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miércoles, 12 de junio de 2013

Trae mala suerte

"Paraguas y sombreros" de Marco Ortolan.  

Hemos tenido un año lluvioso, a Dios gracias. Los pantanos rebosan y el verde inusual en este sur de España invita al optimismo. Ni el verano ha hecho aún acto de presencia, cuando por estas fechas hemos agotado el repertorio de paciencia con el calor y aguardamos el culmen de un año propicio sin ganas de ver los 40 grados en las calles de agosto. Por eso les cuento una situación que nos ha sido más que común este año: se llega de la calle con prisas, goteando, empapados. Uno procura manchar lo menos posible y se dirige raudo y sin demora hacia el cuarto de baño, en donde refugiar, abierto y extendido, el paraguas. Al abrigo de su refugio hemos sorteado la lluvia de la jornada y al llegar a casa, toca que se seque, toca que no gotee por doquier y toca que se quede abierto y generosamente recostado sobre bañeras, platos de ducha o cabinas de nuestros baños. Y de repente, alguien de la casa, mantenedor impertérrito de las mejores tradiciones, guardián celoso de las costumbres, centinela de las leyendas folclóricas, espeta con enojo mal disimulado: ¡no, que trae mala suerte!

"Paisaje urbano" de Ernest Descals.


He de agradecer que en mi casa las supercherías denunciadas por Jovellanos, retratadas por Goya y conminadas hace más de dos siglos al inframundo de los incultos, no se estila. Pero alguna vez, de visita en casa ajena, me ha tocado ser testigo de lo que les cuento. Y siempre me he preguntado por qué un inanimado y servicial objeto, tan dócil (ahora que se abren mecánicamente), tan exánime a la vez que útil, provoca el temor, el pánico, el terror, el espanto, el susto y el miedo, más que la prima de riesgo, un banquero o un político juntos en Bruselas, a algunas personas. ¡¡¡CIERRA ESO QUE TRAE MALA SUERTE!!!

Detalle de "Calle de París un día de lluvia" de Gustave Caillebote (1877)

¿Quién ha maldito al trozo de tela sostenido por varillas metálicas flexibles y articuladas? ¿Qué abominable ser condenó al paraguas a ser un condenado eterno? ¿Acaso murió su inventor en extrañas circunstancias y su mujer, hechicera de una poderosa tribu milenaria, hechizó con un encanto poderoso e irrompible al usuario que lo deje abierto en su casa? 

Detalle de "Calle de París un día de lluvia de Caillebote (1877)

Pues no. Todo es mucho más sencillo. El paraguas es un invento chino, mucho antes que el gigante asiático fuera un Estado pseudo-comunista empeñado en hacer cosas tan baratas que se rompen de momento. Hace 2.600 años,  hace aproximadamente unos 2.600 años. China era un Reino, un Imperio, sus sedas las mejores del Mundo, sus originales piezas decorativas, fueron copiadas por todas las cortes europeas desde el siglo XVIII, las chinerías llenaron los palacios y su ancestral y sabia cultura, dada a conocer. Hasta los años 40 del siglo XX. Esa es otra historia, pero mientras, alguien de China, tan sabio como muchos de ese pueblo, inventó el paraguas. Por supuesto que antes de dar con el modelo que hoy día tenemos, aunque perfeccionado y mejorado pero sobre ese al fin y al cabo, hubo que hacer múltiples pruebas y no siempre positivas. ¡Y no siempre seguras!  

"Paraguas bajo la lluvia" de Maurice Brazil (1899)

La historia nos conduce hasta el comerciante, filántropo y aventurero inglés Jonás Hanway (1712-1786), que viajó por Irán y el Caspio y fundó la Sociedad de la Marina británica; el expedicionario, conoció antes de 1750 nada menos que el paraguas, quedándose fascinado por el invento chino, milenario y muy extendido, que servía tanto para protegerse del sol como de la lluvia. En su Inglaterra natal, iba a ser toda una sensación y no dudó en llevar el artefacto al Reino Unido. Europa, acababa de conocer el paraguas.  

"Los paraguas" de Pierre-Auguste Renoir (1883).

Poco a poco, las clases pudientes imitaron al explorador; la efectividad del objeto empezó a calar en la Gran Bretaña del siglo XVIII y hasta las clases más desfavorecidas empezaron a usar el paraguas. Éstos, de malos materiales, rígidos y puntiagudos, no cumplirían en nuestro siglo XXI ninguna medida de aprobación y seguridad dictada por la Unión Europea y tardarían menos de dos segundos en desaparecer de nuestros comercios, pero ello no implica que hace 250 años practicidad de los mismos fuera incontestable. 

"Jonas Hanway por las calles de Londres con su paraguas". 
Colección Bettman. Dibujo coloreado, 1875.

Antes de salir de casa, como solemos hacer hoy día, los ciudadanos procedían a abrir el paraguas en una Inglaterra donde el clima da pocas treguas. Lo malo venía cuando pretendían llegar hasta el interior del hogar sin mojarse, habituados a que en cuestión de segundos, las Islas pueden hacer que uno coja una pulmonía. Precisamente la lluvia y sus efectos hace más de dos siglos, sin los remedios y avances médicos de nuestros días, eran muy temidos. Así que los ingleses apuraron hasta el último segundo posible y penetraban en el interior de sus viviendas parapetados bajo el invento que trajo Lord Hanway, con los consiguientes tropiezos, roturas de jarrones y decoraciones mobiliarias de la entrada o sin percibir a quienes pretendían salir y a los que no veían, calados bajo la tela del paraguas.

Golpes, roturas, desastres domésticos sin mucha trascendencia pero de evidente malestar... La flema inglesa, ese humor tan particular de los hijos de la Vieja Albión hizo el resto y pronto, acusaron al pobre y servicial paraguas de ser el culpable de las desdichas que los torpes y descuidados caballeros de la época ocasionaban dentro de sus propias casas. Luego, el paraguas fue el objeto de deseo, de galantería, de coquetería. Y lo mismo que se exportaba desde Inglaterra al resto de Europa (pingüe negocio para los ingleses, que copiaron a los chinos), se llevó también la expresión: “trae mala suerte tener un paraguas abierto dentro de casa”.

El origen de esta superstición me plantea varias reflexiones; la primera, obviamente, que la mayoría de éstas provienen de hechos fortuitos que la ironía popular ha elevado a mito (pasar bajo una escalera abierta y similares). La segunda, que lo mismo que hoy día son los chinos los que copian los diseños de la alta costura y la creatividad de las firmas europeas, durante siglos los copiamos a ellos. Una especie de justicia divina. Un equilibrio de la historia.  

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