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miércoles, 5 de junio de 2013

Los Marqueses de Linares

El 5 de junio de 1990, por tanto, hace hoy justo 23 años, los amigos de lo paranormal se apresuraban a redactar una pomposa historia que explicara de alguna manera las extrañas apariciones y voces imposibles que desde el interior del Palacio de Linares, lujosa edificación madrileña del siglo XIX, neobarroca y palatina, cortaba la respiración del más valiente. Para que todo casara y para que ni el novelista más dotado pudiera adelantarse al puñado de “investigadores” de lo insólito y exotérico, la historia tenía más de ficción que de solidez documental, algo por otro lado muy común entre aquellos que suelen subirse “a las naves del misterio”, dicho con todo mi respeto a los programas radiofónico y televisivo de Iker Jiménez, un comunicador excelente que suele arbitrariamente rozar los límites de lo tangible y empírico, dejando al albur de los crédulos, las teorías que ninguna universidad ni centro de estudios superiores facultado expondría ni de lejos. Pero no es esta entrada una crítica a lo que ya denunció en su día Francisco de Goya y el gran Jovellanos, que erradicar según qué cosas de esta sociedad se hace harto difícil.

Empecemos por los cimientos de la historia. Y éstos nos remiten a José de Murga, que nace en una España convulsa y alejada de todo el prestigio del pasado. Es el año 1833, se acaba de perder la mayor parte del Imperio, todavía nos estábamos lamiendo las heridas de la Guerra contra el francés y acababa de estallar el primer conflicto civil que nos perseguirá casi todo el siglo: las guerras carlistas. La heredera tiene 3 años, su madre María Cristina de Borbón estaba muy ocupada con los placeres que su esposo (primero amante, luego marido) le procuraba y cuatro generales con más brío que tino se reparten el poder y el Gobierno. La debacle española es tan cierta como ésta que nos tiene a todos pendientes de los medios de comunicación y corren malos tiempos para brindis al sol. En estos barros y en el seno de una familia emprendedora, con nutridos negocios en Cuba y fortuna en los tratos, nace en el Madrid de 1833 el consabido José de Murga, que se convertirá en un riquísimo heredero. Y bien sabemos que con dinero, se puede llegar a todas partes.

En dos años, los de 1857 y 1858, mueren sus padres y sus dos hermanos. Tiene el joven José 25 años, una próspera educación y una de las fortunas más grandes de España. Así que ese mismo año se casará con Raimunda Osorio, de la que al parecer llevaba años enamorado pero sin la posibilidad de vivir un noviazgo al uso por oposición de don Mateo de Murga, el padre de él, que no vio jamás con buenos ojos el amor ojerizo de su segundo hijo por una plebeya del Madrid más castizo que salió adelante gracias al trabajo de cigarrera de su madre de la que tomó el apellido, pues no constaba padre alguno que la reconociera en su día.

Al matrimonio no llegaban los hijos y tal vez sea cierto que el dinero no da la felicidad. José Murga era influyente pero no dejaba de ser un hombre con posibles pero sin el reconocimiento de la sociedad, así que practicó la muy extendida costumbre del arribismo, esto es, apoyar al que en ese momento sea el gobernante y eso le granjeó la amistad de Amadeo I de Saboya, que como sabéis fue Rey de España fugaz e impuesto. El monarca le concedió lo que más podía desear junto con a un hijo: un título nobiliario, el Marquesado de Linares. Y parejo a eso, los solares del antiguo pósito de Madrid en el céntrico espacio de la Plaza de Cibeles, donde se levantaría la casa familiar de los Murga-Osorio, en más de 3.000 metros cuadrados. El ya Marqués de Linares encargó el diseño al francés  Adolf Ombrecht, cuyo mejor reclamo era haber ejecutado el palacio de los Duques de Bailén. Y un noble recién nombrado, había de aprenderse rápidamente aquello de “donde fueres, haz lo que vieres”.

El Palacio era denominado como Murga, no como de los Marqueses de Linares; es de sobra conocido que al Madrid castizo poca gracia le hizo el recién llegado, el foráneo (los franceses) o el intruso (José Bonaparte o Amadeo de Saboya) y la denominación les recordaría a los Marqueses y Vizcondes de Llanteno que escalar en la pirámide aristócrata no les libraría de ser, adinerados de nuevo cuño. Bien, las obras iban al ritmo que tan colosal proyecto permitía, despertando las envidias de nobles y paseantes. No en balde, hasta 1900 no se pudo dar por concluido, habida cuenta de las cinco plantas (contando sótanos y sub sótanos), 40 salas, mármoles de Carrara, decoraciones rococó y Luís XV, frescos pompeyanos, tapices y alfombras de la Real Fábrica, cuidadísimo mobiliario, invernaderos y toda clase de caprichos y cuadros de lo mejor de la pintura española del momento.

