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martes, 25 de junio de 2013

Los cuernos del Rey


El bufón real "Don Sebastián de Morra".
Diego Velázquez, 1645.

Eran otras épocas y siempre he sostenido que entender la mentalidad del pueblo con el que nos llevamos siglos, es difícil. Hoy sin embargo nos parece depravado e infame que las clases altas de todo Occidente encontrara divertimento y jolgorio en rodearse de personas con discapacidades, dando origen al bufón, que nació hace más de 2.000 años en la Grecia clásica. Los cita Eurípides y fueron especialmente famosos los bufones de Octavio Augusto, el hijo de César y primer Emperador Romano. De entre ellos, destaco Licinio, con sus 60 centímetros y no más de ocho kilos de peso, pero que sacaba una voz de gigante de su menudo cuerpo y era llevado a los foros de la gran Roma para que el pueblo se entretuviera. Y he aquí que el bufón se hace indispensable en cualquier corte que se precie.


Juan de Calabazas, "el bufón Calabacillas"
Diego Velázquez, 1637

A veces juglares, a veces payasos, gozaron del cariño (extraño cariño, pero sin duda trascendencia) de los poderosos. Los Habsburgo protegieron a mediados del siglo XIII a unos cuantos, de entre los que destacó Capadoxo, además, hombre de confianza de Rodolfo I de Austria. Los nobles imitaron a sus señores y cada castillo contó con uno, aunque no nos toca ahora dilucidar si fue una bendición que pudieran servir de entretenimiento y chanza en una sociedad que desprotegía a cualquiera. Lo cierto es que desde el Reino de Navarra a los Estados Italianos, no hubo rincón europeo que no lo tuviera, siendo menos frecuentes en la Castilla Medieval, que luego se desquitó en tiempos de Felipe IV, que se hizo rodear para solaz y diversión de no pocos de ellos y que sus “bufones femeninos” quedaron inmortalizados por Velázquez dando lugar a una de las más impresionantes obras de arte de la Historia: “Las meninas”. 

La Infanta Real María Teresa de Austria (y Reina Consorte de Francia). 
Diego Velázquez, 1652.

Los bufones eran confidentes, espías y serviciales prohombres de la corte real. Llegaron a tener una importancia supina, una trascendencia que desde luego nos es difícil de aseverar hoy día. Y es aquí cuando surge la figura de Luís XIV, el Rey Sol, el entonces más importante monarca del Mundo con permiso de nuestro español Felipe IV, con el que se disputaba el prestigio de gobernar la más importante de las naciones sobre el orbe. Y con el que emparentaría por cuestiones de Estado, puesto que se casa con su hija María Teresa en 1660. Empieza ese mismo año, los males vitales de la Infanta de España y Reina consorte de los franceses. 

La entrada de Luís XIV (y María Teresa) a París el 25 de agosto de 1660.

El Rey Sol es disoluto, joven, promiscuo y muy atareado. Gobierna un reino vasto y fuerte y a pesar de que su suegro ciñe el otro gran cetro del Mundo, no duda en atacarlo, en guerrear con sus ejércitos y ampliar las patentes de corso de sus piratas a sueldo en los mares del Caribe. ¡Lo normal entre yernos y suegros! En 1660 decide que María Teresa, su mujer, estará maravillosamente bien recluida en su prisión de oro que está empezando a nacer: Versalles, puesto que hasta la fecha, el Palacio Real sigue siendo el mazacote del Louvre y las Tullerías y la flamante reina ha de estar lejos de las decisiones que su Augusto Marido tome, especialmente si estas son atacar "La Española" (la actual Haití) o batallar en las tierras de Flandes. María Teresa se casa un 9 de junio y el 25 de octubre ya está "desterrada" en Versalles. Y conste que hasta marzo de 1661 (medio año después) no empezarán las obras que harán del famoso Palacio, la gran corte y el gran edificio palatino donde se miró el mundo entero. Hasta entonces, no era más que un idílico paraje de caza, pero no la residencia de una reina que paría sucesores e hijos. Hasta 6. 

