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lunes, 3 de junio de 2013

Juan XXIII


El Papa Bueno. Con esto resumiríamos la vida ejemplar de uno de los más queridos Pontífices que ha visto la silla de Pedro. Ángel Roncalli se ha merecido por sus virtudes un hueco en la historia de la Humanidad, al igual que su gracia y su fina ironía le valen esta entrada que resume a la perfección la bondad extrema y la sencillez perpetua de Su Santidad el Beato Juan XXIII, a quien un hueco en los altares lo está esperando con absoluto merecimiento. Hoy que se cumplen 50 años de su muerte, no podemos dejar de acordarnos la infinidad de vidas judías que salvó a lo largo de la II Guerra Mundial, el compromiso cristiano que manifestó a la hora de convocar el Concilio Vaticano II (pervertido con los años) y esa gigantesca bonhomía que le ha valido la beatificación y que esperemos, no tardará mucho su canonización.

Hacia 1917, en el transcurso de la I Guerra Mundial, Roncalli era un sargento médico, capellán militar en un hospital bergamasco atendiendo a los soldados italianos que regresaban heridos. En esa ocasión, estaba dirigiendo una exhortación espiritual a las monjas encargadas de atender a los heridos, rendidas y agotadas por los esfuerzos y las horas pocas de sueño que su labor humanitaria les dejaba. A lo largo de su prédica, Ángel Roncalli se fue dando cuenta que su pausado y melódico tono de voz, junto al cansancio infinito de las religiosas, estaba haciendo de somnífero. Mientras él hablaba, las monjas se dormían una detrás de otra. Y en vez de molestarse por ello, Roncalli, continuó dando su charla, pero con voz cada vez más baja, hablando más lentamente y con un tono uniforme, hasta que se durmió la última.

En 1936, ocupaba el cargo de Delegado Diplomático de la Santa Sede en Grecia y Turquía, donde se centró en socorrer y auxiliar en la propia embajada a cuantos judíos huían del nazismo, salvando la vida de numerosos ciudadanos. Antes de ello, cursó visita a un Monasterio Ortodoxo en el Monte Athos, cerca de Macedonia. Roncalli no fue nunca, precisamente delgado, pero su rotunda corpulencia llamó la atención de los monjes, hasta el punto que dos de ellos, a pesar de la estricta regla de silencio que domina en la comunidad del Monte Santo, cuchichearon al verlo en los corredores del claustro. Debían estar poco acostumbrados a hablar porque incluso musitando, el futuro Juan XXIII pudo oír la conversación de los dos monjes que estaban diciendo: “Si la puerta del Cielo es estrecha como el ojo de una aguja, este prelado católico no podrá entrar”. Y fue entonces cuando tiró de humor el italiano para contestarles: “Descuiden que el buen Dios que ha dejado que mi panza aumente, se cuidará de hacerla pasar por el ojo...”.

Entre 1944 y 1953 fue nombrado Nuncio Apostólico de Francia. El edificio de la nunciatura necesitaba obras de remodelación y en esas estaba un carpintero parisino que no tenía el día de cara. A lo largo de la mañana, entre mediciones y ajustes de madera en el pasillo que llevaba al despacho del Nuncio (el despacho de Ángel Roncalli), los fallos y dificultades de su trabajo lo llevaban a decir a media voz chocantes blasfemias. El bueno del Nuncio decidió no hacer caso de lo que oía (sin saberlo el carpintero) y cerró la puerta del despacho, hasta que su enorme paciencia, en relación a su enorme humanidad, terminó por agotarse y abriendo la puerta de nuevo, le dijo al carpintero mal hablado: “Paciencia, buen hombre, no se esfuerce tanto. ¿Por qué en vez de blasfemar, no dice «merde» como todos los demás, y continúa trabajando?”.

Siendo Patriarca de Venecia (de 1953 a 1958), acudió a una recepción oficial, compartiendo mesa junto a una señora de buen parecer y generoso escote. Roncalli llevaba ya horas notando que los ojos de sus compañeros de mesa difícilmente se separaban de las “rotundas vistas” y cuanto dejaba a la imaginación el elegante vestido de la dama, hasta el punto de percatarse la señora en cuestión que no tardaría en ruborizarse dada la situación: despertar el ánimo de los presentes y además, delante de todo un Cardenal. Llegó la hora de postre y la fruta fue servida en el centro de la mesa. Era la hora de Roncalli, que con una manzana en la mano, demostró humor y tiró de ironía para relajar la que estaba empezando a ser una tensa situación: "Coma de esta manzana, hija mía, que aseguran que fue tras morder esta fruta cuando Eva comprendió que iba desnuda".

Pero no fue la única vez que el futuro Juan XXIII vivió situaciones parecidas. De hecho, aún como Patriarca de Venecia, el Gobierno Regional del Véneto lo invitó a otra cena, en cuya mesa figuraba una joven de insultante belleza. Las atenciones que el servicio y los políticos le dispensaban al Cardenal, hizo que éste, antes de terminar la cena, dijera: “No entiendo por qué todos los convidados me miran a mí, un pobre y viejo pecador, mientras que mi vecina es mucho más joven y atrayente”.

