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martes, 11 de junio de 2013

El Príncipe Loco

Alegoría del Toisón de Oro. Lucas Jordán, 1694. Casón del Buen Retiro. 

Nunca un país pudo presumir tan fehacientemente de la capacidad de sus gobernantes como la España del siglo XVI. Desde los Reyes Católicos a Felipe III, destacaron los soberanos y vivió nuestra Nación una época dorada y gloriosa que se transformó en el Imperio más grande conocido, el esplendor de las artes y las letras que todavía tendrían que continuar durante todo el siglo XVII dieron los mayores nombres en la literatura, en la poesía o la pintura y España era la primera potencia del Mundo. Isabel la Católica siembra en tierra fértil y continua naciendo fuerte y firme el Estado con Carlos I y lo seguirá más si cabe con Felipe II. El Escorial se convierte en el centro de peregrinación del arte, el Renacimiento sólo superado por la Toscana brilla en la Granada antaño musulmana y del condado de Burgos a casi 21 millones de kilómetros cuadrados, el cetro de la Monarquía Hispánica comanda medio Mundo conocido.

Felipe II caracterizado como Salomón (Lucas de Heere, 1559), Catedral de San Bavón en Gante. 

Ocupa el trono Imperial Felipe II. El sol no puede cubrir al monarca más esplendoroso. El Rey Prudente, también llamado Piadoso, se casa con María Manuela de Portugal, la primera de sus cuatro esposas y lo que a la larga supondrá la incorporación del Reino luso a la corona española. Pero también el inicio de los horrores genéticos que cometieron nuestros Austria, ya que la princesa portuguesa era prima de Felipe II. ¡Y por parte de padre y madre! Pero a pesar de ello, Salamanca sería el escenario del enlace, en 1543, y los Príncipes de Asturias se convertían en padres en 1545. Cuatro días después, el complicado parto acababa con la vida de María Manuela a los 18 años de edad.

El Príncipe Carlos. Lienzo de Alonso Sánchez Coello, 1558.

El pequeño Carlos, en honor de su abuelo, fue criado sin el amor materno ni la compañía paterna. El futuro Felipe II se ausentaba de España con frecuencia y atendía junto al Emperador los vastos territorios de la Corona. Creció mimado, todo se le consentía y su delicada salud, casi quebradiza, reforzó los caprichos del niño y el consentimiento de sus ayos. Pero sus divertimentos no eran normales ni siquiera siendo un bebé. Mordía los pezones de sus nodrizas hasta hacerlas sangrar y más de una docena de ellas pasaron pro tan regio puesto, del que huían a pesar de los extraordinarios beneficios pecuniarios que suponía amamantar al futuro heredero del más poderoso trono del Mundo. Tres de las nodrizas murieron al no poder contener el derrame de sus pezones y las demás, quedaban lisiadas, mientras que el joven Carlos, ya con dos años, se divertía con fruición machacando las “reales ubres” que habrían de criarlo.

El Emperador Carlos abdica el gobierno de los Países Bajos en Felipe II.
Louis Gallait, 1841.

A los siete años los tutores escribían al padre, el futuro Felipe II, convencidos que al fin se obraba un extraordinario cambio en el infante. Desde los cuatro años su quebradiza salud había pasado por episodios de altísimas fiebres, ataques asmáticos y procesos de debilidad que a punto estuvieron de llevar a la tumba en no pocas ocasiones al nieto del Emperador. Al fin, se interesó por el deporte, demostró salud y empezó a montar a caballo en Alcalá de Henares, donde el clima de la población ayudó a su mejoría. Pero sólo a la física.

De nuevo, una misiva. Gómez Suárez de Figueroa se muestra muy preocupado. El joven Carlos demuestra un comportamiento bárbaro, una actitud alocada, un aberrante proceder. Se divierte asando liebres vivas que ha capturado previamente. Acude a las Reales Caballerizas para sacarle los ojos a los caballos, azotó a la niña de un mozo de cuadras por el simple placer de divertirse y no perdía la oportunidad de pegar e insultar a su Real Cámara.

El Príncipe Carlos de Austria. Retrato de Sánchez Coello (1564)

En 1560, siendo ya Rey su padre Felipe II, es jurado sucesor y presta él mismo juramento como Príncipe de Asturias. Con 15 años, entra en la Universidad de Alcalá de Henares pero no aprovecha el tiempo como sí lo hiciera su tío (hermanastro de su padre) el eminentísimo don Juan de Austria o el gran Alejandro Farnesio, también de la Familia Real. Pero dos años más tarde, el de 1560 casi acaba su vida; se enamoró locamente de la hija de una doncella del Palacio que habitaba y de manera decidida, pensó en asaltar el dormitorio de la joven en plena noche. Se disponía a bajar usando las escaleras de servicio trastabilló y cayó de cabeza. Las fiebres fueron muy altas y llegó a temerse lo peor. A pesar de su casi inconsciencia, el caprichoso Príncipe de Asturias se negó a recibir tratamiento médico pero se preocuparon porque lo atendiera el conocido Pinterete, un curandero con fama de sanador. Junto a él, dentro de su cama, se colocaron los restos mortales de San Diego de Alcalá, pero la enfermedad no remitía. Así, llamaron hasta Alcalá al famoso médico y anatomista imperial Andrés Vesalio.

