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viernes, 21 de junio de 2013

Katiuskas

Arthur Wellesley fue un héroe, en su Irlanda natal, en el Reino Unido donde desempeñó la labor de dirigir el Gobierno y en la España sumida en una invasión francesa que sin su participación y capacidad táctica militar, no hubiera podido desembarazarse de los soldados napoleónicos tal que así. Es el Duque de Wellington, el mismo que recibió en las vegas de Granada, en pago a su heroicismo, una generosa donación de 1.500 hectáreas de tierra boscosa y cultivable que llamamos “El Soto de Roma”. Pero esa es otra historia.

Caricatura de Wellingotn  que usó el partido laborista 

Lo cierto es que el Duque de Wellington era un héroe y más si cabe tras la victoria en Waterloo ante Napoleón. Dos años después de aquella batalla mítica para la historia, pasó por el establecimiento del artesano Hoby, que tenía una prestigiosa tienda para los más pudientes de la época en la londinense calle de St. James; el encargo fue sencillo: el zapatero tenía que modificar el tipo de Hessian, que los caballeros británicos usaban en cualquier momento (desde el campo de batalla a los días más lluviosos) para convertirla en una pieza resistente y capaz de aislar el pie de las recias y constantes lluvias de la Gran Bretaña del momento. A Hoby, se le ocurrió utilizar una piel de becerro suave, ceñir la bota más a la pierna y agrandar su tamaño hasta casi la rodilla. El Duque de Wellington la estrenaba en 1817 comprobando que era idónea para usar tanto en el campo de batalla, como para las ocasiones diarias.

El Duque de Wellington por James Lonsdale (hacia 1818)

Sir Arthur Wellesley era ya un reconocido, afamado y admirado personaje en Gran Bretaña. Primero fue nombrado General en Jefe de Artillería; en 1827 asciende a Comandante en Jefe del Ejército británico y su intachable figura lo lleva a convertirse en candidato por el partido conservador al Gobierno. Dicho y hecho, en 1828 es elegido Primer Ministro y su atuendo, copiado e imitado por las clases altas de Londres, cuyos integrantes reparan especialmente en el calzado que luce. El pintor James Lonsdale (1777-1839), lo retrata inmortalizando su estilo de vestir. Y enseguida, sus botas se convirtieron en un elemento básico de la moda masculina.

Las botas de Wellington (Wellington boots), entonces fabricadas con cuero, fueron una tendencia, una moda. El Duque y Comandante en Jefe del Ejército pasó de héroe a modelo por azar. Ningún caballero que se preciara iba a dejar de emular a su héroe de guerra. Para designarlas, acortaron el nombre del héroe y Primer Ministro, llamándolas “Wellies” hasta que llega al Reino Unido el empresario Henry Lee Norris, quien desde su Estados Unidos natal se establece en Escocia y comienza a fabricar esas botas en caucho y luego con goma, lo que aportó mayor resistencia y asilamiento a las mismas. En septiembre de 1856, Norris fundó la North British Rubber Company, que más tarde se convirtió en la Hunter Boot Ltd.

Con la Primera Guerra Mundial, las botas de Wellington dejaron de ser una moda para convertirse en una imperiosa necesidad al objeto de proteger del agua y del barro los pies de los soldados británicos en las fangosas trincheras del continente. Entre 1914 y 1918, de Edimburgo salieron nada menos que 1.185.036 pares de botas, con las factorías funcionando 24 horas para cumplir con la demanda del Ejército.

Representación de "Katiuska" en 1931

A España, las modas y tendencias nos han llegado siempre algo más tarde. Así fue como en 1931, Barcelona acogía el estreno de una Zarzuela que había compuesto Pablo Sorozábal Mariezcurrena (1897-1988), con letra de Emilio González del Castillo (1882-1940). Se trataba de nuestro género nacional, la ópera a la española. El título de la zarzuela fue “Katiuska, la mujer rusa”. Aquel 21 de enero de 1931, el Liceo estaba lleno para contemplar el que iba a ser el primer éxito del maestro Sorozábal, un drama amoroso en medio de la Revolución rusa entre un bolchevique que se enamora de una joven de la familia Imperial. La protagonista, encarnada por la soprano Gloria Alcaraz, calzaba unas botas altas, imponentes, recordando a los españoles el frío estepario de aquella Rusia tan lejana. Poco a poco, el público empezó a llamar “katiuskas” por asimilación a aquellas botas desconocidas para los sufridos pies españoles de hace 82 años.

Y precisamente, 82 años después, los españoles de los años 70 y 80 del siglo XX  crecimos ordenados por nuestras madres y abuelas a que nos pusiéramos las “katiuskas” en un día de lluvia. Algo tan curioso como cuando en su día contamos el origen de la “rebeca”.

¿Y las tuyas como eran?


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