Llegó la I República en 1873 y entonces, a la par que el Marqués de Salamanca y otros aristócratas, José Murga se dedicó a hacer todo lo posible por la Restauración de la Dinastía Borbón que a fin llegó en 1875. Si unos años antes fue cuando menos colaborador de la monarquía ostentada por un Saboya, pronto se acordó que los Borbones eran los auténticos herederos de la corona española. ¡Qué quieren que les diga! No hay nada más español que estar al lado del que tiene poder. Y a José eso le significó la designación de un cargo de responsabilidad, el de Senador. Ahora bien, en defensa de su memoria hay que decir que sus obras de caridad fueron muchas y nutridas. Y el matrimonio amadrinó a la hija de su abogado, que en honor de la señora marquesa se llamó Raimunda (“Mundita”, le dirían cariñosamente) y terminó siendo la heredera universal de la vasta economía de los de Linares y Llanteno.

El Palacio seguía creciendo, al contrario que la familia. Invernaderos, una casa de muñecas para la ahijada, tapices de Gobelinos, lámparas francesas, elegantes espejos... Los marqueses eran la comidilla de Madrid, para bien y para mal. Las lenguas maldicientes aseguraban que el matrimonio  convivía pero en pisos diferentes y lo cierto es que su mayor entretenimiento, a Dios gracias, fue volcarse en multitud de obras benéficas. Pero un 28 de octubre de 1901, doña Raimunda muere y cinco meses más tarde, lo hará el Marqués de una afección pulmonar. La heredera universal, Mundita, hereda la mayor parte del provechoso patrimonio, mueble e inmueble, y un buen pellizco se destina a la fundación del Hospital y Refugio de Linares en cuya cripta descansan eternamente los Marqueses.

Pero al poco, Madrid empieza a fabular y a inventar una historia que sin constatación alguna ha animado a los amigos de la fantasía paranormal a recrear la “base científica” de sus investigaciones. Dice el chisme que el padre de José Murga, el empresario vasco, tuvo un desliz extramatrimonial con una  mujer sencilla y de aquella relación nació una niña. Con los años, esa muchacha se cruza en la vida del heredero, el futuro Marqués, sin que ninguno de los dos sepa que son medio hermanos; pero el que sí lo sabe es el padre que se opone a la relación desde el primer momento e impide el noviazgo. Cuando muere, ambos se casan y sólo entonces, ya convertidos en marido y mujer, descubren una carta del padre de éste contando la verdad del asunto. Prosigue la pseudo historia diciendo que aquello fue un mazazo para el joven matrimonio, arrepentidos ambos de su casamiento al ser hermanastro; llegarán incluso a escribirle al Papa Leon XIII para que anulara el matrimonio pero desde Roma reciben rescripto papal ordenándoles a vivir juntos pero a mantenerse castos, de ahí que no hubiera descendencia.

La historia se complica, al punto que ni el guionista venezolano de una telenovela tendría tanta imaginación. Seguimos insistiendo que se trata de una historia producto de la fábula y los diretes del pueblo, porque dice la versión nunca comprobada que sí hubo relaciones y sí hubo una niña fruto del encuentro sexual entre hermanos: la pequeña adoptada era realmente su hija pero otros aseguran que la hija natural fue enviada a un hospicio de Valladolid; el colmo de la inventiva se empeña en decir que la hija fue ahogada al nacer y emparedada en las paredes de Palacio. Hasta tal punto llega la furibunda narración, que los últimos aseguran que doña Raimunda murió de un disparo que le descerrajó su marido y no pudiendo aguantar la culpabilidad, murió a los cinco meses.

A partir de 1989, se empezó a confirmar presencias extrañas en el Palacio; ruidos, psicofonías y todo un deleite de desvaríos para los amantes de lo sobrenatural. En el interior del poderoso y lujoso palacio se han grabado películas sin que los técnicos y actores dirigidos por Luís García Berlanga dijeran nada al respecto. Parece que los fantasmas del Palacio de Linares son muy cinéfilos. Hoy día, el imponente edificio es sede de la Casa de América, nacida como centro cultural que tiende puentes entre España e Hispanoamérica. Tampoco desde entonces, don José, doña Raimunda, la niña emparedada, la heredera Mundita ni nada ni nadie volvió a dar señales de vida.


Hospital de Linares, la verdad del Marquesado: caridad y asistencia al necesitado.

El caso es que de esta próspera familia hemos heredado un buen número de cosas. Los que nada pueden probar, una historia. Los amantes del arte, conjuntos patrimoniales dignos de una dinastía reinante. Y la sociedad, especialmente la de principios del siglo XX, la desinteresada y generosa caridad del marquesado de Linares, que si ha de ser recordado, es por su impagable ayuda y sostén a los más necesitados. Y eso, a fin de cuentas, es la verdad verdadera de esta historia.