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sábado, 1 de junio de 2013

Marilyn Monroe

Norman  Jean Baker agrandó la fama y la estela que ya de por sí no conocía rival aquel mismo 5 de agosto de 1962, cuando fue encontrada muerta sobre su cama por su ama de llaves. A diferencia de otras celebridades de nuestro tiempo de las que continuamente se dice, acabaron en el Olimpo de la inmortalidad por una muerte presurosa, el séptimo arte y todo lo que envolvió a su inestable vida supera la frívola definición de un cadáver joven. La rubia explosiva ha sido (si no sigue siendo) el icono más imitado, la bomba sexual por excelencia y el prohibido deseo de toda una generación. Cargada de curvas, sensualidad y erotismo, la actriz de 29 largometrajes, 4 matrimonios, una violación a los 15 años y una infancia que le llevó de orfanato en orfanato fue otro de los tiernos juguetes que la fama y el éxito rompió en mil añicos a los 36 años.

Insegura, indecisa y poco espontánea, sacó de sus casillas a Billy Wilder, llegaba sistemáticamente tarde a los rodajes, se encerraba en su camerino con disparatados pretextos, echaba toda la responsabilidad sobre su “secretaria y partener” y sabía a la perfección que su voluptuosidad cegaba a los compañeros de reparto, encandilaba a los espectadores y era gancho más que suficiente para triunfar en la pantalla. Sus excentricidades imponían tanto como sus 94-58-62, medidas contundentes que la caracterizaron, a la vez que esa melena oxigenada e imposible aún cuando su castaño natural era infinitamente más atractivo.

Nació tal día como hoy de hace 87 años, lo que nos da que pensar que podríamos tener todavía entre nosotros a la que fue considerada la mujer más sensual y atractiva de todos los tiempos. Sería una venerable ancianita que nos podría relatar cómo, sin haber cumplido aún los 17 años y mientras trabajaba en una fábrica de municiones, un fotógrafo empeñado en demostrar el patriotismo americano y la contribución de toda la ciudadanía a la victoria estadounidense en la II Guerra Mundial la descubrió azarosamente. Fotografió a la joven Norma y las portadas de las revistas se la rifaron. Tres años como modelo le abrieron las puertas del cine, siendo contratada por uno de los ejecutivos de la Twentieth Century Fox para trabajar como extra y apareciendo en pequeños papeles donde aún no había sacado a relucir su potencial. Un potencial, me cuesta reconocerlo, basado en su físico y no en su cualidad interpretativa.

O a lo mejor la industria del celuloide la obligó a encasillarse en la chica desinhibida, timorata, infantil y pazguata. En “Niágara” (1953) eclipsó por su belleza y ese mismo año salía a la luz el primer número de la revista Play Boy, que la llevó en portada. La fotografía “sueños dorados” bombardeó la imaginación y el deseo de los americanos y catapultó a Marilyn para siempre. Con 27 años nadie podía dudar de su atractivo, aunque la trampa estribaba en que las fotografías eran de 1949, 4 años antes. No dejaría escapar 1953 sin sumar más éxitos, si bien no ante los críticos de interpretación, sí entre el público. Con “Los caballeros las prefieren rubias” patentó las armas que ya no le abandonarían y elevó a clásico del musical “El mejor amigo de una mujer son los diamantes”... Puso a prueba su belleza con la de Lauren Bacall, uno de los rostros más hermosos de la historia del cine. Era el año de Marilyn y se trataba de nuevo de un papel de la rubia ingenua, facilona y explosiva que tantas veces le sirvió de segunda piel: “Cómo casarse con un millonario”.

