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sábado, 22 de junio de 2013

Atar los perros con longaniza

"El choricero" (1780)
Cartón para tapiz de Ramón Bayeu bajo boceto de su hermano Francisco.

Candelario es un pueblo de Salamanca, en la Sierra de Béjar, culpable de la fama bien ganada de esta pequeña población de poco más de 1.000 habitantes que produce y cura las mejores chacinas de la zona y una de las más afamadas de España. El jamón salmantino (de Guijuelo) es bocado de dioses. El farinato, el plato estrella de Ciudad Rodrigo; en Tejares lograron fama los picadillos de carne y en Candelario, gracias al rigor y frío de la Sierra de Béjar, sus chorizos y longanizas. Se mataban al año 8.000 cerdos y 2.000 vacas. Había 103 fábricas de chacinas y desde la Casa Real, se pedían los exquisitos embutidos fabricados en este pueblo salmantino. El proveedor oficial desde finales del siglo XVIII, fue un vecino de Candelario, de nombre Juan Rico, que inmortalizó el pintor Ramón Bayeu en 1780, pintando un cartón que sería llevado a tapiz como parte de los temas populares con los que se decoraban los tapices que salían de la Real Fábrica.

Fábrica de embutidos en Candelario a principios del siglo XX

Desde aquello, la empresa más demandada era la fábrica de los Rico. Un nieto de aquel choricero que sirvió de modelo a Bayeu, conocido en el pueblo como el Tío Rico (por el apellido), tenía la más próspera de las fábricas de embutidos. Empleaba a decenas de mujeres del pueblo y la comarca y aguardaba con paciencia el año y medio de curación que aseguraba la exquisita calidad de sus chorizos y longanizas. Una de sus trabajadoras llevaba soportando las molestias de un perro de faldas, pequeño y nervioso, que servía para cazar ratones que roían y arruinaban los embutidos; pero ese día el perrito en ciernes estaba molestando más de la cuenta.

En un momento de la faena, mientras en las tripas de cerdo se iba introduciendo el picado de la carne, los condimentos, las “recetas secretas”, las especias... la trabajadora no pudo más y decidió atar con una ristra de longanizas al perro, al objeto de tranquilizarlo y que dejara de molestar con sus bruscos movimientos. Un joven llegaba ese día a recoger un pedido; el recadero provenía de otro pueblo cercano y se tuvo que quedar impresionado de ver cómo (tiempos de hambre auténtica en la España aquella), en aquel pueblo, sobraba tanta comida que hasta los perros eran atados con longaniza. Y para colmo, el joven recadero asoció el nombre de la fábrica de embutidos no con el apellido familiar, sino con el adjetivo que creyó comprobar al ver “la correa” del perro: Rico.


Así nació esta castiza y popular expresión, cuando alguien está tan sobrado de algo que se permite el lujo de derroches y estipendios poco entendibles. Vamos, “que ata los perros con longanizas”. 

1 comentario:

Anónimo dijo...

Alberto Moroy


Atar los perros con longanizas

http://viajes.elpais.com.uy/2015/06/05/atar-los-perros-con-longanizas/