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martes, 2 de julio de 2013

El crimen de la Calle Fuencarral.

¿Es más violenta nuestra actual sociedad o lo fueron otras de una manera desmedida? El asesinato, el crimen y las motivaciones poco honrosas para convertirse en un homicida forman parte inexorable de la condición humana y ni hoy somos más pacíficos (sí más reglados) ni ayer se podía dormir en España con la puerta abierta, que tanto le hemos escuchado a nuestros mayores alabando poéticamente el férreo control del franquismo.

Hace 125 años España se quedaba paralizada, conmocionada y convulsa por los sucesos que un 2 de julio de 1888, desde el mismísimo corazón de Madrid, desde la Calle Fuencarral, recorría como la pólvora el país entero. Y me sigue fascinando que cualquier cosa noticiable que suceda en el otro rincón del Planeta pueda ser conocido casi al mismo instante por toda la Humanidad gracias al alcance incontestable de los medios de comunicación del siglo XXI. Pero sin esa fortaleza e inmediatez, en tiempos de nuestros bisabuelos y tatarabuelos, España quedaba sorprendida y enterada a una velocidad inaudita para la fecha, por lo sucedido en el casticismo y bandera de lo madrileño, aquel verano de una España de Regencias, revueltas cubanas y debilidades ministeriales.

La Calle Fuencarral es el comercio por antonomasia. Sirve de frontera entre Chueca y Malasaña y en el distrito palpitante de Chamberí. Es el Madrid de siempre y sin  embargo, la calle que ofrece la estampa de modernidad, comercio con enfoques juveniles y cafeterías remozadas y fagocitadas por el Siglo XX. Pero si quieren, busquen el número 109, y cuando lo hagan descubrirán que no existe. Fuencarral salta del 107 al 111 y el solar que debiera recibir el 109, es la Glorieta de Bilbao. “Caprichos urbanísticos”, dirán algunos o racionalidad en el funcionamiento espacial de la ciudad. Pues no, olvídense de normas, de urbanismo, de antojos y parecidos: el 109 no existe desde lo sucedido tal día como hoy pero 125 años atrás, cuando en el piso segundo izquierda del número 109 de la calle de Fuencarral, los vecinos de la llamaron alarmados a la policía que descubre el cuerpo de doña Luciana Borcino, viuda de Vázquez Varela boca arriba, cubierta con unos trapos mojados en petróleo y ardiendo en una habitación cerrada. En una habitación adyacente se encuentra un perro bulldog y la sirvienta Higina Balaguer Ostalé, dormían narcotizados.  

La calle olía a carne quemada; eso declaraban los testigos. La sola imaginación de ese olor pone los vellos de punta a cualquiera. La que está ardiendo es la conocida “viuda de Varela”, una señora respetable y que no desapercibida en el barrio, bien acomodada y muy sensible, pues solía practicar numerosas obras de caridad que eran aplaudidas entre el vecindario y le valía los sobrenombres de “santa”. La policía detiene tan macabro espectáculo y descubre que doña Luciana Porcina había sido previamente acuchillada en tres ocasiones. Pero los agentes empiezan a sospechar de la criada, Higinia, que lleva poco en el servicio. Los interrogatorios se producen ese mismo 2 de julio y la joven ama de llaves no tarda en señalar como culpable al hijo de la difunta, José Vázquez Varela, de vida disoluta, un trasnochador empedernido, sin oficio ni beneficio. En el barrio todos lo conocen bien: es, simplemente, “el pollo Varela”.

Pero el libertino hijo no ha podido ser porque está encerrado en la Cárcel Modelo por hurto. A la criada la declaración se le ha ido de las manos aunque ella insiste denodadamente que él mismo la había obligado, la sobornó con dinero, viéndose obligada a limpiar la sangre del asesinato, comprar el petróleo, prenderle fuego al cuerpo y tras ello, se desmayó. Pero Higinia cambia una y otra vez de declaraciones, deja muchas lagunas, muchas incoherencias... La policía apremia en sus interrogatorios y éstos dan los frutos esperados: Higinia señala Dolores Ávila, conocida como "Lola la Billetera" y que pudo ser cómplice de la sirvienta.

No pasan ni dos semanas cuando cualquier diario, semanario o boletín parroquial de España se ha hecho eco del suceso, que salta incluso a Ultramar. Es un folletín novelesco con todos los ingredientes en los que el morbo se sirve en raciones generosas: una víctima rica, un hijo con cuentas pendientes con la justicia, una criada novata y codiciosa. En los cafés, el pueblo hace dos bandos; “los higinistas” defienden a Higinia, heroína del proletariado, desamparada y sin protección ante el golfo amo, el señorito déspota y canalla. Los “varelistas” defienden a José Vázquez Varela y la cosa al final se resuelve tal que así: burgueses y clases pudientes a favor del hijo de la asesinada y obreros y clases sencillas a favor de Higinia. Los medios de comunicación intentan mediatizar, los jueces reciben cartas influyentes y por espacio de varios meses, no hay nada más trascendente en el país que el asesinato de la Calle Fuencarral.

El 26 de marzo de 1889 comienza el juicio, casi nueve meses después de haberse cometido; el abogado defensor era nada menos el Ex-Presidente del Gobierno don Nicolás Salmerón. El público se arremolinaba a las puertas del tribunal, como hemos visto en los juzgados de Málaga hace unos meses. La Guardia Civil tenía que controlar la muchedumbre, convertida en casos, en turba. Higinia confiesa haber matado a su ama con un cuchillo. Narra como el día del asesinato ella había roto sin querer un jarrón y que la señora con su humor insoportable se había enfadado mucho con ella, e Higina ofuscada por el nerviosismo la había matado.

El juicio se enmaraña... aparece implicado José Millán, director de la Cárcel Modelo y padre del fundador de la Legión. Queda demostrado que el "pollo Varela" entra y sale de la cárcel cuando quiere y esto compromete a José Millán. Pero lo que queda por demostrar es quiénes ayudaron a Higinia. Y el fallo llega: A los once meses del asesinato, el tribunal condena a Higina Balaguer por robo y homicidio, a la pena de muerte. A Dolores Ávila, cómplice,  a dieciocho años de prisión, absuelve a los procesados José Varela y José Millán y termina la resolución. Higinia es ejecutada por garrote vil el sábado 19 de junio de 1890 a la edad de 28 años. Cerca de veinte mil personas asisten al acto.


Al comienzo me preguntaba qué sociedad es más violenta, y creo que todas lo son en idéntico grado. La única diferencia es que con una justicia firme y una policía que le dejen actuar, no como le sucede a la nuestra, los asesinos de Marta del Castillo no se reirían de España, y tal vez se hubiera esclarecido ya lo que les pasó a los niños cordobeses. A veces, ha de planear el duro e inhumano castigo de la pena de muerte para que alguien reaccione. 

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