El siguiente año no iba a ser tan bueno. En 1954 se lanza al género del Oeste con Robert Michum cara a cara. ¡Un desastre! Al igual que “Luces de Candilejas” y desaprovechar una oportunidad de oro: trabajar junto a Frank Sinatra. Y el no vino porque le pareció poco lo que iba a cobrar. La compañía la retiró de escena, convencida que los fracasos en la taquilla se debían a un exceso de explotación de su imagen, así que regresa en 1955 a las órdenes del dios Billy Wilder en “La tentación vive arriba”. Marilyn proyectó la más provocativa, incitante y sugestiva de las imágenes posibles. Era entonces su marido Joe DiMaggio, el mejor beisbolista de su época y la estrella sin parangón de los Yankees de Nueva York. Pues no pudo aguantar que medio mundo (incluso los países bajo dictadura, donde los espectadores se las ingeniaban de la mejor manera) hubiera visto la escena de los respiraderos del metro y el divorcio llegó al poco del estreno. Los hombres envidiaron a Tom Ewell, el protagonista masculino. Las taquillas reventaban y con el tiempo, el vestido era subastado en millones de dólares. Andy Warhol la había convertido en el icono de la cultura pop, su retrato cuatro veces repetido se colaba en las paredes de los museos contemporáneos y si quedaba algo, rodaba después “Bus Stop” (1956) en la que fue su mejor interpretación.

El año prometía. Se casa con el célebre escritor Arthur Miller y todo apunta a que al fin, Norma va a sentar la cabeza; ha cumplido 30 años, ha creado su propia compañía cinematográfica, se ha mudado a Londres y su flamante marido es un respetable autor. Le apetecía estrenar 1957 compartiendo protagonismo con Laurence Olivier, consagrado ya., en "El príncipe y la corista": Pero a lo largo del rodaje sufre un aborto, se vuelve adicta al alcohol y descubre cómo eludir la realidad: consumiendo sedantes que la anestesien. Y así, empieza a tomar barbitúricos. Con todo, su interpretación parece mucho más ecuánime, aunque no deja de moverse en el rol de femme fatal, de mujer voraz.

Un relativo descanso nos conduce a 1959. Billy Wilder confía en ella para el que de nuevo será un éxito. Como todo lo que toque el director. Se trata de “Con faldas y a lo loco”. El perfil que ha de representar es de sobra conocido: la rubia tonta, superficial, enamoradiza y desafortunada en el amor. El cliché perfecto con el que soñaba cualquier americano de 1959, esto es, el cuerpo de Marilyn manso y quieto, obediente y dócil al servicio del marido. En efecto Wilder firmó una genialidad, aunque puede que perdiera varios años de vida con ello. Marilyn llegaba tarde, si acaso se presentaba al rodaje. No tenía aprendidos los textos, se encaraba con sus compañeros, retrasaba todo el trabajo y si algo podía faltar, tuvo un idilio con el actor Tony Curtis del que se quedó embarazada y volvió a abortar. Terminó enemistada con todos y Billy Wilder ni siquiera la llamó al estreno. Acababa de entrar en la más peligrosa de las espirales.

Quizás Arthur Miller era ajeno a sus infidelidades, o poco le importaba ya. Reescribía guiones para ella como “El multimillonario” (1960). Las exigencias de Marilyn rozaron el límite de lo soportable y uno tras otro, nada menos que  Gregory Peck, Cary Grant, Charlton Heston, Yul Brynner y Rock Hudson rechazaron el papel protagonista. Con una interpretación endeble y todo un fiasco de recaudación, la estela de Norma no se apagaba, pero empezaba a coquetear peligrosamente con la vida. Llamaba a todas horas a su psiquiatra y psicoanalista. Sufría insomnio, le costaba horrores concentrarse y permanecía sumida en una abulia permanente. Arthur Miller le había escrito “Vidas Rebeldes” (1961) y el elenco no podía ser más escogido: John Huston o Clark Gable.  Su interpretación, por el contrario, alejada del rol de rubia tonta, fue inmensa. Su personaje estaba basado en ella misma; el marido había reproducido situaciones de la vida cotidiana de ambos y la mejor definición la dio su compañero de reparto John Huston, que dijo: Huston dijo: "Marilyn excavó dentro de sus propias experiencias personales para sacar a la superficie algo único y extraordinario. No tenía técnica de actuación. Era todo verdad, era solo ella". Pero en cuanto terminó el rodaje fue hospitalizada de urgencia, se temía por su vida, su ingesta de alcohol y de pastillas era suicida y a Arthur Miller no le quedaba ya fuerzas para soportar más. El divorcio no tardó. Y a su lado, como casi siempre, estuvo Joe DiMaggio, quizás el único hombre que la quiso sin compromisos.

