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martes, 4 de junio de 2013

Hitler y los Judíos

Las hipótesis que pretenden explicar el odio visceral e inhumano de Hitler al pueblo judío patinarán siempre embarrados por la imposibilidad de conocer efectivamente orígenes, causas y realidades de esa actitud inhumana que acabó en el mayor desastre que el hombre tenga capacidad de protagonizar. Unos apuntarán a un abuelo de ascendencia judía que avergonzó al joven estudiante apasionado con las “teorías del superhombre” de Nietzsche o con la furibunda obsesión por Wagner, un antisemita denodado. Otros, un posible amor no correspondido en tiempos de su bachillerato hacia una joven judía. Los hay que hacen hincapié en compañeros de colegio judíos que en su día se rieron y mofaron del pequeño Hitler y al fin, que el médico de su madre no supo administrar correctamente el tratamiento que impidiera todo lo posible los dolores que padeció.

Pero todas estas teorías más propias de la novela que de alguna base coherente se desmoronan con dos casos claros, evidentes y que pueden causar verdadero estupor: Hitler salvó la vida de judíos y mantuvo un trato preferente hacia ellos. Hoy toca hablar de dos casos concretos y contundentes, que no fueron los únicos y que revelan más si cabe, el trastorno enfermizo e indefinible del tirano Adolf, el padre del nazismo y del más execrable comportamiento.

El primero de ellos desbarata nada menos que la supuesta historia del rencor de Hitler hacia el médico familiar que trató la enfermedad mortal de su madre. Se llamaba Eduard Bloch, un médico austríaco de origen judío que intentó paliar el cáncer que acabó con los días de Klara Hitler; muy al contrario de esas especulaciones sin base que apoyan la aversión hacia la efectividad de su tratamiento, el sentimiento de gratitud del joven Adolf por aquellos esfuerzos queda de manifiesto cuando llega al poder al frente del nacionalsocialismo alemán y decide que el respetable Bloch, sea considerado Edeljude (Judío Noble). El término fue acuñado en el primer lustro del poder nazi para proteger a amigos judíos de especial importancia. Y aunque sea imposible precisar si  Hitler y Eduard mantuvieron contacto después de la muerte de la madre del primero, la familia del médico consiguió exenciones de las leyes antisemitas, siguiendo su vida con normalidad en la localidad austríaca de Linz y cruzándose entre ambos postales que demuestran aprecio mutuo y más que nada una de ellas en la que Hitler le volvía a demostrar su gratitud por cuanto hizo por su madre, postal que fue confiscada por la Gestapo, en un obstinado intento por ocultar este episodio condescendiente del Führer para con un judío.

El médico escribió una última carta al canciller, al que le pedía la dispensación de un trato especial para abandonar Austria (ya anexionada a Alemania) y marcharse a Estados Unidos. Y en unos tiempos en los que el judío ni siquiera podía tener su propio negocio cuando no daba con sus huesos en un campo de concentración (eufemismo que hay que traducir por campo de exterminio), la familia Bloch cruzó el Atlántico estableciéndose en Nueva York, con todas las facilidades posibles que el Gobierno del Reichstag fue capaz de darles.

El otro caso sorprendente fue el de Ernst Hess (1890-1983), un alemán de ascendencia judía que fue reclutado por el Ejército Imperial Alemán justo al estallar la I Guerra Mundial. Tenía entonces 24 años y entra a formar parte del Regimiento de Infantería Bávara. Allí, a sus órdenes, está el recluta Adolf Hitler, que sería definido por el propio Ernst como “un cero a la izquierda”. Al acabar la Gran Guerra se convierte en juez de paz en su localidad natal: Düsseldorf. Pero en 1933, con el ascenso al poder de los nazis, los judíos no pueden desempeñar ningún cargo público ni formar parte del funcionariado alemán y menos en el caso de Hess, considerado “judío puro, puesto que sus cuatro abuelos eran semitas. Dos años después las leyes se recrudecían. Las de Núremberg eran aún más estrictas, aunque una carta remitida al Fürher lo salvó: se le otorgó una pensión y fue eximido de la obligación de adoptar peyorativamente el "Israel" con el que pretendían los nazis identificar rápidamente a todo judío. Tampoco se le obligó a adoptar el nuevo pasaporte, que dada su ascendencia, no iría marcado con una “J” en rojo y hasta se le permitió viajar al extranjero, algo que a todas luces, deseaban los demás hebreos alemanes, pero para no volver al horror nazi.

Himmler dejó claro que todos estos privilegios se trataban “del expreso deseo del Fürher”. Algo sucedería, quizás sin estar informado Hitler, para que fuera definitivamente conducido a un campo de concentración en 1941, aunque resistió el tormento nacionalsocialista y vivió hasta 1983, muriendo a los 93 años en Frankfurt.

Pero si ya es absolutamente increíble que Hitler “ayudara” a dos judíos, más rocambolesco resultará a quién me esté leyendo que dentro de la Wehrmacht, el Ejército alemán durante el III Reich, hubiera un buen número de soldados judíos y que uno en concreto, fuera usado como instrumento de propaganda del ideal racial ario. Se trataba de Werner Goldberg, cuyo retrato sirvió como cartel de reclutamiento del ejército nazi. Una de las leyendas del cartel decía “El soldado alemán ideal”. Aunque su mayor gesta fue rescatar a su padre (judío) de la GESTAPO y pasar inadvertido, como nada menos que 150.000 hombres de origen judíos al servicio de la Wehrmacht y que decenas de miles de hebreos alcanzaran el rango de oficiales. Lo que no le interesó al criminal Goebbles, Ministro de Propaganda, es que se supiera que 2.000 soldados judíos fueran, a golpe de decreto, convertidos en arios y que esos documentos fueran firmados ex profeso por Adolf Hitler.


De todo esto, yo no sé vosotros, pero servidor saca una conclusión: los nazis fueron unos perfectos hijos de puta que con un increíble concepto de inferioridad, se empeñaron en eliminar al rival. Y estaba claro que después de Otto von Bismarck, los alemanes eran incapaces de ocultar su desastrosa gestión nacional y su vergonzosa derrota en la I Guerra Mundial, tomando como chivo expiatorio a la comunidad que por el contrario, era rica, próspera, trabajadora y les producía una envidia descomunal. Sólo así se entiende que el exterminio judío fuera, a tenor de lo visto, según intereses.

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