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jueves, 18 de julio de 2013

El último Zar

Asesinato de Nicolás II y del heredero, de tan solo 13 años. 

En la ya jornada del 18 de julio de 1918, los soldados comunistas del Ejército Rojo ruso, asesinan de la manera más vil y horrenda a la Familia Real, zares, zarévich y zarinas. La decisión pone de manifiesto tanto odio como miedo a que el pueblo luche por los que siguen considerando los símbolos indiscutibles de la Gran Rusia. Desde el mismo instante en que los asesinos comunistas cometen el crimen, cunde el rumor que no toda la Familia Real ha muerto y hasta fechas recientes, se ha discutido si en realidad, la corona rusa sigue legítimamente teniendo dueño en los descendientes de Nicolás II que se salvaron del horripilante crimen de Ekaterimburgo, la noche del 17 de julio de hace ahora 95 años.

La Familia Imperial rusa poco antes de su cruel asesinato político ordenado por Lenin

A casi un siglo de distancia, todavía hay quienes sostienen que la pequeña de las hijas del Zar, la Gran Duquesa Anastasia, sobrevivió a la brutalidad comunista y pudo camuflarse bajo otra identidad durante años. En 1980, la prensa mundial se hacía eco del silencio que 50 años después de la tragedia del 17 al 18 de julio de 1918 rompía una ciudadana estadounidense Anna Anderson, que aseguraba ser la Gran Duquesa, la menor de las tres hijas y cuarta de los cinco habidos por el matrimonio imperial ruso. En 1976, dos periodistas americanos publicaban “El expediente del Zar”, en los que se narraba la intervención del Rey Alfonso XIII de España y que podía asegurar que la Zarina, seguía viva.

Las cuatro hermanas, hijas del último Zar. 

En España la repercusión no se hizo esperar y en 1978, Plaza & Janés publicaba datos del entonces Presidente del Gobierno español, Eduardo Dato, que le hacía llegar a Su Majestad don Alfonso XIII los datos que los servicios de inteligencia británicos y espías europeos mandaban a nuestro país: al menos, hasta octubre de 1918, 3 meses después del supuesto asesinato de toda la familia imperial, la zarina y dos de sus hijas seguían vivas. Todo parecía indicar que el Zar, el Zarévich y una de las tres Grandes Duquesas (las hijas), sí habían sido asesinadas.

Madrid, residencia de los Románov, la Familia Imperial Rusa

La familia imperial rusa era la dinastía Románov; el pretendiente al trono era en aquel año de 1978, el Príncipe Vladimir Kirilovich de Rusia, que murió en Miami en 1991. Hay que recordar que los Románov vivían entonces en Madrid y el revuelo formado fue considerable. Esto se unía a lo publicado en Londres un año antes, en 1977, donde se decía de manera contundente que “la Emperatriz y sus hijas fueron conducidas a Perni y seguían con vida algunos meses más tarde de la matanza del Ejército Rojo. Además de Anastasia, la más joven, y de María, la tercera, hay indicios de que la mayor, Olga, murió en Como (Italia), bajo la identidad de Marga Boodts, en 1977, y que Tatiana, la segunda hija de los zares, murió durante los primeros meses de la segunda guerra mundial (1939 ó 1940), en un convento de monjas ucranianas católicas de la orden Basiliana, en Polonia, bajo la protección del metropolita de Lviv, monseñor Andrei Szeptycki (antecesor del hoy cardenal Josyf Slipyj, quien aseguró a varios familiares suyos haber estado al tanto del asunto)”.

Supuestamente, bajo esta lápida descansaba la hija de Nicolás II. 

El Diario El País publicaba el 10 de febrero de 1980 que se sabía desde hace dos meses (es decir, diciembre de 1979) que “en el cementerio Flaminio de Roma está la tumba de la gran duquesa María. Según la documentación del registro civil de la capital ítaliana, la señora sepultada allí era la viuda del príncipe Nicolás Dolgoruky y, de soltera, era la condesa Ceclava Czapska, fallecida en Roma el día 1 de diciembre de 1970. En la lápida de la sepultura, además de esos datos y de la fotografía de la difunta, hay algunas cosas raras, como la corona imperial rusa y el tratamiento de «alteza imperial» (nunca utilizados por el príncipe Nicolás Dolgoruky, fallecido en Bruselas el 19 de enero de 1970, y que fue, en marzo de 1939, efímero rey de Ucrania, destronado al cabo de tres días de su proclamación por las tropas de Hungría, al parecer teledirigidas por Hitler). También figura en la tumba el apellido Romanov, que no se explica suficientemente por el lejano parentesco del príncipe Dolgoruky con la familia imperial rusa”.

El Príncipe Alexis y su Esposa, herederos del Título Imperial, hoy en manos de su hija María.