Ese mismo año Truman Capote esperaba ansioso la reunión para comenzar el rodaje de una película extraída de su novela “Desayuno con Diamantes”. Su empeño era que Marilyn fuera la protagonista. Incluso repetía que al escribir el libro siempre tuvo presente a la actriz; pero afortunadamente, la productora sabía que nadie mejor que Audrey Hepburn para sofisticar el papel y dimensionarlo. Era un revés fundamental. Ese mismo año, un 19 de mayo, Norma se metía en un vestido tan ceñido, tan provocativo y tan tentador que tuvo que ser cosido al inicio de la gala. El escenario era el Madison Square Garden de Nueva York y la fiesta, ante 15.000 personas, el cumpleaños de John Fritzgerald Kennedy. Su mujer, Jacqueline, enterada que Marilyn iba a acudir, no fue. Nadie podía ocultar que las sospechas eran ya gritos sobre la relación sexual repetida que Presidente y actriz venían manteniendo. Pero en un momento determinado y ante el estupor de algunos, empezando por Kennedy, Marilyn sacó su más sensual y provocadora voz, su entonación y timbre de voz más erótico y le cantó aquel famoso “happy Birthday Mr. President” que tal vez, fue su tumba.

En 1962, a los 36 años, el rodaje que nunca pudo acabarse de su última película incluía imágenes suyas desnuda que salían en la revista Life. Luego, su último trabajo para Vogue. Acababa cumplir su último propósito: desterrar de las portadas a Liz Taylor. Por desgracia, le quedaban los compromisos que tuvo que aceptar Shirley MacLaine en “Irma la dulce” y “Ella y sus maridos”. A Kim Novak le dejó en herencia la que iba a ser su papel en Bésame tonto”.

El 5 de agosto, pasadas las cuatro y media de la mañana, su ama de llaves entra en el dormitorio. Lleva escuchando ruidos toda la noche y sabe a ciencia cierta que hay luz en el cuarto. Marilyn está tumbada boca arriba, completamente desnuda, con las piernas cruzadas y muerta. La investigación del FBI difundió que se trataba de un suicidio acaecido hacia las tres y media de la mañana. El forense desveló que no había restos suficientes como para acabar con su vida y que el deceso se había producido casi 4 horas antes. En la casa, los micros de espionaje del Servicio Secreto se camuflaban por cada esquina. Los Kennedy y la mafia, por su amistad con Frank Sinatra. O una mujer inestable, vulnerable, sola a pesar de su éxito. ¿Se suicidó o fue asesinada?

Un día, a Albert Einstein le dijo que debían tener un hijo, para que heredara la inteligencia del físico europeo y su belleza. Nunca acalló los rumores sobre su sexualidad, hablaba sin tapujos del sexo, seguía buscándose como persona y le importaba sobremanera lo que opinaran de ella. Murió catapultada a un estrellato que le consiguió su voluptuosidad y la frescura indolente con la que lo llevaba a escena. Sus papeles castigaron sus posibilidades interpretativas y el mundo se rindió a sus pies. Norma era más que un cadáver joven y bello pero a fin de cuentas, sin vida.


Curvas peligrosas y tinte exacerbado para la que ha sido considerada la sexta mejor actriz de todos los tiempos. Y el mito. For Ever, Miss Monroe

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