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lunes, 13 de mayo de 2013

El Imperio ha vuelto


En España nunca se ponía el Sol y al nombre de ¡Santiago! y bajo la cruz de San Andrés, el Imperio Católico dominaba el Mundo... Hubo un tiempo que España tenía tierra propia en los cinco Continentes y

“Rocroi, el útlimo tercio”. Augusto Ferrer-Dalmau Nieto, 2011.


Mary Cassat fue una estadounidense nacida en 1844 que se crió en una familia culta  e intelectual, tanto que una mujer de hace 170 años pudo estudiar y viajar a placer por medio Mundo conocido. Fue discípula nada menos que de Manet y de Degas y descubrió España en 1873 enamorada de la pintura patria y de nuestros grandes autores. Mientras visitaba Sevilla y especialmente el Museo del Prado, pudo comprender la altura artística que los españoles alcanzaron, desde los maestros góticos a Francisco de Goya. En 1900, cuando todavía residía en París, le escribió una carta a la también pintora y amiga suya
Berta Morisot en la que decía: “no entiendo como el Gobierno de mi país (se refería a Estados Unidos) no decidió quedarse con el Museo del Prado en vez de comprarle las Filipinas a España”.

Archipiélago de los Pescadores en el Océano Pacífico

Esto me sirve para esclarecer algo solapado y olvidado por todos, que echa por tierra la idea del “Desastre del 98” y el fin del Imperio español. No vengo a contarles que nuestra Nación, asfixiada por la inoperante clase política y al irrelevante capacidad de su población, saldrá de la crisis, pero sí a contarles como legal y legítimamente, las posesiones de Ultramar, el dominio histórico español sobre tierras en lugares remotos, no acabó en 1898 cuando nos vimos obligados a entregar Cuba y a vender Filipinas a los norteamericanos, sino que a día de hoy, seguimos poseyendo en Oceanía una serie de islas e islotes que ha venido a ser denominado la Micronesia española.

Documentos cartográficos de los Tratados entre España y Estados Unidos en 1899

Nos referimos a Guedes (también llamada Pegan, Onaka y Onella, en las Marianas), Coroa (también conocida como Arrecife), O Acea (también llamada Matador, en las Carolinas) y Pescadores. Todas ellas, conforman la llamada Micronesia española y constituyen uno de los resquicios de la colonización española en Oceanía. Estas posesiones de ultramar no fueron contemplados ni en el tratado hispano-estadounidense, firmado en París el 10 de diciembre de 1898, ni en el Tratado germano-español en el que se cede al Imperio alemán los archipiélagos de Carolinas, Palaos y Marianas, excepto la isla de Guam, realizado en Madrid el 30 de junio de 1899.

Consejo de Ministros en el Pardo en el año 1949.

En 1949 un investigador del Centro Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) da a conocer dirigiendo al Gobierno de Franco que España seguía siendo la dueña y señora de una serie de islas que jurídicamente no se sometieron al tratado de 1899 suscrito entre nuestro país y Alemania, ni tampoco con Estados Unidos en su momento y que ante la comunidad internacional, se podría hacer legalmente una reclamación de soberanía. El 12 de enero de 1949, en el Palacio del Pardo se reúne el Quinto Gobierno Franquista en su Consejo de Ministros. Ese día, dándose a conocer las investigaciones llevadas a cabo por el investigador Emilio Pastor Santos, le corresponde un comunicado público al Ministro de Asuntos Exteriores, Abel Martín-Artajo Álvarez, al Ministro del Ejército, el general Fidel Dávila y al Ministro de la Marina, el Almirante Francisco Regalado, decirle al pueblo español: “deben constituir una provincia y serán un punto avanzado en las relaciones culturales, sentimentales y comerciales con Filipinas; no se trata de una utópica reivindicación más, sino de que España se instale en ellas como corresponde; una provincia en el Pacífico, bases navales, comercio libre... hermosa realidad, misión y acción para la España Eterna”.

La mujer de un preso intenta acercarse a Franco. 

A los pocos días aquel Gobierno de la Autarquía, aquel periodo franquista de la posguerra, tenía que darle nuevas esperanzas a su pueblo, que debería estar mucho más preocupado por alargar la validez de la cartilla de racionamiento que no por islas perdidas en el Pacífico, en las antípodas de una realidad dura y hambrienta. Pero de cualquier forma, se volvió a expresar la decisión del Consejo Ministerial franquista asegurando que desde 1899, los derechos de España subsistían plenamente, además de afirmar que todos esos territorios se hallaban en régimen de fideicomiso por lo que era oportuno recordar la posesión española y que cuando la “conveniencia nacional” lo viera adecuado, España pasaría a reclamar con el derecho internacional en la mano, su dominio sobre esa “Micronesia”.

Pero la islas eran de escaso valor económico; poco o nulo el estratégico y en España había otras necesidades mucho más imperiosas, mucho más latentes y urgentes que reclamar viejas y lejanas tierras de la época de Felipe II. Así que el Gobierno español no las ocupó de forma permanente ni las reclamó nunca ante la Comunidad Internacional como posesiones propias. Ni tan siquiera protestó a los gobiernos japonés y norteamericano cuando a lo largo de la Segunda Guerra Mundial, batallas y bombardeos se desarrollaron junto a los restos de aquel Imperio de 25 millones de kilómetros cuadrados. a pesar de que algunas batallas y campañas se desarrollaron cerca de estas islas.

El sueño Imperial de Franco estaba mucho más cerca que en el Pacífico.

Fue entonces cuando el Jefe de Estado, el Generalísimo Francisco Franco llegó a declarar que “mientras no se aclare el asunto, procede esperar antes de efectuar gestión alguna con los Estados Unidos o con las potencias amigas que forman parte de la ONU, ya que España no tiene contactos con la ONU y sería ésta la que habría de resolver sobre la suerte definitiva de esas islas de Micronesia que pertenecieron al Japón”. Y es que la realidad de todo esto es el aislamiento de España. No éramos miembros de nada, ni siquiera de Naciones Unidas. Sólo teníamos contacto con la Argentina de Perón y Portugal, donde el amigo (dictador también) Salazar nos miraba como a un hermano retirado y algo receloso por si las ideas imperialistas de Franco se cebaban sobre la soberanía lusa. Con semejante plantel, un 40 % de analfabetos y un 35 % de habitantes viviendo bajo el umbral de la pobreza, al tiempo que se recomponía progresivamente lo que la II República y la Guerra Civil se empeñaron en destrozar, a Franco un puñado de hectáreas en medio de un Océano, sabe Dios dónde, le traía sin cuidado. Y aún con todo, ¿ante quién reclamaba aquel viejo resto de la gloria hispana?

Desde entonces, amparados por la Ley Internacional y por la legitimidad histórica, hemos olvidado que a miles de kilómetros de distancia, tenemos todavía restos y huellas, resquicios olvidados de nuestro glorioso pasado... Quién sabe si hoy día con algo más de valor que en 1949 para poder usarlo; como por ejemplo, para establecimiento penal (no dudaba en mandar a los criminales de ETA allí), como presidio para defraudadores fiscales o para que por orden y regladamente, podamos los españoles usarla como destino vacacional, huyendo de esta realidad que apesta. 

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