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lunes, 17 de junio de 2013

La Balsa de Medusa

Medusa era una fragata francesa; uno de esos barcos ultimísimos, orgullo de la patria que hasta hacía unos años había gobernado el Mundo a golpe de sable corso y estrategia napoleónica. Iba camino de Senegal, parte de aquel extraño Imperio que más bien resultó ser un colonizador de territorios africanos. A bordo de la embarcación, 365 funcionarios dispuestos a establecerse en la colonia y echar raíces en pos de Francia y de sus familias. Pero al mando de la flotilla, compuesta por dos naves más, iba un inexperto capitán que tenía por currículo llevar más de 20 años sin navegar; tres semanas después de haber zarpado de puerto francés, a Medusa le corría prisa por alcanzar su destino y se separó de las otras dos naves de la expedición, embarrando a 160 kilómetros de la costa africana. El barco se iba a pique y el capitán demostró que sólo las ratas saltan al agua antes que el resto: ordenó que los oficiales ocuparan las escasas lanchas salvavidas (el enésimo error de la expedición) y condenó a 216 pasajeros a quedarse a bordo de una fragata a pique. El resultado fue el esperado: sólo se salvaron a 3 tripulantes.

El resto, 149 pasajeros, se enrolaron en una balsa de 20 metros de longitud por 7 de anchura que ellos mismos hicieron con restos del naufragio de Medusa. Fueron rescatados el 17 de julio, sobreviviendo 15 personas. Hambre, sed, el castigo de la mar, canibalismo. Ninguno de los sobrevivientes (5 de ellos murieron al poco de su rescate) olvidaría jamás aquello. Dos estoicos damnificados contaron lo sucedido que negó y pretendió ocultar el gobierno francés. El escándalo era tremendo. Llevados a la locura, a los más débiles los asesinaban a bordo de esa especie de nave que a duras penas se sostenía sobre las aguas atlánticas. Los que no morían por inanición se suicidaban, los que aguantaron de manera sorprendente, acabaron sumidos en la locura y a pesar de que algo no había ido bien, se tardó mucho en reaccionar y en rescatarlos. La impericia del capitán fue manifiesta y el Gobierno franco pretendió ocultar el pasado marinero de un capitán de tierra, que no de mar.

En aquellos días Théodore Géricault tenía 27 años y como la mayoría de la población francesa, había quedado sobrecogido por la historia, de forma que no duda en entrevistarse personalmente con los dos supervivientes empeñados en que el horror del naufragio de Medusa no quedara sin castigo y no cayera en el olvido. Si la historia había fascinado al artista, él acabaría dejando al mundo sin respiración, enfangándose en una inmensa investigación que recreara con fidelidad aplastante el mayor infierno  que en aquellos tiempos podía conocerse. Fue así como inicia un sinfín de bocetos preparativos, la construcción de un modelo a escala de la balsa y recorre morgues y hospitales para reproducir en el lienzo después, de manera fiel, el color y la textura de la carne de las personas agonizantes y de las que estaban muertas.

En 1819, Géricault da a conocer en el Salón de París un lienzo de 5 metros de altura y siete de longitud, que se convertirá en el primer tema pictórico de denuncia social, en el primer instrumento artístico destinado a combatir una injustica pública y en el acta de fundación de un nuevo género pictórico, el Romanticismo. El pintor tenía 27 años y se acababa de convertir en un genio que no dejó a nadie indiferente, convirtiéndose en una de las pinturas más polémicas de su época, con tantos elogios como condenas, algo que hace del enorme lienzo, uno de los grandes atractivos que el visitante busca en el Museo del Louvre de París.

Géricault murió con 32 años, probablemente de cáncer de huesos. Pero el horripilante suceso del naufragio de Medusa, tuvo que conmocionarle al punto de pasar los últimos tres años de su vida, entre 1821 y 1824, ejecutando pinturas con modelos de locos, para lo que retrataba a los pacientes del asilo del psiquiatra Jean-Étienne Esquirol captando algo más que las expresiones faciales de los maníacos.


Hoy, 197 años después de que la fragata Medusa partiera del puerto francés de Rochefort para encallar ante las costas de Mauritania, suponiendo la muerte de 352 de los 365 pasajeros, no puedo dejar de recordar que el arte tiene muchas más funciones que las meramente contemplativas. Y “La balsa de Medusa” es un claro ejemplo de ello.  

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