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domingo, 28 de julio de 2013

El fruto prohibido

"Adán y Eva". Tiziano Vecellio, 1560.

Y Yavé Dios le dio al hombre un mandamiento; le dijo: «Puedes comer todo lo que quieras de los árboles del jardín, pero no comerás del árbol de la Ciencia del bien y del mal. El día que comas de él, ten la seguridad de que morirás. [...] A la mujer le gustó ese árbol que atraía la vista y que era tan excelente para alcanzar el conocimiento. Tomó de su fruto y se lo comió y le dio también a su marido que andaba con ella, quien también lo comió”.

"La maldición de Dios". James Jacques Joseph Tissot , 1899

Y digo yo... ¿En dónde está escrito que Eva y Adán comieran manzanas? Pues ya se lo digo yo: en ningún sitio. Una mala traducción está detrás de la mala fama que ha tenido la manzana desde entonces, puesto se confundió la palabra latina para manzana, malus, con la palabra que identifica el mal, malum. El caso es que en plural ambas palabras vienen a decir “mala”, que no manzana, de manera que el árbol de la Ciencia del bien y del mal, por un error humano, acabó sin esperarlo en un manzano. Al momento de la ingesta prohibida, Eva y Adán se dieron cuenta que estaban desnudos y sigue el Génesis contando: “entonces cosieron hojas de higuera, y se hicieron delantales”. El debate en el siglo II era claro: los pecadores que desobedecieron a Dios, se taparon con las hojas del mismo árbol del que tenían prohibido comer su fruto. Luego, hemos de tener en cuenta una cosa, que el Nuevo Testamento se plaga de citas del Antiguo, como para hacer bueno lo que no necesitó jamás de textos anteriores (porque el ejemplo de Cristo ya fue suficientemente claro y plausible), pero lo cierto es que los Evangelios hacen mención continua a profecías y pasajes de la Ley de Moisés.

Jesús y la higuera sin frutos

Pues bien, nos ha de seguir valiendo lo que Marcos recoge en su Evangelio. En concreto en el capítulo 11, versículos del 11 al 20, que dice: Entró Jesús en Jerusalén y se fue al Templo. Observó todo a su alrededor y, siendo ya tarde, salió con los Doce para volver a Betania. Al día siguiente, cuando salían de Betania, sintió hambre. A lo lejos divisó una higuera llena de hojas y fue a ver si encontraba algo en ella. Se acercó, pero no encontró más que hojas, pues todavía no era tiempo de higos. Entonces Jesús dijo a la higuera: «¡Que nadie coma fruto de ti nunca jamás!» Y sus discípulos lo oyeron. Llegaron a Jerusalén, y Jesús fue al Templo. Comenzó a echar fuera a los que se dedicaban a vender y a comprar dentro del recinto mismo. Volcaba las mesas de los que cambiaban dinero y los puestos de los vendedores de palomas y no permitía a nadie transportar cosas por el Templo. Luego se puso a enseñar y les dijo: «¿No dice Dios en la Escritura: Mi casa será llamada casa de oración para todas las naciones? ¡Pero vosotros la habéis convertido en una guarida de ladrones!» Los jefes de los sacerdotes y los maestros de la Ley se enteraron de lo ocurrido y pensaron deshacerse de él; le tenían miedo al ver el impacto que su enseñanza producía sobre el pueblo. Cada día salían de la ciudad al anochecer. Cuando pasaban de madrugada, los discípulos vieron la higuera, que estaba seca hasta la raíz.  

PUES NADA, EL VERDADERO FRUTO PROHIBIDO

También nos cuenta Mateo los remordimientos de Judas Iscariote, que devolvió el dinero de su traición a los fariseos, se ahorcó en el Campo de Aceldama. Y en concreto, de una higuera. De todo esto sacamos varias ideas. La primera es que una mala traducción lo arruina todo y entra algo de miedo pensar qué otros fallos hay en la Biblia que perviertan la verdad. La segunda, que llevamos dos mil años poniendo de hoja perejil a la pobre manzana que no tuvo culpa de nada. Y la tercera y última, que lo más seguro que a lo que se refiere el escritor del Génesis, es a un higo. Un higo, ahora que es tiempo de ellos. Un puñetero higo y no una manzana como el arte y los artistas han difundido. Un higo con la guasa que tiene por su comparación con...


En fin, un higo.

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