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domingo, 2 de junio de 2013

Los leones del Congreso

Los diputados españoles llevaban siete años reuniéndose en los salones de baile del Teatro Real. Desde que en octubre de 1843 se decidiera construir un nuevo edificio que albergara las Cortes Españolas, habían pasado 7 años. Pero aquel 31 de octubre de 1850, la Reina Isabel II inauguraba oficialmente desde la Sala de Sesiones el nuevo espacio para que sus señorías se empeñaran en llevar la nación a buen puerto. Flanqueando la entrada, dos fabulosas farolas de hierro fundido se ubicaban sobre pedestales al inicio de la escalinata de aquella fachada que recordaba a un templo clásico.

No habría pasado ni un mes cuando algunos diputados hicieron saber su disconformidad con la colocación de las farolas, alegando que estaban carentes de fuerza plástica, que nada tenían que ver con los altorrelieves y esculturas del frontón que Ponciano Ponzano había terminado y que desentonaban con el fulgor blanco del edificio.  

Fue calando poco a poco esa idea al punto que el Congreso se puso en contacto con el escultor aragones. Ponciano presentó el diseño más coherente, el más fuerte y apropiado: dos leones que recordaran el famoso nomenclátor que en tantos poemas y lemas desde la Antigüedad hablaban del “león de Iberia” y que haría alusión a uno de los más históricos reinos peninsulares. A tamaño natural, Ponzano presentó el proyecto de hechura de dos leones en mármol. Pero la pésima situación económica por la que atravesaba el País obligaron al artista a optar por materiales más baratos y que sin caer en lo precario, permitieran asumir el proyecto. Y así, llegaban dos leones a la  escalinata del Congreso hechos yeso y pintados al objeto de simular que se trataban de piezas de bronce que se debía utilizar.

Llovió, nevó, hizo frío, los diputados sobaron a su antojo las lanudas cabeceras, los madrileños se abrazaron al endeble material y el deterioro no tardó en aparecer. Un año después de su realización, parecían ruinas. No quedó más remedio que volver a contactar con Ponciano para que se encargara de hacer unos nuevos, esta vez como en el proyecto original; pero  el precio seguía siendo inasumible por el Congreso así que sin pudor alguno contactaron con el escultor abulense José Bellver Collazos (1824-1869), haciéndole llegar el diseño de Ponciano Ponzano y rogándole la contención en el precio. El nuevo ejecutor entregó hacia 1859 una pareja de leones de piedra, pero lo barato sale caro. Eran pequeños, desproporcionados para figurar en la escalinata de una edificación como esa y los madrileños, con una simpatía desbordante que en esta Alacena hemos contado mil veces, los confundieron con perros con sarna, tal vez afectados por la rabia y al final sus señorías claudicaron y los mal vendieron, estando hoy en los Jardines de Monforte en Valencia. Los de la foto de arriba.

La eterna historia de España. Primero, unos leones malos para salir del paso que hubo que dejar que se arruinaran. Luego, por no gastar lo debido, otros que eran la risa y sorna del pueblo. La Reina Isabel II pidió cuentas de lo gastado en el proceso de decoración del exterior del Palacio del Congreso (farolas incluidas) y se dio cuenta que si desde un primer momento se le hubiera encargado a Ponciano Ponzano los leones, se hubieran pagado. De manera que se le hizo llamar, se le mandó a Sevilla para que supervisara la fundición en bronce de sus piezas bocetadas y se le dijo que llegaría el noble material. ¡Paciencia! Lo que tenía claro la Reina es que en Francia no se fundían por mucho que algunos expertos le indicaran que se abarataría el proceso. Jamás consentiría la Reina Isabel tal cosa, máxime cuando todavía estaba fresca en la memoria la Invasión de Napoleón.

En 1859 España estaba deseosa de darle una alegría al pueblo. Se había perdido la casi totalidad del Imperio, la política no marchaba ni convencía y sólo con un operación militar que recordara el prestigio de nuestros ejércitos, se conseguiría relevancia. El sultán norteafricano puso en bandeja la excusa atacando Ceuta, por lo que en General Leopoldo O`Donnel se lanzó a tomar Marruecos. Y con todos los cañones y piezas de artillería que se incautaban, Ponciano Ponzano mandaba fundir las piezas y sacaba material para unos leones que en 1861 estuvieron terminados. Los más caros del Mundo, habida cuenta de las chapuzas previas.


Sobre 1865, el pueblo de Madrid los conocía ampliamente: uno era Luñis Daoíz y el otro Pedro Velarde, es decir, los dos grandes héroes que defendieron Madrid hasta la muerte frente al francés en 1808. Luego, se convirtieron “Benavides” y “Malos pelos”, como los más madrileños los llaman. Son soberbios, arrogantes, fabulosos, dignos y representan el espíritu propio de Iberia, de Hispania y de España, tal y como los foráneos nos han visto por tres mil años. Pero la historia debe servirte, lector: haz las cosas bien de primeras, o no las hagas nunca, porque unas farolas, unos primeros leones, unos segundos leones... Hasta que llegaron los terceros, el cuarto adorno definitivo. Si desde un primer momento se hubiera invertido bien, no habría pasado eso. Aunque nos hubiéramos perdido una suculenta curiosidad de la Historia de España. 

1 comentario:

Anónimo dijo...

Mas o menos como ocurre en el mundo cofrade, conb las prisas porque el HM de turno deje un proyecto para la posteridad y entrar en los anales de su cofradia...

Santi