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jueves, 9 de mayo de 2013

El rey del engaño


“Rinconete y Cortadillo”.
Manuel Rodríguez de Guzmán, hacia 1855.


A los españoles nos da miedo desde hace unos años leer la prensa; pavor, escuchar la radio. Simple susto emocional, conectar con los informativos de la televisión, seguros y convencidos que un nuevo escándalo político o social nos va a estallar frente a nuestros sentidos, recordándonos que este es el país de la picaresca, donde a diario, Rinconete y Cortadillo siguen alargando las alas de su fama y perpetuando la popularidad de la golfería patria, quizás, el único elemento que nos queda de aquel glorioso pasado en el que el Mundo se asustaba ante el avance de un español y hoy, simplemente, se ríe de su truhanería. Demasiados escándalos, demasiados casos de corrupción y demasiada rufianería la nuestra.

“El Lazarillo de Tormes”.
Luís Santamaría Pizarro, hacia 1900.


Pero si quieren respirar, aunque sea echando la vista atrás, es hora de que conozcan a un golfo de tomo y lomo que ha pasado a la historia por su verborrea y capacidad para el engaño y que a Dios gracias, no fue español. A veces, en una patria como la nuestra que lidera el ranking de “caraduras” del mundo civilizado y rico, da hasta alegría saber que los hubo más pillos y más sinvergüenzas que los nuestros. Aunque nos recuerde el refrán que “mal de muchos, consuelo de tontos”.

“Victor Lustig” (1890-1947).


Victor Lustig en 1890 en una pequeña población de la actual República Checa que entonces formaba parte de aquel lustroso Imperio Austro-Húngaro. Desde pequeño, se intuía que iba a ser un personaje de cuidado. Era locuaz, sabía de todo y participaba con un ánimo inusitado de las conversaciones propias y ajenas. Con los años, en la ya alcanzada mayoría de edad, no era otra cosa que un estafador encantador, que hablaba con soltura pasmosa varios idiomas y que entendió que América era un lugar extraordinario para hacer fortuna. Así las cosas, empezó trabajando en los vapores de principios del siglo XX que cubrían la ruta entre París y Nueva York, desplumando con artimañas casi simpáticas, a los engreídos pasajeros de aquellos transatlánticos que se permitían el lujo de vender glamur y opulencia.

Billete de 100 dólares de 1914, el primero emitido por la Reserva Federal.


Una de sus triquiñuelas fue crear una "máquina de impresión de dinero". Al pasajero con capacidad económica, le revelaba su gran descubrimiento, un artefacto que imitaba a la perfección el billete del dólar pero que tenía una pega de altura: tardaba seis horas en copiar a la perfección el de 1o0 dólares. Víctor le enseñaba una de esas copias al futuro estafado, que en realidad era un billete original. Ya había picado... Lo siguiente, dejarse querer, dando al principio su más enérgica negativa para luego ablandarse poco a poco, mientras se dejaba lisonjear con comidas y bebidas caras a las que un simple trabajador del barco no estaba invitado, para al final, acceder casi piadosamente a venderle una de esas máquinas al supuesto comprador. Éste, se frotaba las manos... Podía reproducir de una manera brillante e imposible de desenmascarar, billetes de 100 dólares, por lo que hacerse con el equipo a la impresionante, alta y desmesurada cantidad de 30.000 dólares, no le parecía mucho. A fin de cuentas, en una serie de impresiones, recuperaría el dinero. El resto, paciencia y a obtener ganancias.

Imagen del “Lusitania” que cubrió la ruta París-Nueva York hasta 1914.

Víctor entonces le mostraba el funcionamiento de la máquina: en las doce horas siguientes, la máquina podría producir el doble. El “primo” estaba encantado: se veía rico en la mitad de tiempo. Pero al poco, la máquina ya no producía nada, tiempo en el que Víctor había dejado el barco y se había quedado en una de las dos orillas. La explicación, bastante sencilla: nadie metía ningún billete original en la ranura, en un compartimento escondido, y después de emitir poderosos ruidos, de aquel artefacto sólo salía papel en blanco, eso sí, del tamaño del billete de 100 dólares. A Víctor, la inversión le suponía unos pocos de cientos de dólares y al incauto, unas pérdidas mágicas de 30.000 dólares de la época, una pequeña fortuna.

Interior de uno de los trasatlánticos que realizaban la ruta París-Nueva York.


A su habilidad con los idiomas se sumó otra menos intelectual pero que a fin de cuentas, le resultó de una rentabilidad más que notable: su dominio de los juegos de azar y una necesaria suerte con la que supo manejarse diestramente en el póker, el bridge y otros juegos de cartas que llegó a conocer excepcionalmente. Cuando la venta de la “máquina milagrosa de hacer dinero” dejó de tener el atractivo primero entre los viajeros de aquellos modernos y pomposos transatlánticos, él apostó por hacer los viajes oceánicos alojado en primera clase como “el conde von Lustig”, y envuelto en el aire de respetabilidad que no tenía, logró desplumar a un buen número de nuevos ricos norteamericanos a los que desvalijaba jugando a las cartas.

