Visitas

martes, 9 de julio de 2013

El oro de Granada

Villa romana de los Mondragones

¿Quién no ha oído alguna vez que las aguas del Darro arrastraron oro por los viejos cauces que se colaban, Granada abajo, desde las faldas de la Alhambra a las fronteras del Genil? El río del oro, ese sería su origen etimológico... Los romanos, cuando llegan a aquella ciudad ibera que se llama Iliberri, se dan cuenta que las aguas del río que baja por la colina más habitada, brillan. ¡Tienen oro arrastrado por el agua! y no dudan en afirmar que ese es el flumen quod dat aurum... Es decir, el río que da oro. DAT AURUM siempre ha sido mito, leyenda o tal vez realidad. El Darro forma parte de la historia mítica, fabulosa, quizás increíble que se une a la de grandes tesoros escondidos en el subsuelo de la Alhambra, los pasadizos secretos que comunican las estancias del sultán con el Albaicín, las galerías cuajadas de piedras y oro, los cuentos de una ciudad de cuento.  

Las leyendas nacen de una verdad que se aumenta y se exagera hasta que entonces pierden credibilidad, se convierten en fantasías y con los siglos, se transforman en eso, en leyendas. Porque lo que sí se puede comprobar es que hubo unas minas de oro en las proximidades de la Alhambra, que empezaron a explotar los romanos. Y hay una calle que va a dar a ese Darro que llevó oro flotando por sus aguas, que se llama “Horno del oro”, donde se levanta la Sede del festival de Jazz, ese palacio nazarí del siglo XIV. Dicen los cronistas que en esta calle hubo un horno, desde los romanos a los nazaríes, que fundía las pepitas encontradas en el río.

El Cerro del Sol

Son libres de creerlo o no; pero lo cierto es que Granada se convirtió en 1850, en la California de España. Como en Estados Unidos o en Alaska, industrias de la minería, empresarios belgas y aventureros disparatados, comenzaron a comprar terrenos en el Cerro del Sol, el que va desde la Alhambra a Cenes de la Vega. La Gaceta de Madrid publicaba en 1858 un titular esclarecedor: “La California granadina”. Hablaba del oro que sacaban algunos particulares en el Barranco de Doña Juana, (Huétor Vega); la ciudad empezó a sorprenderse de la cantidad de foráneos que llegaban de los rincones más apartados de España. Asturianos y catalanes se hospedaban en las posadas de la calle Mesones para “tentar a la suerte”. En definitiva, lo que estaban haciendo era repetir lo mismo que dos mil años antes ya protagonizaron los romanos. Éstos, llegaron a construir un canal para llevar agua hasta El Cerro del Sol.


Los escritores de poco pelo empezaron a inventar. Las leyendas se sostenían en una verdad que con el tiempo, nos la han entregado tan aumentada que hemos terminado por no creerla. Cuentos ingeniosos que aseguraban que el emir de los tenía 400 cautivos que recogían de entre la arena partículas de oro. Otros mitos que corrían por la calle aseguraban la corona que distinguía a los reyes de Granada se había hecho con el oro del Darro y al fin, alguien se atrevió incluso a decir que el Retablo Mayor de la Iglesia de San Gil se había dorado gracias al oro de la Lancha de Cenes y cuando una paisana pelirroja iba, el 30 de enero de 1853 camino del Altar para convertirse en Emperatriz de los Franceses, lucía unos pendientes regalo de sus conciudadanos hechos con oro granadino.

Mina de la Hoya de la Campana

A los buscadores de oro se les llamó, cosas del latín, “aureanos”. La actividad se multiplicó, los granadinos se asomaban al pretil para ver al puñado de personas, remangadas y agachadas, incluso debajo del puente de Cabrera o del Puente de Espinosa y aquello llegó hasta Francia. Un buen día se presentaron expertos industriales franceses, convencidos que el yacimiento era poco menos que las minas del Rey Salomón. Lo primero que pretendían era, construir un canal para traer el agua desde más allá del actual pantano de Quéntar hasta el paraje conocido como Hoya de la Campana, en la Lancha del Genil. La maquinaria utilizada era idéntica a la que se estaba utilizando en 1860 en California, con un método de lanzaderas de agua que arrancaban la tierra de las montañas para recoger el barro en cajones que conducían la tierra hasta la base de la montaña, donde en sucesivas cribas, iba desprendiendo el preciado mineral.

Un buen día, se hospedaba en Granada el francés Jean Adolph Goupil. Era 1875 y le sacaba al Ayuntamiento y a la Diputación los permisos necesarios para construir toda una ciudad minera en la cortijada de la Lancha, con oficinas, casas para los trabajadores y hasta un palacio propio con arco nazarí incluido. La proporción del oro era de 4,5 mg por cada tonelada de roca removida. El negocio no era boyante, pero Goupil se dedicaba al arte y movía cuadros de Fortuny y de Van Gogh, por lo que el proyecto era más un sueño y un empeño, que una necesidad. El agua venía del río Aguas Blancas, mediante un canal de 16 kilómetros de longitud que cuando se cerró la mina, se usó para fines muy interesantes. Tanto, que hoy día el agua potable que bebemos en la ciudad viene a través de este canal, que se denomina Canal de los franceses.

Restos del edificio de la Mina en Lancha del Genil

Aquello acabó. No era rentable; empezó el siglo XX, la vega daba tanta remolacha como para endulzar media España, los políticos prometían infraestructuras, un Duque veía enormes posibilidades en la Sierra, la ciudad cada vez era más admirada por los turistas que llegaban enamorados por conocer  “el palacio que dejaron los moros” y ya nadie se acordó jamás que Granada tenía el material más preciado de la historia de la humanidad debajo de su piel. Se fueron escribiendo mitos que acabaron en leyenda. Muchos negaron que el Darro se llama así porque los romanos ya se habían dado cuenta de lo “preciado” que arrastraba y la fantasía de buscadores de oro, de rodillas, debajo de los puentes y las minas de Cenes y las empresas con nombre francés, las coronas y los retablos brillando en oro y todo lo demás, se fue mezclando con los tesoros que dejó Boabdil escondidos, con los pasadizos secretos y con tanto y tanto que una ciudad de 2.700 años es capaz de atesorar.


La calle más bonita del Mundo, con el "río que da oro".  

Pero el sueño había sido real. Y no hacía otra cosa más que demostrar lo que muchos sabíamos: QUE ESTA CIUDAD ES MÁS VALIOSA QUE EL ORO.

No hay comentarios: