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martes, 14 de mayo de 2013

La estatua de la libertad es española


Eduardo Laboulaye era un político francés enamorado de los Estados Unidos que dedicó buena parte de las legislaturas en las que actuó como diputado o senador de la III república francesa a publicar artículos en los que desgranaba las conexiones históricas entre Francia y Norteamérica, al tiempo que durante toda la Guerra de Secesión, se declaró partidario de la Unión, los estados que pretendían abolir la esclavitud y ganaron en 1865 comandados por Abraham Lincoln. Cuando al fin termina la guerra civil estadounidense, comienza a lanzar una idea que si bien la vida no le permitió ver finalizada, ha sido, a tenor de su repercusión artística y simbólica, uno de los mejores pensamientos que ha tenido el hombre en toda la edad contemporánea: que Francia regalara como muestra de amistad una estatua a los Estados Unidos que simbolizara todo aquello por lo que luchaba el senado francés, la libertad.

La idea se la transmite a su amigo el escultor Frédéric Auguste Bartholdi, que en 1871 se pone a trabajar en el proyecto. Para ello, lo primero que hace es recuperar una idea que le ofreció al Virrey de Egipto (entonces el país de los faraones era parte del Imperio Otomano) para consumar el gran proyecto ingeniero que en 1869 se inauguraba: el Canal de Suez. Fuere como fuere, consigue fondos de una Fundación francesa para trasladarse a Nueva York, a donde llega en 1871 y en donde residirá con casi regularidad hasta 1875. Ese mismo año regresa a París y en su taller de la Calle Vavin, se pone manos a la obra. En efecto, han  pasado 4 años hasta que consiga la materialización del sueño de Laboulaye y la definitiva meta que un día ideó. Pero, ¿por qué?

Cuando Bartholdi llega a Nueva York, se fijó inmediatamente en el islote a la entrada de la ciudad, entonces conocido como la Isla de Bedloe y hoy “Isla de la Libertad”. Luego, a lo largo de los 5 meses siguientes, trató de conseguir apoyos para su proyecto viajando por todo el país, que sólo 5 años antes se había debatido en una guerra que había causado la muerte de 618.000 ciudadanos y había dejado heridos, a unos 414.000. Esas cifras en un pueblo de 31,5 millones de habitantes, unido a la desolación causada, bastarán para explicar que el pueblo estadounidense no estaba dispuesto a solventar la carrera artística de Bartholdi, que se vio obligado a regresar a Francia, en donde no encontraría precisamente un clima mucho más propicio para su faraónico proyecto, habida cuenta que reinaba el Emperador Napoléon III, hostil a los ideales democráticos y republicanos en los que se inspiraba la bocetada Estatua de “Libertad”.

Así que el escultor decidió arrinconar el sueño de la dama gigante pero eso sí, su viaje estadounidense no le vino nada mal, recibiendo encargos de Boston y de Nueva York que fue realizando, al tiempo que tomaba parte como soldado en la guerra franco-prusiana, la misma que le costó el trono y le obligó al exilio. Así, con la tercera república y los contactos de Laboulaye como senador empieza la gestación de la colosal estatua.

Lo fundamental era conseguir la financiación, que se había calculado 400.000 dólares de la época. Y mediante espectáculos, banquetes, loterías, sorteos y la generosa contribución de algún que otro enamorado del gigante estadounidense, se fue recaudando la cantidad. Pero 1876 había pasado, el año de la Independencia de Estados Unidos y en el que debería haberse concluido e instalado el monumento, el particular homenaje francés a Norteamérica.

Llegó con diez años de retraso. Todo se complicó, pues sus dimensiones obligaron a Bartholdi a buscar un ingeniero para que hiciera el diseño de la estructura interna de la estatua. El elegido fue Gustave Eiffel, que aún no había construido la famosa torre, que proyectó la estructura interna que soportase la estatua, una especie de esqueleto en hierro y una piel de cobre, todo ello lo suficientemente consistente como para soportar los 32 metros de altura y las 225 toneladas de peso de la “dama”.

Y al fin, el 28 de octubre de 1886, el presidente norteamericano Glover Cleveland, inauguraba con su autor presente, a “Miss Liberty”... ¡BARTHOLDI HABÍA ENGAÑADO A TODOS!

En realidad, la iconografía de la libertad había sido creada en Grecia y perfeccionada en Roma. Los siete rayos de su cabeza, que se identifican con los siete mares, no son otra cosa que los destellos del sol más visibles que salen de su cabeza. Doce en concreto, número de alto simbolismo pero de los que cinco quedan ocultos. Viste peplo grecolatino, lleva una luz que alumbra al mundo en sus manos... La fuente de inspiración era EL DIOS HELIOS, como el de la figura de arriba, encontrado en un fresco pompeyano. Lo único distinto entre la Libertad de Bartholdi y las del Mundo clásico era la postura. ¿O tal vez no?

Tampoco aquí fue original, porque copió el ademán, el escorzo y las formas de un cuadro de Jules Joseph Lefebvre pintado en 1870 y que se conserva en el Museo d´Orsay de París: VERITÈ (La Verdad), tal y como pueden ver en la imagen de arriba.

Pero lo mejor es que Libertad, ya había sido esculpida antes en Europa. Y desde que dejara de hacerse hacia el siglo IV después de Cristo, pasaron casi 1.500 años para ver una nueva obra de ese triunfo, de esa simbología. Y el primer país de nuestra era, de la edad contemporánea, fue España. Hubo dibujos que mantuvieron viva la alegoría de este bien tan ansiado por el hombre, pero jamás una escultura en 15 siglos. El ejemplo es “Libertad” de Cesare Ripa (1593) de su Tratado de Alegorías e Iconos, que ven en la imagen de arriba.

Y así fue como España, 33 años antes que un francés hiciera la famosa estatua, 33 años antes que Nueva York comenzara a exhibir su ya hoy símbolo por excelencia, se adelantaba al Mundo y traía a la vida uno de los iconos y símbolos más incontestables de la contemporaneidad con sabor a miles de años. Así fue como Ponciano Ponzano, un escultor aragonés que nos había dejado los leones del Palacio del Congreso de los Diputados, labró en 1853 a la Libertad coronando el panteón de los políticos Argüelles, Mendizábal y Calatrava. Así fue como realizó una escultura de dos metros de altura, en mármol de Carrara, que quedó instalada en el Panteón de Españoles Ilustres de Madrid y se inauguró en 1855, bajo estas premisas: “en su mano diestra mostrará haber roto un yugo que pisará con el pie, dando a la otra pierna mayor función sustentadora”... Es decir, tres décadas antes, Bartholdi estaba realizando lo que ya había hecho el escultor de Zaragoza (nació el día de San Ponciano, curiosa broma paterna) y aunque tuvo el valor de patentar su “Libertad”, lo cierto es que ni tenía nada de original ni de exclusiva, y aunque no podemos atrevernos a asegurar que el francés había conocido esta obra, lo cierto es que anterior.

Pero atención, porque nuestro Ponciano no era la primera vez que llevaba a “Libertas” a la escultura. Porque cuando en 1843 comienzan las obras del Palacio de las Cortes sobre el solar que había dejado el madrileño convento del Espíritu Santo, se le encarga la realización de la decoración del tímpano, del frontón de la fachada principal. Y aquí están las matronas hispanas, entre las que no falta, en efecto, LIBERTAD. Pues bien, ésta es de 1848, y es la MÁS ANTIGUA DEL MUNDO CONTEMPORÁNEO.

Así que ya saben, la Estatua de la Libertad neoyorquina, tal vez, naciera a semejanza de una española, como la del Congreso de los Diputados que tienen en la imagen de arriba (foto del Blog Madrid a Fondo)

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Interesantísimo y muy bien ilustrado

Anónimo dijo...

Lo que hce el dinero pero mui buena informaxion