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lunes, 20 de mayo de 2013

La siesta


 La siesta. François Millet, 1866.


Asociada normalmente a la costumbre española de reposar la comida durante un fugaz espacio de tiempo una vez se ha terminado el almuerzo, en los últimos años los médicos y especialistas subrayan la importancia de descansar, de alcanzar el sueño al menos unos minutos como indiscutible aporte beneficioso para el organismo. Pero está claro que la siesta se asocia a los países que por condicionantes climáticos, sus ciudadanos se ven abocados a parar su actividad laboral o profesional en las horas del día en las que el calor se hace insoportable. O dicho de otro modo, la España de estas fechas veraniegas, en las que las temperaturas alcanzan su cota máxima entre la una y las cuatro de la tarde, friendo especialmente a los habitantes del sur peninsular. Claro está que hablar de siesta y de España, ha venido a tomar un cariz peyorativo muy peligroso, asociándose la falta de ánimo laboral de los españoles con una costumbre que fue preceptiva desde el siglo VI.

Dulce siesta de un día de verano. John William Godward, 1901.


En concreto, la palabra siesta proviene del latín: “sestear”. La sexta hora de Roma no era otra que la del mediodía, la de más calor. Los romanos dividían en doce horas el día y en otras doce la noche, de forma que la salida del sol o el amanecer fijaba el punto de partida de un nuevo día, siendo éste nuestra actual 6 de la mañana. A las doce, pues, se producía la hora sexta. Sabemos por Roma también que Cristo murió (lo sabemos por los Evangelios, pero gracias a las herramientas romanas) a la hora nona, o novena, es decir, las tres de la tarde. Así las cosas, la primera hora del día correspondería con la séptima de nuestro sistema de veinticuatro horas.

La siesta. Paul Gaugin, 1894.


Benito nació en el centro de la Península Itálica, en una pequeña población de la Umbría llamada Norcia y que nosotros traducimos al español como Nursia. Estamos pues en el corazón de los Montes Apeninos y en el año 480, la pequeña población se verá engrandecida con el nacimiento de dos mellizos de trascendental aportación a la espiritualidad mundial y al catolicismo en particular. Se trata de Benito y Escolástica, que fueron los creadores de la actual práctica monástica de los religiosos que forman parte de una Orden o Instituto y practican, recogidos y clausurados, su devoción y fe. Benito sería el impulsor de las ramas masculinas y en concreto, al redactar una regla (que tomó cosas de San Agustín), de la primera Orden Monástica occidental, los benedictinos, mientras que Escolástica hizo lo propio con la rama femenina. El caso es que en el año 529, se fundaba oficialmente la Abadía de Montecasino, a unos 130 kilómetros de Roma, germen de las primeras comunidades monásticas que dirigió Benito, el de Nursia, con una regla escrita poco antes.

La siesta. Pierre Bonnard, 1900.


San Benito no dejo nada al albur. A lo largo de 73 capítulos dejó por escrito cómo había de funcionar la comunidad y cómo comportarse y actuar los monjes. Sería el capítulo o Regla XXII la que nos importa hoy, referida a descansos y maneras de dormir de los monjes. Así fue cómo San Benito de Nursia, especificó que sus religiosos debían “sextear” o “guardar la sexta”, que después se deformó en el popular “sestear” o “guardar la siesta”. El fundador y abad pedía a sus monjes, que trabajaban afanosamente desde las cinco de la mañana y que ya a las seis estaban atareados entre rezos, copias de escritos, labores agrícolas y de mantenimiento del Monasterio, que respetaran el lapso de tiempo comprendido entre las 12 y 15 horas del día, recostándose en el lecho en total silencio para descansar y retomar energías para el resto del día. Aún quedaba mucha jornada y era preferible parar un momento en estas horas y coger fuerzas para continuar la tarea, que rendirse exhaustos por la actividad que los capítulos de su Regla exigía. Hay que tener en cuenta sobretodo que tal y como hemos visto, el día se dividía en dos partes exactas, la noche y la mañana. No parece descabellado que se entienda que en las horas de luz, haya un descanso, como en las de oscuridad lo hay. Pero la costumbre, al parecer, gustó entre los ciudadanos próximos al Monasterio que como improvisados monjes, decidieron adoptar también la imposición de descansar justo cuando era imposible por el calor desempeñar las tareas agrícolas (casi mayoritarias) en el periodo de la hora sexta.

La siesta. Pablo Ruiz Picasso, 1919.


Con el tiempo, la Regla fue pervirtiéndose. Pasados los siglos, borrada la memoria de San Benito y en medio de un tiempo oscuro como el Medievo, los monjes benedictinos habían corrompido la esencia de Montecasino y el sentido de su espiritualidad, por lo que en el año 1075, el francés Roberto de Molesmes retomó las normas benedictinas y las puso de nuevo en práctica al fundar en el Bosque de Colan (ver imagen de arriba) un nuevo Monasterio que estaba llamado a reformar la vida monástica y eremítica de Europa, volviendo a la pureza espiritual de San Benito. Es así como la siesta volvió a ponerse de moda entre los monjes y a ser imitada por los ciudadanos de poblaciones próximas, al punto que se recuperó tan saludable práctica.

La siesta. Vicent van Gogh, 1890.


Ese el origen de la siesta, pero para que no se cumpla el refrán que dice, “cría fama y échate a dormir”, sería bueno que contáramos que practican la siesta tan solo el 10 % de los españoles, mientras que en Alemania la costumbre ha cogido fuerza y la llevan a cabo el 22 %. Francia, Inglaterra y otros países nórdicos también nos superan, y eso que su climatología es menos adversa en cuanto a calor se refiere que la nuestra. Luego asociar siesta a pereza o a holgazanería es en todo punto mentira, y menos afirmarlo de los españoles. 

1 comentario:

EIRENE dijo...

Me encantó el artículo!!!! Gracias!