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miércoles, 8 de mayo de 2013

El mejor futbolista del Mundo


En el mundo del fútbol la memoria suele ser muy selectiva. Quizás, al ser un deporte de masas que se regenera a golpe de los jóvenes que con edad ya para “medio pensar”, se decantan por unos colores y un equipo concreto, suelen hacerse aseveraciones muy peligrosas sobre “estilos de juego”, alienaciones y jugadores concretos que, para los opinantes universales, SUELEN SER LOS MEJORES DE LA HISTORIA. Cada vez que servidor oye que el Barcelona de esta época ha sido el mejor de todos los tiempos, no es que no termine de creerme la afirmación, pero sí que me pregunto, cuánta memoria y cuánta experiencia atesora aquél que lo dice. Si en algún momento disfrutó de aquellos equipos míticos que suelen salir a la palestra, al estilo del “Santos de Pelé”, la “Naranja Mecánica de Cruyff” o el “Madrid de Gento, Puskas y di Stefano”. Muchos me contarían que olvido aquella selección brasileña de 1970, o aquel Milán de finales de los 80 y tantos y tantos que cada uno tiene en su memoria particular.

Lo cierto es que el deporte cambia. Lo hace mejorando el equipamiento de los deportistas, desde la precisión de una bota, los estudios casi espaciales del balón o la comodidad y practicidad de la camiseta que luce el jugador. Lo hace aplicando las más modernas y plausibles herramientas dietéticas, técnicas y médicas. Así es de tal forma que tal vez, los logros que Messi hoy patenta como el más grande de los futbolistas, queden empequeñecidos a la vuelta de un par de décadas. Y esto me lleva a pensar que a lo mejor, grandes futbolistas de otros tiempos, oscuros, iracundos y envilecidos, tiempos que no podemos olvidar para que nunca jamás se repita lo mismo, podrían haber logrado los records imposibles de la actualidad y más aún, de no haberles tocado en suertes, años negros y condenables como los suyos. Y es aquí cuando salta a la palestra la grandeza de un futbolista cuya humanidad le llevó a la tumba.

Matthias Sindelar (1903-1939) nació en el entonces Imperio Austro-Húngaro, la actual Austria. Ya de por sí, el lector andará sorprendido que comparemos la capacidad futbolística del astro Messi o su rival Cristiano con alguien que hace 110 años vino al mundo. En aquel entonces, era conocido como “el Mozart del fútbol” con una infancia que no desearía nadie. Su padre, un herrero en paro, tuvo que trasladarse a la Viena de principios del siglo XX. La familia provenía de una etnia checa, nada alarmante en la Europa de los años 30, pero con un condicionante que resultaría drástico y mortal: de ascendencia judía.

En Viena, en el barrio obrero por excelencia, el joven Matthias empezó a ser llamado por sus compañeros de juego, un rudimentario fútbol para el que servía una pelota de tela, rellena de soportes duros, abollada y más lastre que ayuda (¿se imaginan a los idolatrados Cristiano o Lionel con este esférico?) como “el hombre de papel”. Era imposible que fuese tan habilidoso para escapar del rival y de cuántos en un partido sin reglas, se atrevían a marcarlo defendiendo la improvisada portería (montículos de piedras dispuestos en el suelo) con saña y garra. ¡Y de todos se escapaba como si estuviera hecho del más flexible material!

No pasó desapercibido su cualidad y habilidad futbolística y con 15 años fue llamado para jugar en el equipo por excelencia del país, el Austria Viena. En la selección austríaca aplastaba las defensas de Alemania, goleando al rival. Como delantero centro era aclamado ya, fuera y dentro de Austria. Fue pretendido por el Manchester United, destacando de manera sobresaliente sobre el resto de jugadores de su época. Se decía que era el mejor europeo de su tiempo y que su capacidad para regatear no tenía parangón. En las semifinales de la Copa del Mundo, cayó frente a Italia, organizadora del torneo, con un arbitraje bastante parcial, claramente decantado hacia el equipo local. Austria seguía siendo imparable y en los Juegos Olímpicos de Berlín, conseguían la medalla de plata. Y entonces, empezó la mala suerte de Matthias  Sindelar.

A Hitler el fútbol le importaba tanto como el hambre en los guetos. Pero su temible ministro de propaganda Joseph Goebbles, entendió que este deporte acababa de convertirse en una de las mayores atracciones de masas, un contundente medio propagandístico y casi con toda seguridad, una forma más poderosa de vender las excelencias arias al resto de países. Con estos presupuestos, el criminal Goebbles le espetaba al tirano de Hitler lo siguiente: “Ganar un partido de fútbol es más importante para la gente que capturar una ciudad del Este”.

Entre el 4 y el 19 de junio de 1938, se iba a celebrar la Copa del Mundo de fútbol en Francia. No pudieron participar todos los países previstos por cuestiones de fuerza mayor, caso de España, en medio de una Guerra Civil, China o Japón, que se habían declarado la guerra, y un buen  número de países americanos, descontentos porque el ente organizador se había saltado el protocolo establecido años atrás de celebrar la Copa, alternadamente, entre Europa y América. Así que a aquel Campeonato de 1938, tampoco acudieron  Argentina, Colombia, Costa Rica, El Salvador, Estados Unidos, Guayana Neerlandesa, México y Uruguay. Pero lo que más sorprenderá es la ausencia de Austria, que meses antes, acababa de ser anexionada a Alemania en el principio de los propósitos imperialistas del nazismo y como antesala de lo que iba a ser la II Guerra Mundial.