El Duque de Beaufort por Jean Nocret (1649)

Lo primero que se hace de Versalles, huelga decir, es la Cámara de la Reina. A fin de cuentas, al "diligente" esposo le queda aún unos años para que habite el que se supone será un suntuoso Palacio. Sea como fuere, en 1662, llega hasta Versalles el almirante francés y primo del Rey Sol, Francisco de Bourbon-Vendôme, duque de Beaufort, tras una expedición en la que actuó como superintendente real de la navegación francesa. Y acababa de llegar de la zona del Cuerno de Oro, entre las actuales Ghana y Costa de Marfil, con algo sorprendente, un prodigio de la naturaleza, un capricho divino, algo que seguro, le gustaría a su primo el Rey y lo dejaría absorto: un pigmeo negro. ¡Negro y pigmeo! (No juzguen, la mentalidad de 1660 no se puede entender en 2013)...

Escena de caza de Sébastien Bourdon (1662)


Al Rey, el presente de su primo le da igual; los asuntos de Estado y más aún, los frecuentes líos de faldas le son más entretenidos y provechosos, así que decide que el pigmeo negro sirva de bufón de la reina, haga sus gracias propias a la soberana y participe de sus entretenimientos. Entre ellos, a la fuerza, se han de entender, pues no dejan de ser dos extranjeros en tierra extraña, aunque uno de ellos sea la Reina consorte, aunque tan despreciada por cortesanos y por el regio marido como si de veras, el pigmeo y ella fueran de la misma familia. 

María Teresa recordaba a Mari Bárbola y Nicolasito Pertusano, los "MENINOS" de su hermanastra la Infanta Margarita, al suyo propio, metido a actor (Cristóbal Castañeda, conocido como Barbarroja) o al archifamoso Fernando Lezcano, "El niño de Vallecas". El caso es que le cogió un cariño especial a Nabo, al pigmeo negro, al pequeño acompañante que ya nunca más se separó de su lado; quizás fue el único amigo de veras que la Infanta de España y Reina Consorte de Francia, María Teresa de Austria, tuviera en sus amargos años de destierro de oro en un país enemigo. Quizás, la única persona que sintió verdadero afecto por ella. Lo que cada vez es menos hipotético y más real, es que Nabo, ese pequeño africano traído como trofeo, le disputó al Rey Sol nada menos que el real lecho, la cama monárquica y el "conyugal" afecto de la que nunca fue tenida como esposa, sino como la hija del enemigo. 

Louise de Kérouialle, duquesa de Portsmouth por Pierre Mignard (hacia 1660)

Y pasó lo que tenía que pasar. El 16 de noviembre de 1664, nace la tercera hija de los reyes. Se trata de María Ana, un bebé amoratado, feo y cubierto de una pelusa que despierta todas las sospechas. Muchos dicen que se trata de un engaño de la reina al rey. Son los cuernos evidentes, aquella era hija de Nabo y de la díscola española, su particular venganza, su especial revancha. El temperamento español ha ganado la partida y la reina se ha despachado, se desquitó de tanta cornamenta e infidelidad y los excesos de cariño que siempre profirió a Nabo, son los que ahora traen consigo esa niña que ha de ser a la fuerza, hija del adulterio. 

La Iglesia Abacial de Notre Dame de Moret. Del Monasterio benedictino no queda nada.

La historia se ha ido engordando con los años. Tres siglos y medio han dado para ello y para más; pero los fabulistas de nuestra época se les escapa ciertas cosas: lo primero es que en las crónicas palatinas ningún médico habla de niña negra, sino que la infanta recién nacida, estaba amoratada. Luego esta es la primera mentira. La niña nació frágil y enfermiza, murió al mes y medio, un 26 de diciembre y certifica lo ocurrido Monsieur Patin, el médico real. Por el documento histórico  sabemos que el bebé  "tuvo convulsiones y murió esta mañana; era débil y delicada, jamás tuvo salud." Y lo mejor es la mentira que he leído en algunos blogs bajo el nombre y prosapia de “historias de...” y me dejan estupefacto, pues en no sé qué pretensiones, llegan a afirmar una de las mentiras menos creíbles: “que no se han encontrado relatos de testigos directos de la muerte de la princesa negra”. El caso es que la infanta fue enterrada y la historia prosigue 31 años después, cuando en el Convento de las benedictinas de la pequeña población de Moret-Sur-Loing, ingresa una monja negra que tomaría los hábitos un 30 de septiembre de 1695. La especulación de la “pseudo historia” dice que en realidad, la infanta María Ana no murió sino que fue escondida por vergüenza real, al saber que era fruto de los encuentros amorosos entre el esclavo Nabo y la Reina.

