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jueves, 11 de julio de 2013

Alicia en el país de las maravillas

Vio la luz hace casi 150 años aunque no nació como un libro; The Beatles o Bob Dylan le hicieron una canción y Salvador Dalí pintó trece escenas y James Joyce incluyó este personaje en una de sus obras. Ha sido protagonista de más de una decena de películas, la última, de Tim Burton, aunque gracias a la de dibujos animados de Disney, en 1951, se convirtió en la famosa obra que es hoy. Los españoles Federico Ibarra y José Ramón Enríquez compusieron una ópera basada en nuestra Alicia, que por si todo esto les pareciera poco, ha sido objeto de exposiciones permanentes en la Tate Gallery de Londres, con pinturas nada menos que de  Max Ernst, René Magritte o nuestro Salvador Dalí. ¡Qué! ¿Se convencen que Alicia es algo más que un cuento para niños? Pues esperen a ver lo que encierra realmente la novela de Lewis Carroll.


La niña que lo inspiró todo.

La joven Alice Liddel, inspiradora de la obra

Lewis Carroll había sido contratado como profesor de matemáticas en una escuela de Oxford. Solía congeniar bien con los alumnos y muy especialmente con las hijas de su director. Con ellas paseaba a menudo e inventaba juegos que las entretenía. Su vocación escritora era consabida; a Lewis Carroll no hubo de faltarle nunca cuentos, leyendas e historietas que él mismo creaba para entretener a las niñas de la “Christ Church” de Oxford y especialmente a Alice Liddell. Y precisamente fue un encargo de la joven Alice, que le pidió textualmente: “cuéntame una historia muy alocada para que así pasen más rápido los minutos”. Dicho y hecho, Lewis Carroll le narraba todos los días una historieta, que al cabo de tres años decidió llevar al papel. Se trataba de la compilación de esos cuentos orales que a manera de “capítulos” le iba contando a las orillas del Isis, un afluente del Támesis, por cuyas riberas solían pasear las niñas Liddell y el escritor.

Los hermanos Liddel

Al principio, Carroll había hecho amistad con Harry y Lorina, los hermanos mayores de la pequeña Alice, que conociño en 1855 cuando ella tenía tan solo tres años. Él por el contrario, 23 años. Las excursiones en barca y meriendas por los parques fueron frecuentes; hasta que Harry abandonó el divertimento, quizás por cuestiones de edad o porque lo veía como algo de niñas y en efecto, dejó a las dos hermanas en esa tarea vespertina. El caso es que la historia empezó con una niña que perseguía un conejo y en su afán por atraparlo, tuvo que meterse en una madriguera. No creía Lewis Carroll que iba a ser tan aplaudido su cuento y sin embargo, a Alice,  le encantó la historia, le pidió que se la escribiera y al cabo de varios años de trabajo, se la regaló a la niña Alice en las navidades de 1864.

Pero lo cierto es que Alice, con 11 años y Carroll, con 31, dejaron de verse. Alguna sospecha empezó a rondar por la cabeza de la madre de la niña.

La crítica escondida.

El autor, los niños y la madre

El libro ha sido sometido a infinidad de estudios posteriores, convencidos los analistas literarios que era algo más que un cuento de niños. Y estaban en lo cierto. Lewis Carroll, entre otras, decidió criticar con dureza y sin ambages la sociedad de su época, costumbres, licencias e incluso a sus propios vecinos. Todo lo que no le pareció bien, todo lo que no le gustó, sale entre las páginas de la historia de su “Alicia” con una contundencia ácida que para los que nunca conocieron Oxford ni sus gentes, pasó desapercibido, pero que se convirtió en un retrato mordaz sin precedentes.

El cuento arranca con el paseo de dos hermanas a las orillas de un río. Pues bien, se trata de lo mismo que hacía Lewis con las niñas Liddell. La historia es la de un escritor que al ver lo cotidiano, sabe convertirlo en narrativo. Porque en efecto, en la Catedral de Oxford, hay una puerta que pocos conocen y ven; está junto al jardín de las Liddell y enfrente del despacho de casa desde donde trabajaba Lewis y que forjó la amistad con las pequeñas. Pero un día, el padre de las niñas decidió que no era lugar de juegos y les prohibió entrar. No sé si recordarán la historia, pero a Alicia, una cerradura parlante le impide el paso al jardín secreto. En el jardín, un gato que habla se apoya en un gran árbol. Y el árbol también existió: estaba en ese jardín anexo a la puerta trasera de La Catedral de Oxford.