Aspecto de la “sociedad bien” americana de los años 20 del pasado siglo.


El estallido de la I Guerra Mundial aborta cualquier parecido con el trasiego diario en Europa. El ir y venir de grandes barcos de pasajeros entre los muelles norteamericanos y los europeos ya no es lucrativo y las rutas languidecen. En el Viejo Continente se suceden los bombardeos y el atractivo turístico y acaso el comercial, decrece. La “particular manera” de ganarse la vida que había adoptado Víctor Lustig está en franco peligro de extinción, de modo que considera que el Nuevo Mundo será un excepcional sitio en el que ganarse la vida, quizás con la “respetabilidad” que su nueva condición de noble austríaco le permita. Ni fue nunca aristócrata ni noble, no se dejen llevar por engaños; y menos en el instante en que conoce a Nicky Arnstein, su alter ego estadounidense, otro gran estafador, que descubre en Víctor un socio prometedor y un aliado precioso para perpetuar el arte de la estafa.  

La calle principal de Rock Port alrededor de 1920
durante la feria del condado de Missouri.


Corría el año 1922, en aquel Mundo de entreguerras que vino a ser declarado como la Belle Epoque, la década más prometedora de la economía mundial en casi todo el siglo XX. Además, Estados Unidos era más que nunca el país de las oportunidades, así que nuestro hombre, asociado ya con Nicky Arnstein, no duda en hacer negocio mediante el engaño más sofisticado. Sería así como, establecido en Missouri, urden entre ambos una manera de (ahí es nada, estafar a un banco. Pero antes de eso, varios negocios les reporta a la “deshonesta sociedad” Lustig-Arnstein la nada desdeñable cifra de 25.000 dólares en un bono que deciden no cobrar para rentabilizarlo de una manera menos legal.

El National Citizens Banks de Kansas en la década de 1920.


Trasladados al vecino Estado de Kansas, uno de los bancos poseía una propiedad agrícola, una copiosa granja que había sido embargada poco antes y a la que podría darle salida. Hasta que en 1924, el director de la oficina recibe la visita de todo un caballero europeo, un aristócrata que viste impolutamente y demuestra ademanes y gestos intachables. Se presenta al banquero como el Conde von Lustig y empieza narrándole una historia propia del mejor guionista de cine, con la que le explica que a causa de la I Guerra Mundial se ha visto obligado a abandonar su Austria natal, vender todas sus propiedades, y dejar atrás la patria que lo vio nacer y que fue casa de su distinguida familia. Aporta a la historia además, dos bonos de 25.000 dólares cada uno, con los que pretende comprar propiedades por la zona, necesitando pues de dinero en efectivo a cambio de sus suculentos bonos para llevar a cabo la compra de una propiedad que le permita vivir de manera relajada, disfrutando de la agricultura y olvidando los desastres que ha tenido que dejar atrás. 

Kansas City en 1924

La entidad bancaria comprueba que el bono de Lustig es completamente legal. Para ello, había hecho entrega del verdadero. Pero Víctor alega que necesitaría más dinero en efectivo para llevar a cabo las reformas y mejoras necesarias en la granja, por lo que suscribe un crédito de 10.000 dólares a un altísimo interés al que no pone ninguna pega. La operación es de una rentabilidad extraordinaria y la entidad bancaria se frota las manos por haber colocado una propiedad imposible, a precio de mercado y además, otorgado un crédito cuyos intereses reportarán más beneficios si cabe. Pero justo en el momento de hacer el intercambio de bienes (los 10.000 dólares por el bono de 25.000 dólares), Víctor hace muestras de su habilidad manual y endosa al director de la banca el bono falso, eso sí, muy difícil de reconocer y perfectamente falsificado. Para cuando el banco se quiere dar cuenta, Víctor (así pensaréis más de uno) ha huido con un fabuloso botín. Pero nada más lejos de la realidad. Los detectives que contrata el banco para encontrar al timador lo descubren a la primera, en la dirección que había aportado de un hotel de Nueva York y lo arrestan con el objetivo de presentarlo por múltiples delitos ante la justicia.

Nueva York en los años 20 

Pero en el camino de regreso a Kansas, Lustig convence primero a los detectives y luego a los directivos de la entidad bancaria que si sale a la luz el engaño que les ha endilgado, la confianza de los clientes se iba a desmoronar, asustados porque de una manera tan fácil y tan elegante, hubieran volado de la caja fuerte del banco nada menos que 35.000 dólares, por lo que lo más seguro es que se dispusieran a cambiar de entidad, retirando sus fondos y llevando a la quiebra al National Citizens. Ante esta posibilidad, los directivos deciden no dar parte alguno a la justicia, recuperar los 10.000 dólares y dar el asunto por zanjado, no sin antes asegurarse que nunca más, ese “conde austríaco” ponía los pies en su negocio. Pero Víctor les persuade que su silencio tiene un precio y el traslado desde Nueva York a Kansas le ha acarreado unos gastos y perjuicios que han de ser compensados, por lo que el Banco no tiene ningún problema en “regalarle” 1.000 dólares en concepto de “silencio” y para perder de vista a tan genial timador. ¡Un genio!



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