La monja negra de Moret, retrato de 1680, no de 1695 como algunos apuntan.

Lo primero que llama la atención es que estuviera oculta 31 años y sólo entonces se decidiera ingresarla y confinarla de por vida en un Monasterio. Demasiado tarde para que la vocación monjil despertara. Y demasiado tiempo para que “María Ana” estuviera escondida. ¿Y dónde? Existe un retrato que algunas fuentes datan de1695, año del ingreso y toma de hábitos de la monja negra, pero lo cierto es que se fecha en 1680. Ya hay algo que no concuerda. Y lo mejor es que, 15 años antes de tomar los hábitos, no es ocurrente pintar a una novicia, que además en el retrato, ya luce el hábito coral de la Orden y no el de una novicia, menos en actitud de aceptar su consagración y votos (sin la corona de flores ni otras alegorías que son propias).

Fraçoise d`Aubignè, marquesa de Maintenon, por Pierre Mignard (hacia 1670)

Pero no descartemos todo. Recibía visitas de la corte, el convento donde profesaba tenía una asignación marcada por el mismo Rey y la propia religiosa se encargaba de repetir que era hija del Soberano, por lo que era duramente reprendida por Madame de Maintenon, Marquesa de idéntico nombre, amante de Luís XIV y con el que se casaría en matrimonio morganático el 10 de octubre de 1683, cuando el cadáver de María Teresa aún estaba caliente. De ella se dice que fue encargada de instruir a los numerosos hijos ilegítimos del Rey, y que con toda probabilidad, la monja de las benedictinas de Moret, fuera una de las hijas no reconocidas del Rey Sol a la que la de Maintenon visitaba con frecuencia. Pero lo cierto es que ella misma recriminaba a la joven monja y le regañaba cada vez que proclamaba ser hija del monarca francés.

EL Rey Sol por Hyacinthe Rigaud, 1701.

¿Sería cierto entonces? ¿Al todo poderoso rey sol le puso los cuernos un pigmeo, un esclavo, un bufón que entretenía la soledad y el amargo discurrir de la vida de María Teresa, arrinconada por un marido que siempre la detestó? ¿O la historia no casa y en efecto sí era hija de rey, pero del mismísimo Luís XIV que la engendró después de la muerte de María Teresa con una esclava negra? Ah, puede que esto sea más creíble, pues se antoja harto de entender que el rey aceptara costear la vida de una niña que había sido nada menos que fruto del engaño de su esposa.

El heredero del Rey Sol, Luís XV (su nieto) por Rigaud (1715).
No me imagino al Gran Delfín visitando una monja negra en medio de un pueblo perdido de Fontainebleau

Una cosa sí que sigue sorprendiendo. La monja negra de las benedictinas de Moret, se llamaba Luisa María Teresa, es decir, llevaba los nombres de ambos soberanos. Murió en 1732 y si atendemos a que se trataba de la niña parida por nuestra Infanta en 1664, tenía 68 años y fue visitada por el futuro Luís XV, por buena parte de la corte versallesca y vivió en la opulencia que la paga real permitió durante años. Pero todo apunta a que murió más joven, era fruto de uno de los múltiples encuentros del fogoso Luís con cualquiera que llevase faldas y testimonia que en la Francia de la época, al igual que la de siglos anteriores y casi casi, la de hoy, todo lo español era sinónimo de enemistad y rivalidad.

Acuerdo entre Luís XIII y Felipe IV en la Isla de los Faisanes. 
Este Tratado de los Pirineos fue el principio de la desdicha de María Teresa.

Lo mejor, que la Infanta Real Española y Reina Consorte María Teresa de Austria pasara a la historia como una infiel y adúltera para gloria del muy piadoso rey de Versalles. La realidad, que desde la Marca Hispánica allá por el año 800 a hace un par de semanas, cuando Rafa Nadal volvió a conquistar París, la amistad Francia-España, es, digámoslo así, una educada imposibilidad. 

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