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jueves, 23 de mayo de 2013

La Torre Eiffel en venta


Hace unas semanas hablábamos del rey del engaño, de la fascinante vida de un estafador sin igual, de Victor Lustig; Aquí podéis seguir sus andanzas a manera de primera entregaY es que la suya fue una vida de artimañas con bastante creatividad y un ingenio insospechado, que empezamos a contar y lo habíamos dejado tras timar a adinerados pasajeros de los trasatlánticos, desplumar a aficionados de las cartas y nada menos que engañar a un banco estadounidense. Así que la América de la época, conocía bien a este checo que de haberse dedicado a la medicina, no dudo que hubiera conseguido descubrir la cura de mil enfermedades. Pero el suyo fue un universo de delitos, aunque al menos, los cometía sobre los poderosos, codiciosos y personajes de peor calaña que él, como vamos a ver hoy.

El siguiente país será Canadá. En Montreal el “falso conde”  descubre por casualidad a Linus Merton, decide enfocar su atención en un tal Linus Merton, banquero de Vermont (Nueva Inglaterra, el Estado más próximo a Canadá). Por medio de una treta que le reportara la imagen de todo un honorable ciudadano y un respetable y heroico “desfacedor de entuertos”, Lustig procura ganarse la amistad del banquero contratando a un carterista para que le robara y le hiciese llegar el contenido del hurto. Luego, Víctor aparecería en el domicilio del banquero con todo el dinero y todo el contenido de la cartera para devolvérsela a su dueño, que incrédulo y agradecido, se creerá desde ese instante cualquier cosa que su heroico desconocido quiera contarle. Y es así como termina por ganarse la plena confianza del  banquero, que sigue creyendo estar ante un paladín de otra época. Además, continúa insistiendo en su raigambre nobiliaria y su condición aristócrata. A los norteamericanos, carentes de historia más allá de finales del siglo XVIII, oír hablar de Imperios, nobleza y palacios es música celestial para sus oídos. 

Nuestro falso conde empieza a frecuentar al banquero. Salen juntos, departen amistosamente, empiezan a estrechar relaciones, le hace partícipe de sus confidencias... Linus Merton sabe así que Víctor Lustig ha llevado una apacible vida de noble europeo en Viena, se queda atónito por lo que oye de la I Guerra Mundial que lo trastocó todo y entiende que su nuevo amigo se viera obligado a refugiarse en Estados Unidos. Al fin, llega el bombazo: tiene otro primo, también aristócrata, muy bien relacionado, muy bien posicionado, muy ducho en asuntos de apuestas. Tal es así que sus contactos más seguros trabajan en el hipódromo y le soplan qué caballos van a ganar y las triquiñuelas de las carreras adulteradas.


Emil, el primo de Víctor con tan buena información, sabe de antemano qué caballo ganará, cuál se clasificará en una posición concreta, puede manejar a su antojo las apuestas y según le revela de manera secreta, es esa la base de su actual fortuna, que le permite vivir holgadamente. Por supuesto, es bienvenida la ayuda de alguien externo, pues los hipódromos empiezan a sospechar de las buenas rachas y la tremenda fortuna de Emil, así que Víctor propone al banquero que si quiere ganar dinero fácil y de paso, ayudarles, esa es la mejor opción. Tan fácil como apostar unos minutos antes de que la ventanilla cerrara; aunque por supuesto, el primo Emil se llevaba por la información una módica suma, la parte proporcional de sus ganancias, habida cuenta que iban a ir a parar al banquero de Nueva Inglaterra.

Dicho y hecho, Linus Merton ganó una serie de apuestas un par de veces, y cuanto más ganaba, más apostaba. Un buen día,  al primo Emil le surge una irrechazable propuesta de su Austria natal y parte con premura para Viena. El banquero no quiere perder parte en este pingüe negocio y le propone, como ya esperaban Víctor y el pretendido primo (que no era otro que Nicky Arnstein, que recordaréis de la entrada de ayer) una última apuesta grande y generosa, para conseguir el mayor beneficio posible antes de la irremediable salida hacia Europa de tan “interesantísimo confidente”. Y dicho y hecho, le ofrecen una apuesta de miles de dólares, que acepta encantado sabiendo que al termino de unas carreras, se convertirán en cientos de miles de dólares. Y así fue como cogieron el último barco, repartiéndose 30.000 dólares del año 1924, una suma desorbitada y una estafa colosal. Linus Merton jamás volvió a saber nada del Conde von Lustig, ni de su también aristócrata primo, con tan buenos contactos en el mundo de la hípica. Pero descubrió una cosa: los dos “supuestos primos”, amañaron el par de carreras que él había ganado con el presunto chivatazo, pagando una nimia cantidad a los jockeys. ¡Nada en comparación a lo que se embolsarían luego!

