madrileños están convencidos que la culpa es de los frailes y corre de boca en boca el testimonio de dos cigarreras a las que se les había sorprendido con veneno para echar en las fuentes, mandadas por los jesuitas. Es tal el fanatismo, producto del miedo, que hasta el superintendente de la policía ordena buscar pruebas del envenenamiento en el Convento de los Jesuitas. Catorce religiosos de la Compañía son asesinados ante la policía, impasible y con los brazos cruzados.

A las pocas horas, le toca el turno al Convento de Santo Tomás de los dominicos en la calle de Atocha,  donde se asesinan a siete frailes, de nuevo con las tropas de orden público sin hacer nada por detener la matanza. LA turbamulta empieza a demostrar su verdadero carácter: expolia el convento, los exaltados se revisten con casullas, se burlan de los ritos católicos y cometen sacrilegios. Pero a la tarde el descontrol es dantesco. San Francisco el Grande es tomado a la fuerza y en el interior, son asesinados 50 franciscanos. Luego, a las once de la noche, el Convento de San José de los mercedarios en la actual plaza de Tirso de Molina, es escenario del asesinato de 10 frailes. Prosiguen los asaltos, incendios, robos, sacrilegios y muertes. Los Capuchinos, desde su Convento en el Prado, abren las puertas y reciben a la turba orando, mientras la cifra de frailes asesinados supera ya los 80.

Francisco Martínez de la Rosa decide actuar ante la violenta, asesina e ilegítima actitud de la policía y de los cuerpos militares de la Capital. Cuando asaltan el convento de los trinitarios con el objeto de expoliarlo y quedarse con los bienes, 9.000 soldados al mando del General Martínez de San Martín, entran en Madrid, arrestan al Gobernador Militar (el Marqués de Falces), al Gobernador Civil, el Duque de Gor (como ven, títulos nobiliarios relacionados con Granada) y se declara el Estado de Alarma. En los juicios posteriores, los culpables provienen todos de los barrios populares, sorprende la cantidad de mujeres implicadas y son actores principales del motín, asesinato, robo y desorden milicianos y soldados sublevados.

José Fontana, diría que “para comprender lo sucedido hay que penetrar en la raíz misma de un anticlericalismo”. Julio Caro Baroja apunta a un complot de la  masonería y dice que es éste episodio el origen de lo que después se vivirá en la II República y al final, Antonio Moliner Prada escribirá que “los liberales radicales estaban interesados en acelerar el proceso de la Revolución y les interesaba la desestabilización política y los ataques directos a la Iglesia”. Javier de Burgos habló de “espanto como camino para la Revolución”. Cuando todo esto acaba, lo único claro que sacamos de tamaño episodio histórico, es que en España, la violencia radical-liberal ha sido una constante en la Historia de la época contemporánea. Tal vez, algunos digan no sin equivocarse que ensalzar las revoluciones, desde la Francesa a las hispanoamericanas, no es otra cosa que apoyar los asesinatos que bajo el mentiroso grito de libertad se han producido siempre.


Lo que yo tengo claro es que este escenario de 1834 es el mismo que el de 1931, 1936 y el que desencadenó en una Guerra inolvidable. Desgraciadamente. Y cuando veo extrañas arengas por parte de grupos civiles que quieren tomar el Congreso y cosas por el estilo, que acaban en batallas campales contra las fuerzas del orden público, me lamento de que la gente, no conozca más su historia y aprenda de esos errores, como el de hace 179 años en Madrid.

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