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domingo, 30 de junio de 2013

El rey de los tontos

En cuántas ocasiones los dirigentes han llevado a la ruina a su pueblo. La mala gestión de la función pública puede ocasionar el mayor de los estragos y aunque en las sociedades actuales, con España a la cabeza, esto obedece más bien a las críticas anti sistema de los que pretenden que el Estado sea el padre que todo lo puede y todo lo debe hacer, no es menos cierto que a lo largo de la Historia y remontándonos en el tiempo, cuando las instituciones no garantizaban el “bien común” sino el provecho del gobernante, un pueblo podía padecer lo indecible con un dirigente tirano y torpe. Es el caso del Rey Menelik II (1844-1913), que si bien ha pasado a la historia como el padre de la Etiopía moderna, cuando les cuente algunos hechos históricos que protagonizó, convendrán conmigo en que sólo caben dos explicaciones: o el Rey era como su pueblo, analfabeto, cosa que echa por tierra la solvencia de la sociedad africana y pone de manifiesto carencias que lastran su progreso, o, como quiero pensar, a los pobres etíopes les tocó un rey sí, pero no uno cualquiera: el rey de los tontos.

Menelik II vino a suceder a Juan IV, el emperador de una Etiopía que entonces era conocida como Abisinia. Lo cierto es que de su sucesión cabe comentar muchas cosas, pero digamos que no fue todo lo legítimo que en el Mundo Occidental entendemos por herencia dinástica, ahora bien, contaba con algo que los demás pretendientes no tenían: el apoyo de Europa y en concreto la de Italia. Pero lo que no supo hasta años después Menelik es que los italianos incluían cláusulas que o bien no se leyó o no quiso hacerlo: Etiopía, ya unificada, se convertía en un protectorado, una pseudo colonia/provincia de la Italia imperial. No todo iba a salirle mal: pactó con los franceses, introdujo el ferrocarril y abolió el comercio de esclavos.

Montaje del blog "viajeradeltiempo.wordpress.com"

Pero un mal dirigente aboca a la ruina a su pueblo; de ello mejor que hable su propia historia: cuando en 1903 sufrió el primer ataque de apoplejía, creyó que la mejor manera de recuperarse del ictus cerebral era comiéndose las páginas del Libro de los Reyes del Antiguo Testamento, en donde se narra la historia de Israel como nación a través de sus reyes míticos, desde Samuel a Saúl, de David a Salomón. Nada podía fallar: estaba engullendo la vida de aquellos míticos monarcas que “sanarían” al monarca afectado por un infarto cerebral... Menos mal que no era carpintero.

A Menelik II lo que más le gustaba es todos los grandes avances que los europeos con los que tenía tratos le llevaban a su palacio. Se sorprendía con los progresos de ese siglo XX recién estrenado que le maravillaban: el agua corriente, el fonógrafo, el automóvil. Pero lo que más le encandiló fue el teléfono. Éste abrumador invento de Alexander Graham Bell, que se adelantó por horas a Gray y venció a Edison (que sólo lo mejoró) aquel 1876, tiene el “caprichoso” funcionamiento de necesitar más de dos aparatos para que sirva de uso. En la Etiopía de 1906, si el único que quería usarlo por la sorpresa que le había producido, era el Rey, mal asunto. Pero convencido de la utilidad del teléfono, (quizás pensó que no sobraban aparatos, sino que faltaba gente dispuesta a emplearlos) mandó instalar en el palacio real uno, mientras que obligaba a que su tesorero tuviera otro en su casa. Conviene decir que el tesorero acudía religiosamente a cumplimentar los asuntos de estado con el rey Menelik II, que pasaba más tiempo cerca del monarca que con su familia propia, pero al teléfono había de darle uso y nadie osó contradecirlo. Se instaló uno, empezó a usarse y así hasta que el fiel tesorero recibió una descarga eléctrica que le atemorizó de por vida. Llegó el accidente a oídos del rey que, en pleno siglo XX, se decantó por lo más sensato: consultar con los adivinos reales, que tomaron la decisión más sabia: el teléfono era algo diabólico que no tenía cabida en la cristiana Etiopía. Y por mandato real, los dos únicos aparatos telefónicos del país, fueron quemados ese mismo día.