En 1925, Francia se había recuperado de la Primera Guerra Mundial, y París estaba en auge, un entorno excelente para un artista de la estafa. El maestro del timo, nuestro Lustig, leía en el periódico los problemas a los que había de hacer frente la ciudad de París para el mantenimiento de su famosa Torre Eiffel, puesto que la pintura suponía un coste importante y la ausencia de ésta deterioraba con rapidez el metal al punto de que algunas de sus partes (26 años después de su inauguración) dofrecía el aspecto de chatarra oxidada. Los debates eran furibundos, volviendo a despertarse el bando de opinión que consideraba deleznable para la arquitectura y el urbanismo de París, el prodigio ingeniero de Gustave Eiffel. Pero lo que no era más que una preocupación para los parisinos y su prefectura, para Victor Lustig fue el comienzo de un plan genial que habría de reportarle importantes beneficios.

Las amistades de nuestro hombre eran variopintas pero desde luego, nunca respetables; uno de los conocidos, perfecto falsificador, genial profesional en este campo, reprodujo a petición de Lustig todo tipo de documentos que pasaban perfectamente por oficiales, como si hubiesen sido expedidos por el mismísimo Gobierno de Francia. Con ellos en su poder, se reunió con seis comerciantes de chatarra en el Hotel de Crillon, un espectacular edificio en la Plaza de la Concordia que se inauguró en 1758 como aposentos reales y que fue muy frecuentado por María Antonieta, la alta sociedad y la nobleza, al punto de recibir aquí lecciones de piano y paradójicamente, guillotinada frente a este hotel-palacio. Una vez que los seis “chatarreros” asistieron a la reunión, sobrecogidos por el lugar, Lustig se dio a conocer como el subdirector general del Ministerio de Correos y Telégrafos. Explicó que habían sido seleccionados sobre la base de su buena fama como empresarios honestos, y luego dejó caer la bomba.

La estrategia verbal de Lustig se puso en marcha. Su implacable verborrea, su locuacidad, su charlatanería superlativa, se entretuvo en contarles que el mantenimiento de la Torre suponía un coste tan elevado y tan prominente que se hacía imposible mantenerla en pie por más tiempo, por lo que se había llegado al acuerdo de  venderla como chatarra. Pero el principal escollo a salvar era la crecida opinión pública que estaba dispuesta a defender el ya símbolo parisino, por lo que las autoridades creían oportuno que había de mantenerse en secreto hasta que se escogiera a la empresa que llevara a cabo el desmontaje. A los seis empresarios, los ojos se le salían de la cara. Miles, miles y miles de kilos de chatarra.

Para seguir impresionándoles, Victor Lustig llevó a los 6 hombres a la Torre en una limusina; llevaba horas examinándolos, analizando cuál de todos sería más  fácil de engañar. Les insistió en que se trataba de un asunto de estado, que la confidencialidad era imprescindible y que el negocio requería de su discreción. El más pardillo de todos fue André Poisson. Poisson, que a lo largo de la reunión había dado muestras de su inseguridad. Pero la esposa de Poisson sospechó desde un primer instante en las maneras en las que este alto funcionario (nuestro Lustig) quería llevar todo tan en secreto. No le cuadraba que un asunto de tal trascendencia se hubiera de hacer con tanta premura y contagió a su marido de su desconfianza, que fue trasmitida a Lustig.  

¡Cambio de planes! Ahora, tocaba representar un papel propio del mejor actor de teatro. A André le confesó que estaba incurriendo en cohecho, que pretendía ser un funcionario corrupto. Era lo mejor: quedaba como un rotundo canalla pero disipaba las dudas del “chatarrero”. Poisson llegó a casa informando a su mujer que en realidad, el funcionario era otro alto cargo del buscando un soborno.

Victor Lustig cobraba a las pocas semanas el dinero “pactado supuestamente” por el Gobierno de la República de Francia para la concesión del desmontaje de la Torre además del soborno que facultaba a André Poisson como concesionario y lo adelantaba con respecto a las empresas rivales. Al día siguiente de recibir el dinero en efectivo, estaba tomando un tren con destino a Viena  con una maleta llena de dinero en efectivo. Lo sorprendente es que André Poisson nunca presentó una denuncia en la policía, imaginamos que avergonzado y humillado de manera sublime; pero la codicia de Lustig fue en aumento y viendo que de manera tan fácil se podía engañar a chatarreros codiciosos, hizo lo mismo. De nuevo, deslumbró a seis empresarios del metal quedando con ellos en palacios barrocos, paseándolos en limusina, explicándoles lo secreto y confidencial del proceso de desmontaje de la Torre Eiffel y seleccionando solapadamente al más pardillo de todos...

Pero resultó ser un policía. La estela de golpes, de timos y estafas, se había acabado. El más grande, el más canalla (pero con arte, eso seguro) concluyó así sus días de defraudador, convirtiéndose de hecho y por derecho, en el mayor truhán de todos los tiempos, capaz incluso de vender la mismísima Torre Eiffel. 

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