Poco después se hacía conocer un documento enviado de manera confidencia al nieto de esta difunta, LA PRESUNTA GRAN DUQUESA, hija del último Zar, el príncipe Alexis d'Anjou-Durassow Dolgoruky, que residía en Madrid en esos momentos. El texto estaba redactado en francés y de manera extraordinariamente literario, casi novelesco decía: “Declaro que yo, Ceclava Di Fonzo Czapska, a los ojos de la ley en Europa occidental, he vivido bajo una falsa identidad desde el 1920 para mi salvaguardia [...] Soy en realidad María Nicolaievna, nacida el 14 de junio de 1899, en Peterhof, hija de Sus Majestades”; además, la supuesta heredera del trono ruso contaba lo sucedido tras el asesinato de la Familia Imperial: “En la mañana del 6 de octubre de 1918, en la ciudad de Perm, donde estábamos mi madre y mis tres hermanas desde el 19 de julio, fuimos separadas las unas de las otras y llevadas a un tren. Llegué a Moscú el 18 de octubre, y allí Gueorguy B. Chicherin, primo del conde Czapski, me entregó al representante ucraniano, bajo el apellido Czapski, para que saliese hacia Kiev en un tren militar. He sido protegida en Kiev por el general príncipe Alejandro N. Dolgoruky, jefe del Estado de Ucrania y padre de mi esposo legítimo, el príncipe Nicolás Dolgoruky, llamado Di Fonzo, quien recibió dicha identidad, extendida a mi persona, por orden de la Reina Elena Nicolaievna, en 1920”.

La pequeña Anastasia. Todavía estremece pensar la brutalidad de los bolcheviques y se pregunta uno qué peligro podía suponer una niña como la de la foto.

La historia comenzaba a tener visos de credibilidad. Los Románov, que eran asiduos de la Marbella chic de finales de los setenta y principios de los ochenta, conocían entonces como el resto del Mundo tan sorprendente noticia. Y seguían publicándose extractos de cartas, de mensajes, de informaciones sesgadas como la del Ministro de Asuntos Exteriores de Ucrania, que decía en Génova, en 1922 a un grupo de periodistas: “Ignoro lo que ha sido de las cuatro hijas del zar”; y lo curioso es que esa nombrada “Reina Elena Nicolaievna, no era otra que la esposa de Víctor Manuel, Rey de Italia hasta el fin de la II Guerra Mundial. lo que, por lo menos, indicaba que no estaba seguro de su muerte.

La casa de los Románov en Marbella

A la carta que recibía en Madrid el príncipe Alexis d'Anjou-Durassow Dolgoruky se le unía un testamento redactado en Bruselas en 1970, autentificado por sentencia del Tribunal de Primera Instancia de Bruselas, de fecha 10 de marzo de 1971, registrado por la notaría de maitre Roland Regout, de la capital belga, en francés, el mismo día, y luego en traducción italiana por los Ministerios italianos de Gracia y Justicia y de Asuntos Exteriores, y finalmente por el consulado general de España en Roma, con fecha 7 de junio de 1971, donde le cedía los poderes dinásticos rusos al no saberse nada de la Gran Duquesa Tatiana y ante la falta de descendencia de Olga, además de otorgarle la propiedad de la casa de Marbella.

A la izquierda la Gran Duquesa Anastasia. 
A la derecha Anna Anderson, que se pasó toda la vida asegurando ser la pequeña Anastasia.

Luego, todo se embarró con la interesantísima vida de Anna Anderson (1896-1984), que definitivamente quedó comprobado que pudo engañar durante décadas a cuantos creyeron su mentira y fingir la identidad de la Gran Duquesa Anastasia. El cine se interesó por  todo esto, como prueba la película Anastasia, que en 1956 distribuyó la Fox y que supuso el Óscar a la mejor actuación femenina. La actriz que encarnó a la hija pequeña del Zar y mereció la estatuilla dorada, era nada menos que Ingrid Bergman. Da igual, ni siquiera se pudo demostrar lo que el sastre vienés Heinrich Kleibenzetl, que vivía y trabajaba frente a la casa Ipátiev, donde se produjo el asesinato, declaró en un Tribunal en 1966. Al fin, se hallaron los cuerpos en los sótanos del Palacio. El ADN demostró que todos los hijos del Zar, la Zarina y el mismo Nicolás II, habían sido asesinados, callando definitivamente toda la literatura novelesca que a lo largo de décadas alimentó más que la sospecha, el deseo de que algún heredero directo de la Familia Imperial hubiera quedado con vida. En 1998, Boris Yeltsin, asistía al entierro de los restos mortales.

La Zarina de Todas las Rusias en el Palacio de Invierno, hoy el Museo Ermitage

La descendiente hoy día es una española. Sí, hija de rusos pero nacida en Madrid en 1953. Se trata de La Gran Duquesa María Vladímirovna Románova, que aunque ella misma ha dicho que la restitución del trono de Rusia le corresponde decidirlo a los rusos en referéndum, no quita que tenga el tratamiento de Zarina de Todas las Rusias. Ahora, tiene que hablar el Tribunal de derechos Humanos de la Haya. La Corte Penal Internacional decidirá si en efecto, como creemos todos, aquello fue un asesinato político ordenado por Lenin. El comunismo, de todas maneras, se ha resuelto como la ideología más criminal de toda la Historia, habida cuenta de su corta duración. A los comunistas se les atribuye 100 millones de muertos en 80 años y en todo el Mundo, sin por supuesto poder precisar tantos otros sin conocimiento ni castigo. Uno podrá estar en contra de las monarquías, de los regímenes que hace justo hoy 95 años, estaban trasnochados; pero lo que ocurrió en la drástica madrugada de un 18 de julio de 1918 en los Urales, en Ekaterimburgo, en el Palacio Ipátiev, deja claro que la maldad humana, el resentimiento, la envidia y la crueldad no tienen freno en la sociedad.


El Escudo Imperial

Descanse en paz la Familia Imperial. Y larga vida a María, la española que es ZARINA DE TODAS LAS RUSIAS. 


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