Al poco, los franceses le enseñaron las maravillas que los operadores de la Productora Cinematográfica Pathé grababan por el mundo. Eran imágenes en movimiento, prodigios enormes y trucos fascinantes. Incluso se atrevieron a hacerle una selección de cintas (de rollos, más bien) de obras de “George Méliès”, “el mago de Montreuil”, el abuelo y padre de los efectos especiales y el más genial de los precursores del cine. Esta vez se trataba de convencer a las autoridades religiosas etíopes y para ello, escogió una escena en la que el cienasta francés de finales del siglo XIX y principios del siglo XX, hacía andar sobre las aguas a Cristo. Así nadie se extrañó que ese invento que parecía milagroso, reprodujera milagros de Jesús. Lo malo fue explicarles, rey incluido, cómo Méliès consiguió “llegar a la Luna” y que ésta tuviera cara y moviera los ojos y la boca.

El rey debía ser temperamental, y más que eso, debía fiarse poco de los funcionarios públicos. Los responsables de las obras nacionales le presentaban la maqueta de un futuro puente fundamental para el desarrollo de las infraestructuras y especialmente de ese tren que los franceses estaban impulsando en el territorio etíope. Poco convencido d que el puente fuera lo suficientemente robusto y sólido como para soportar el peso de las máquinas, locomotora, vagones y mercancía incluida, miraba y remiraba la maqueta que tenía delante, de la que le habían dicho, era idéntica sólo que a escala del puente real, a fin de que él mismo se hiciera una idea del resultado final. Así que se tomó al pie de la letra lo que le habían dicho los “constructores” (no me atrevo a decirles ingenieros) y probó la solidez del puente (esto es, de la maqueta de puente) propinándole un puñetazo que lo hizo saltar por los aires. Ufano, se jactó de llevar razón: “era endeble”. Así que le presentaron el mismo, días después, también a escala, pero con la prudencia de tallarlo en piedra y no de cartón como el primero. La prueba le costó un dolor de nudillos pero la tranquilidad de que el puente real, no iba a ser de “cartón como el primero”.


En esta foto, está sentado sobre su "particular trono". 

Y al fin, la más disparatada de sus anécdotas, la más graciosa si cabe. En 1887 un empelado de Edison creó lo que hoy conocemos como “la silla eléctrica” y que los Estados Unidos en nombre de no sabemos qué progresó patentó como medio de ejecución más humano; empezó a usarse en 1890 y a los años,  fue descubierta por el rey Menelik II, que quedó tan gratamente sorprendido por ese avance que acabaría rápido y sin necesidad de verdugo con los criminales, que encargó la nada desdeñable cantidad de 3 sillas. Así las cosas, Harold Pitney Brown, recibe desde el taller de la firma Edison en el estado de Nueva York un curioso encargo de Abisinia, que le cuesta hasta poner en el mapa; pero los negocios son los negocios y a la actual Etiopía llegan las tres sillas de la muerte que había encargado el Rey. Satisfecho, decide ponerlas en práctica y deja a un grupo de “responsables” (el comité científico nacional, entendemos) para que haga las pruebas pertinentes (a lo mejor estaban en garantía...) Cuando regresa, le hacen saber algo que ya habían pensado pero por temor a su “real respuesta” nadie se atrevió a sugerirle: ¿cómo van a funcionar las sillas eléctricas si a Etiopía no ha llegado aún la electricidad? Y así fue como una de ellas, fue empleada para una utilidad más pacífica: se convirtió en el trono real de Menelik II, el monarca más torpe y tonto de la historia. 

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