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domingo, 9 de junio de 2013

El fin justifica los medios

Lo tenía todo. El reconocimiento de sus vecinos, el aplauso de su público, la fama alcanzada por sus tragedias, el dinero de sus publicaciones... Sófocles termina en el año 410 antes de Cristo “Electra”,  una de sus tragedias con las que el griego, por más que pasen los siglos, terminó asociando su nombre a la inmortalidad. No nos toca a nosotros ahora hablar de su contenido pero sí de uno de los temas que propone y que ha venido acompañando a la humanidad desde entonces. Porque en una de sus partes, plantea  que el rumbo de la sociedad, de alguna forma parte de un pensamiento egoísta y universal: “el fin que se pretende, justifica cualquier mal necesario”. Así reza en esta pieza de la narrativa y han pasado 2.500 años pero la historia se repite;
Casi 2.000 años después se ha venido a decir que el origen de la expresión fue acuñada por Nicolás Maquiavelo (1469-1527), el filósofo y político renacentista que en su obra-manual “El príncipe”, deja escrito el mejor tratado político de la época y una de las referencias vitales de la doctrina política, a pesar de sus más de cinco siglos. Maquiavelo fue el que aplica a César Borgia o al Rey Español Fernando el Católico las cualidades de un buen gobernante y fue también el que nos deja la expresión: “el fin justifica los medios”, pero como variante de lo que ya Sófocles había predicho siglos y siglos antes.
A raíz de esta frase el silogismo nace como conclusión una teoría filosófica conocida como El bien supremo, la teoría del BIEN SUPERIOR que mantiene que los recursos, las posesiones e incluso las personas pueden ser sacrificados en aras de lograr un bien mayor. A Maquiavelo le quedó clara una cosa: los gobernantes han de estar por encima de la ética y la moral para conseguir sus objetivos. Entendiendo que esos objetivos son positivos para el pueblo.
Y la historia ha creído a los suyos, a los poderosos, a los influyentes, a los que en su día tuvieron algo que decir y lo hicieron con rotundidad. Sólo así se explican sucesos históricos de difícil digestión. Por supuesto, no me voy a ir a siglos pasados, puesto que siempre he sostenido y sostendré que es imposible juzgar desde el siglo XXI lo que el hombre hizo en el siglo XVII, o en el XV o más atrás en el tiempo. Pero desde el siglo XXI sí que podemos juzgar la Edad Contemporánea, ésa que arranca casi en el siglo XIX y continúa hasta hoy. Yo propongo varios casos, como la I Guerra Mundial, en concreto, la Batalla de Verdún, donde se siguió con exactitud el concepto de “bien superior”  de Sófocles o Maquiavelo.
Corría el año 1916, se enfrentaban franceses y alemanes, éstos últimos pretendían recuperar aquel territorio que en la Guerra franco-prusiana le ganaron los franceses y en donde se lanzaron más de 54 millones de proyectiles en 11 meses. Murieron casi 300.000 soldados, resultaron heridos medio millón; el comandante francés Robert Nivelle espetó la famosa frase “No pasarán” que después han copiado decenas de países y de ideologías y donde el Gobierno francés mandó a sus tropas una orden tajante: mantener el suelo y luego hacer retroceder al enemigo a cualquier costo humano. ¡El fin justificaba los medios!
Pasó un año y Lenin hizo lo propio. La Revolución Rusa alcazaba en 1917 proporciones espeluznantes de muerte, desolación y territorios arrasados. Se aniquilaba al pueblo en pos del objetivo (establecer un gobierno popular comunista) y el líder bolchevique Lenin era cuestionado por los suyos ya que las acciones del Ejército Rojo sumían a Rusia en el hambre, las deportaciones y migraciones sin sentido y la destrucción. Y no le falló la voz cuando dijo: “Que mueran los que tengan que morir. Pero la patria ha de vivir”.
“El fin justifica los medios” no lo inventó Maquiavelo, pero lo popularizó el florentino. Quizás esté en la conciencia colectiva de la Humanidad desde que el Mundo es Mundo. La Iglesia Católica se ha revelado en infinidad de ocasiones contra este silogismo, se ha opuesto a una frase dura y sectaria que reza: cum finis est licitus, etiam media sunt licita (“cuando el fin es lícito, también lo son los medios”).

¿Para conseguir algo loable y positivo ha de hacerse todo lo que sea posible?

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