El 4 de noviembre de 1958 la Basílica de San Pedro se llenó de fieles y de representantes oficiales de medio Mundo. El Cardenal Nicola Canali dirigía la entronización del nuevo Papa, de Juan XXIII. En la nave central de la gloriosa Basílica Vaticana, algunos invitados de excepción ocupaban lugares preeminentes, a pesar de vestir de una manera sencilla, humildísimamente sencilla. Era la familia Roncalli, hombres y mujeres del campo de Bérgamo, familiares y amigos de un Papa Santo que no necesitó más que las raíces familiares para convertirse en un árbol tan grande y tan benemérito. Iban los hombres, ese día tan sublime, tan protocolario, tan histórico, con las mejores galas que conocían: el traje de pana negra y la camisa abrochada sin corbata, como era de rigor en el campo. Las mujeres llevaban el largo vestido negro con el ajustado pañuelo en la cabeza, tan propio del campo italiano, tan español. La sencillez de los Roncalli que parieron a un santo. Una de sus hermanas llevaba un hatillo, un mantel enrollado en torno a un trozo de madera para poder portarlo. LA IMAGEN MISMA DE LA HUMILDAD... Fue entonces cuando la Guardia Suiza le pidió que entregara el curioso y rural equipaje, a lo que no se opuso la hermana del Papa. Pero sin olvidarse que la carga que llevaba era de vital importancia, le dijo al sargento vaticano: “Tengan cuidado, que llevo las chacinas de la matanza para mi Juan, porque me han dicho que en el Vaticano se come muy mal”. De casta le venía al galgo.

Y llegó la primera noche en las Estancias Vaticanas, el primer sueño como Vicario de Cristo, como sucesor de Pedro. Él mismo confesaría que las dos primeras noches de su pontificado las pasó completamente en vela. No por las preocupaciones del cargo, no por la abrumadora tarea que le esperaba. La culpa de su repentino insomnio la tenía la propia Guardia que, paradójicamente, estaba encargada de velar por el sueño papal. Cada ciertas horas, los guardias suizos se relevaban junto a la puerta del dormitorio de Juan XXIII con el consabido ruido que ello ha de suponer. En medio de la madrugada, el Papa ya no podía más, así que se decidió a abrir la puerta dejando al soldado simplemente anonadado. Tenía ante él al Sumo Pontífice... EN PIJAMA. El pobre muchacho, sin dar crédito, corrió a realizar el protocolario saludo papal, inclinándose, poniéndose de rodillas y doblando la alabarda en señal de ofrecimiento, en dirección a Juan XXIII. Éste, entrañable anciano, pero Papa a fin de cuentas, le sonrió cariñosamente para decirle: “Hijo, primero aparta la lanza si no quieres dejar tuerto al Papa; segundo, di a tu comandante que te relevo de este servicio. Será la única forma de que durmamos tanto tú como yo”.  Creyendo haber solucionado el problema del sueño, se estaba dando la vuelta Su Santidad cuando el Guardia Suizo se elevó. se descubrió, y tal y como manda el reglamento del particular ejército vaticano, unió sus botas en un golpe seco.  El Papa dio un respingo al no recordar ese otro “saludo marcial” y volviéndose de nuevo al joven guardia, le dijo: “Sin taconazos, sin taconazos... que no son horas de hacer ruido”.


Al poco de su pontificado, empezaron las Audiencias Papales, asistiendo a una de ellas una comunidad religiosa. Dentro del grupo de monjas, una, joven, con lo que ello supone para lo bueno y lo malo, se quedó especialmente sorprendida del grosos corpóreo del Papa y no pudo evitar que en la Sala se escuchara su pensamiento. La joven monja pecó de espontánea y dijo sin pretender que media Audiencia la escuchara: “¡Madre mía..., qué gordo es!”. Pero a humor no le ganaban... Y Juan XXIII se dirigió a la impetuosa monjita y le dijo: “Nadie me advirtió en el Cónclave que estábamos en un desfile de modelos”.

Juan XXIII era un Papa cercano, necesitado del contacto y de la relación personal. Fue consciente que además del Sumo Pontificado era también Obispo de Roma y no se olvidó de sus parroquias, de los centros sociales de la Iglesia, de los colegios y menos de los hospitales. En la Navidad de 1958, apenas dos meses después de resultar elegido Papa, cursó una visita al Hospital romano Santo Espíritu, siendo recibido por la Comunidad de Religiosas. La emoción de la Madre Superiora debía ser enorme, entre otros porque nunca un Papa había sido tan cálido, tan cercano ni acaso se había dignado a realizar estas visitas tan humildes. Al presentarse ante Su Santidad, se dirigió a él diciendo: “Santo Padre, soy la superiora del Santo Espíritu”. Al Papa le hizo mucha gracia aquello. En efecto, la monja era la Superiora del Santo Espíritu, pero de la Comunidad, no de la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, como jocosamente contestó Juan XXIII, diciendo: ¡Qué suerte! Yo soy solamente el vicario de Cristo!”.

Desde un primer momento, demostró que se podía respetar la tradición litúrgica de la Iglesia sin necesidad de resultar distante y ofrecer la imagen de un Papa Jerarca que vive parapetado en los muros de un Palacio. Frecuentó los jardines vaticanos en los que se perdía y dedicaba buenas horas a la reflexión. Pero el protocolo papal vigilaba cualquier movimiento, primero en aras de la seguridad del propio Papa y al fin, intentando observar una etiqueta excesivamente rígida. Cada vez que Juan XXIII paseaba por los Jardines del Vaticano, la Guardia Suiza suprimía la visita a la cúpula de San Pedro para que los turistas no sorprendieran en un momento de intimidad al Papa.  Extrañado ante esto, mandó venir al Comandante de la Guardia Pontifica (realmente tiene rango de coronel) y le preguntó por qué no podían subir los turistas a la cúpula cuando estaba él en los jardines. El responsable de la defensa vaticana, ruborizado, contestó: “Porque podrían verle a Vuestra Santidad”; de manera que a Juan XXIII se le presentó una nueva oportunidad de demostrar su ingenio y simpatía contestando: “No se preocupe. Le prometo que no haré nada escandaloso”.

Santo. Y no creo que nadie pueda decir lo contrario.

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