Retrato de Andrés Vesalio como ilustración de su Tratado de Anatomía "Fábrica". 1543.

Sin duda un adelantado para su época, pero de drásticos métodos al sudo del siglo XVI. Vesalio recomendó llevar a cabo una trepanación, traspasando con un rudimentario equipo los huesos del cráneo para que saliera la sangre acumulada en el cerebro producto del golpe. El Príncipe, había sufrido un derrame cerebral. Las secuelas de tamaño accidente no pudieron ocultarse ni físicamente, ni muchos menos, moral y psíquicamente. La última etapa de su desarrollo trajo consigo deformaciones (cuya responsabilidad habrá que entender también como producto de la consanguineidad de sus padres). Tenía una pierna más corta que otra y un brazo más largo que el otro. Su joroba era prominente y las excentricidades y maldades fueron a más. A pesar de que sus problemas mentales se multiplicaban, su padre El Rey creyó conveniente que el hijo tomara contacto con las responsabilidades que algún día habría de asumir y lo nombró miembro del Consejo de Estado. Pero sus mayores aficiones no eran otras que comer, beber en exceso y disfrutar de juergas nocturnas en las que no faltaba alguna prostituta. En uno de los lupanares de la época, se desató una pelea que acabó con el lanzamiento del ajuar del prostíbulo entre los clientes, con la mala suerte que un jarro de vino fue a impactar sobre la ya de por sí trastornada cabeza de Carlos. De inmediato, ordenó a su guardia personal que incendiaran la casa y no dejaran nada digno de ser recuperado. La crueldad del Príncipe de Asturias, empezaba ya a demostrar su enfermedad mental.

Alegoría del Nacimiento del Infante Fernando. Michele Parrasío, 1571)
("Al fin un hijo normal, un sucesor cuerdo").

Al Príncipe ya sólo le preocupaba una cosa: gobernar. Quería un reino para sí mismo. Quería emular a sus tatarabuelos los Reyes Católicos, a su abuelo el gran Emperador Carlos. En un primer momento, Felipe II le prometió la regencia sobre los Países Bajos pero poco a poco se dio cuenta que había estado demasiado desafortunado y viendo la demencia y el carácter que demostraba el hijo, no volvió a proponerle ningún otro puesto. La cólera poseía al Príncipe. Se pasaba las horas haciendo cálculos procurando adivinar cuándo moriría su padre, 18 años mayor que él, heredando así el vasto Imperio. Espiaba las conversaciones regias, se burlaba públicamente de él y lo atacaba de continuo comparándolo con el Emperador (Carlos I) y asegurando que él no era ni la sombra de lo que fue su padre.

Entrada del Duque de Alba en el Puerto de Rotterdam. 
Louis-Éugene Gabriel Isabey, hacia 1850

El primo del Rey y valeroso militar, el Conde de Egmont, fue tentado por el Príncipe Carlos para sublevarse en los Países Bajos. Al no conseguir nada, lo intentó con sus hijos y con un grupo de rebeldes, pero sus planes fueron descubiertos. Al fin, perdonado por el Rey su padre, creía al fin que éste lo pondría al frente del Ejército que marcharía a Flandes y Holanda, pero cuando vio que el que partía como General de los Tercios era el Gran Duque de Alba, lo amenazaría de muerte y no pararía hasta contratar a sicarios de poca monta para que cumpliera sus amenazas. Seguía en Alcalá aquel día que una mujer, sin darse cuenta de que alguien pasaba por debajo de su ventana, echó los restos de los bacines y orinales de la casa al suelo, cayendo sobre la cabeza de Carlos. La ira fue incontenible y de nuevo quemó la casa, salvando sus propietarios la vida de manera sorprendente.

Vista de Madrid. Anónimo, hacia 1560.
Se observa el Alcázar Real en donde estuvo prisionero Carlos. 

Intentó huir a los Países Bajos de todas formas, a través de su tío don Juan de Austria que no lo consintió. Le repetía una y mil veces a los suyos que deseaba matar a su padre y al fin, el prior del Convento de Atocha, no sabiendo si atender a la inquebrantable promesa del secreto de confesión o a cambio salvar la vida del Rey, pidió audiencia y le confesó a Felipe II los planes de su hijo. Acusado de regicidio (aunque bien podría haber sido acusado de sádico, violento y tantas otras cosas) fue encarcelado por orden de su padre. Desde ese mismo instante, lo único que pretendió fue quitarse la vida por lo que se retiró de su alcance cualquier objeto con el que pudiera lastimarse. Peor entonces imaginó otras fórmulas: huelgas de hambre seguidas de comidas tan densas y enormes que terminó dañando su vista. En el crudo inverno se daba baños de agua helada y caminaba descalzo y desnudo en su prisión. Al final, murió en 1568 a los 23 años de edad.


Retrato de Felipe II del taller de Tiziano. Hacia 1568.
(¿Pudiera posar de negro/luto por la muerte del Príncipe?)

El Rey Felipe II lloró la muerte de alguien tan reprobable como su hijo, pero a su vez, expresó en una frase el mejor resumen para este final. “Lloro el luto como padre pero sonrío por el futuro de mi pueblo”. Y es que el más cruel de los Príncipes de su época, habría destrozado España y a los españoles. Por algo dicen que Dios aprieta, pero no ahoga. 

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