Día a día, lo primero que hacía Lewis Carroll al entrar en las clases de Christ Church era avivar el fuego de la chimenea, sirviéndose de dos aparatos, dos fuelles para “animar los rescoldos”, tienen curiosas cabezas y formas de flamencos. ¿Recuerdan el episodio en el que se utilizan a dos flamencos como palos para jugar al cricket? Como ven esto se llena de parecidos con la realidad; y Lewis no dudó en incluirlos, sin preocuparse más que en cambiar ciertos nombres, como cuando a la tienda donde las hermanas del cuento compraban la llama “Old Sheep Shop”. Pero en realidad, la tienda existió, estaba frente por frente al colegio de las hermanas, las de carne y hueso y allí adquiría dulces Alice. Hoy, es una tienda de suvenir. 

Pero lo que estoy seguro es que muchos pensaréis que Lewis estaba ajeno a cualquier brote de creatividad; porque si recordáis el famoso “Dodo”, un pájaro de ademanes y rasgos fantasiosos, en realidad se trata de la descripción de un fósil que conserva el Oxford University Museum, por lo que estamos ante un pájaro prehistórico y no ante la creatividad de un genio.

El conejo, el gran protagonista de la obra; pues en realidad era el deán de la escuela donde trabajaba, el padre de la Alice auténtica, y si en el cuento siempre llegaba tarde, en la realidad, el ajetreado deán recorría todo el edificio, se hacía cargo de todos los problemas, atendía las cuestiones más nimias y nunca estaba quieto. Pero lo cierto es que la culpa de la tadanza del conejo, y por ende, del deán que la inspiró, estaba en el sistema horario que todavía usaba Inglaterra; no estaba regularizado y el tren había causado estragos.  Cada región contaba su horas distanciándose minutos atrás, o adelante respecto a su distancia con el meridiano de Greenwich. Así, desde la catedral de Christ Church siempre se llamaba a los fieles cinco minutos pasados de en punto. Este descontrol horario fue tomado por Carroll para dibujar a su preocupado conejo que, por supuesto, siempre temía llegar tarde porque su  reloj estaba adelantado 5 minutos.

Y al fin, un último personaje: la reina de corazones. La retrató con una descripción minuciosa; en realidad, estaba describiendo el retrato de Enrique VIII, el mismo que veía a diario en el hall del colegio de Oxford. Además, si recuerdan, al “pérfida reina” solía amenazar a todo el mundo con cortarle la cabeza. Y el rey tudor, mandó que a dos de sus esposas, las decapitaran, luego la inspiración no deja dudas.


¿Se inspiró en una enfermedad?

Hace unos años los servicios de pediatría de España advertían del mayor número de casos atendidos de una rara enfermedad infantil que acababan de bautizar en Europa como “síndrome de Alicia en el país de las maravillas”. Atendían a pequeños que presentaban una serie de patologías parecidas: sufrían un cuadro de trastornos complejos de la percepción visual; es decir, ven los objetos alterados en su forma, tamaño, color y en lo que se refiere a su situación espacial. La edad media de los pacientes era de nueve años y medio y lo primero que les pasaba es presentar dolencias de palipnosia, es decir, ver las imágenes repetidas, combinado con prosopagnosia (no son capaces de reconocer las caras).

Intoxicaciones y migrañas explican este síndrome pasajero del que se recuperaban con ayuda médica sin mayores problemas. Curioso, pero la mayoría de los niños, al intentar explicar lo que les sucedía, coincidían alarmantemente: aceleración del tiempo y distorsión de la imagen corporal. Al cabo de estudiar los casos, neurológica y psíquicamente, no tuvieron los galenos mayores dudas: lo mismo que le ocurría en la novela a la joven Alicia, con una edad similar. Y entonces saltó la alarma: ¿pudo Lewis Carroll convivir con una Alice que le transmitía esos mismos síntomas? O dicho de otro modo: ¿se inspiró en una enfermedad para escribir este clásico?

En conclusión.

Lewis Carroll estaba enamorado de la niña; los paseos infantiles, los cuentos amables, todo ello no escondía más que un amor que desde luego, no fue entendido por la familia Liddell. Escandalizados ante la propuesta de matrimonio del profesor de matemáticas, ya mayor, mucho más que Alice, abandonaron Oxford dejando a Carroll enfrascado en su verdadera pasión: las matemáticas. Pero de ese amor no correspondido nos ha quedado una de las novelas más conocidas del Mundo que Disney se encargó de catapultar a la fama. La historia de una niña que distorsiona la realidad y quiere escapar del Mundo de los mayores.

El sueño de los despiertos... o de los enfermos.

1 comentario:

Inmantina dijo...

Excelente entrada. Me encanta. Un saludo.