Nuestro hombre era un ídolo, un astro comparable a los actuales “dioses del balón”. La fama y el cuantioso sueldo que ganaba entonces, en comparación con las penurias vividas por la familia, lo convirtió en un apasionado de la buena vida, muy dado a las juergas, a alternar con prostitutas y a caer con frecuencia en sonadas borracheras. Dilapidaba el dinero en casinos y vivía la vida con auténtico frenesí. Pero a diferencia de otras estrellas de fútbol recientes, jamás faltó a un entrenamiento, nunca permitió que sus “licencias festivas” causaran efecto en el terreno de juego y siguió siendo un prodigio del balón, el terror de las defensas rivales, como pone de manifiesto sus más de 600 goles marcados con el FK Austria de Viena en 20 años, un registro, para la época, habida cuenta de que se disputaban menos partidos que los 60 oficiales que nuestros idolatrados Messi o Cristiano pueden jugar con sus respectivos equipos, como para asustar a cualquiera. 

Un 12 de marzo de 1938 la anexión de Austria fue una realidad. Y un 3 de abril de ese año, Hitler, que aún no estaba convencido de las posibilidades efectivas que en el pueblo podía causar el fútbol, convocó un partido entre la Alemania Nazi y la selección austríaca, convencido que el poder de la raza aria quedaría de manifiesto ante los “satélites genéticos” de la vieja Germania. Y Matthias Sindelar, ridiculizó a la escuadra nazi hasta tal punto que marcó un gol y lo celebró extravagantemente delante del palco donde los generales de Hitler asistían incrédulos a la humillación de su portento ario por aquel combinadio austríaco. Cuando Austria se impuso por 2 goles a 0, Hitler estaba convencido que “el Mozart del balón” debía estar entre la Alemania que conquistaría la copa meses después en 1938. Pero algo desagradó y de qué manera a los dirigentes nazis: el austríaco que había celebrado de manera tan festiva, con tantos aspavientos y casi con sorna el gol, el delantero rival que era pretendido, tenía sangre judía. Ese día, sin necesidad de firmarla, había sido rubricada la muerte de Sindelar.  

La convocatoria ya estaba en marcha y Sindelar se negó a jugar el Mundial de Francia con la Alemania nazi; para ello fingió estar lesionado, anunció que a punto de cumplir 35 años, se retiraba del fútbol y hasta dejó de presentarse a las convocatorias y entrenamientos, él, que ni siquiera una juerga descomunal la noche de antes le había impedido acudir a su trabajo... A su pasión. Al fin, un compañero de selección, indiscutiblemente nazi, lo delató. El ídolo de Austria fue perseguido, se le impidió abandonar el país y se ofreció una recompensa para quien diera noticias de su paradero. La persecución de judíos era un hecho y el deporte no iba a librarse: a los judíos se les prohibió entrar a los estadios, el club de Viena Hakoah, con capital judío, fue incautado, los periodistas deportivos con sospechosa ascendencia judía, deportados, la población hebrea, conminada a campos de concentración y luego, a su exterminio... Sindelar, optó por esconderse, aunque antes, había apoyado públicamente al presidente de su club, purgado por ser judío y al que se le obligó a vender su restaurante, que compró Sindelar pero no por el precio al que se podía adquirir un bien incautado a un judío, sino por el precio de mercado. Su apoyo a los judíos, su desaire a Hitler y al nazismo, su origen hebreo... la sentencia de muerte no iba a tardar en llegar, pero para ello, había que encontrarlo antes.

Matthias continuaba escondido; hasta que la mañana del  22 de enero de 1939, fue encontrado muerto en la cama junto a su novia Camilla Castagnola, una ex prostituta italiana de ascendencia judía. Los informes forenses revelaron que la muerte se había producido por envenenamiento con monóxido de carbono debido a una fuga en la estufa de la vivienda. Desde entonces, dos fueron las posibles causas de aquel repentino escape: un asesinato premeditado o bien el suicidio que perpetró la pareja, buscada y perseguida y que no estaba dispuesta a acabar en una fosa de uno de los campos de exterminio nazis.

Lo cierto es que Austria no dudó en honrar a su héroe muerto. Durante 15 días las oficinas del club recibieron miles de cartas; hasta 15.000 telegramas recorrieron el país colapsando el servicio postal. El día de su entierro, acudieron 40.000 personas, sin miedo a que las SS y la GESTAPO blindaran los accesos al cementerio y cohibieran a los asistentes a realizar el recorrido con los restos mortales de Matthias Sindelar. Los vieneses dejaron de estimarlo como un icono deportivo para convertirlo en un héroe popular y los dirigentes nazis tuvieron que replegarse a la celebración de un entierro oficial; al poco, el funeral público dio paso a un desfile de honor de austríacos de todos los rincones que visitaban su tumba en el cementerio vienés de Zentralfriedhof. El estallido de la guerra, siete meses después, cortó de raíz aquella espontánea y sincera muestra de agradecimiento a un futbolista que fue mucho más que un grandioso jugador, que un letal delantero, que un soberbio deportista.

Y por eso, muchas veces me pregunto a dónde podían haber llegado genios del fútbol como Matthias Sindelar de haber nacido en nuestros días. Y también me cuestiono si los grandes de hoy día, podrían haber conseguido iguales gestas en la antesala de los mayores horrores de la humanidad. Pero sobre todo, lo que albergo es la duda de si, en efecto, estamos ante los mejores equipos de la historia o no. Porque la mayoría de las veces, el problema es que no conocemos la historia. 

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