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jueves, 2 de mayo de 2013

El dos de mayo


José María García Gámez es un jiennense de Huelma, medio cordobés y medio granadino, de esos que han acabado convertidos en “rara avis” en medio de los tiempos que corren, capaz de ser exponente de muchas y variopintas virtudes sólo haciendo algo que le sale de manera extraordinaria: “ser él mismo”. Se definiría como un trabajador de la teta del Estado, aunque realmente es mucho más que eso, al tiempo de no saber si es él el que nos amamanta a todos jugándose el tipo a diario, o al contrario. Apuesto más por lo primero, habida cuenta que pocos ciudadanos quedan hoy día dispuestos a sumar cosas al colectivo y no destinados a aprovecharse de él. Por lo demás, su avidez de todo lo que tenga que ver con la esencia misma de este pueblo español centenario y reflexivo, es quién motiva la entrada fugaz de hoy, que muy por encima de su contenido y de su sentido histórico, voto a Dios que no iba a escribir por aquello de darle tiempo y darle descanso a esta Alacena. Pero como quiera que uno no puede replegarse a la petición de un amigo, y José María García Gámez lo es a pesar de lo complicado del trato y de lo dificultoso de vernos (lejanías y oficios que lo impiden), va por ti, por todo lo que representas, por todo lo que nos das sin pedir más a cambio otra cosa que un ridículo sueldo mensual y por las ganas que tengo (sé que compartes ese sentimiento) de volver a coincidir contigo bajo el sueño imposible de un paso de palio:

Y es que antes de que se nos vaya este dos de mayo, tan arraigado en el colectivo social gracia a esa frase que nos recuerda la que se armó tal día como hoy de hace 205 años, cuando los franceses nos estaban invadiendo con el beneplácito de unos reyes que fueron los peores, padre e hijo, de los que habría de conocer España y una casta política desvencijada y corrupta, que creía que todo lo que viniera de fuera sería mejor para nuestra nación, el pueblo de Madrid a través de un cuartel de artillería y luego de la ciudadanía rasa y llana, fue el que contagió a toda una Península, para que se levantara en armas en contra del invasor y defendiera lo suyo. Francia y España. La primera, querida y aplaudida por los ineptos que vieron en su modelo gubernamental la respuesta a nuestros males... el tiempo demostró que no sería así y que la presencia napoleónica sólo nos depararía rapiña, la esquilma de nuestro patrimonio y el robo sistemático a lo nuestro y los nuestros. De la segunda, quizás, la primera vez en la historia que actuó con una idea patria.

España estaba vendida. El Rey Carlos IV le prometió a Napoleón el trono, el general francés, tomó al padre y al hijo y los hizo renunciar a sus derechos legítimos sobre la corona centenaria y cuasi divina de nuestra Nación y ellos, tan contentos, no tuvieron problema en adorar el águila corsa para escupir sobre el rostro del león hispano; por su parte, el “presidente del gobierno” de entonces, estaba más preocupado por sumar un nuevo título a sus ya muchos conseguidos y en recibir alguna nueva prebenda económica y social que en defender a sus millones de compatriotas que aquel 1808 se las veían y deseaban para arrancarle algo a la tierra y calmar el hambre. Entre farsas y traiciones, no quedó un solo “padre de la patria” que estuviera dispuesto a defender nuestra tierra, dejando el asunto en manos de unos pocos, que merecían una estatua colectiva en cada población, por remota y perdida que fuera, de este país ingrato y olvidadizo.

Haría falta reconocer los méritos de Manuela Malasaña, que siendo su padre un panadero francés que se hizo español, Jean Malesange, demostró que cuando a los hombres les falta lo esencial de sus atributos y lo primero que se presupone, ahí está la mujer. Y ahí estuvo Manuela, la hija de un panadero y de la bordadora Marcela Oñoro, una madrileña de la calle de San Andrés que se unió a otras jóvenes y no dudó en ayudar a los bravos militares del cuerpo de artillería que decidieron levantarse y sublevarse contra el enemigo francés desde el Cuartel de Monteleón, hace justo hoy 205 años. Manuela y sus amigas, mientras silbaban balas sobre sus cabezas y explotaban los artefactos de los cañones franceses, iba a y venía facilitando el suministro de pólvora y municiones a los heroicos militares españoles que sin ellas, hubieran tenido que rendirse mucho antes. Manuela y sus amigas, murieron, como tantos que se sumaron a la carnicería francesa. ¡Y nadie les hizo nunca un monumento!

Jerónimo Merino Cob tenía 39 años y llevaba 15 ordenado como sacerdote. Estaba destinado a la Parroquia de su pueblo, una pequeña villa burgalesa, harto de los abusos de los franceses que entraban en la Iglesia y se mofaban de Cristo y la fe católica, que ridiculizaban sus sermones, que espantaban a los feligreses y que habían robado los ornamentos litúrgicos. Y así, pidiendo perdón de antemano al Cristo muerto del Retablo Mayor, le rezó a San Vitores, a la Virgen del Rosario y cogió una bayoneta vieja de su casa solariega. Desde entonces, será recordado no por sus sermones, sus pláticas y su atención espiritual, sino porque se convirtió en el Cura Merino, el héroe de la patria, el defensor de los caminos castellanos y guerrillero que azotó a los franceses.

Agustina de Aragón, el Empecinado, Clara del Rey, Julián Sánchez el Charro... Héroes sin disciplina miitar, españoles de bien dispuestos a dejarse la vida si fuera menester (y así ocurrió) por la defensa de la Patria. Pero con todo, la historia recuerda (y hace bien)  a los soldados de artillería Luís Daoíz, sevillano, y Pedro Velarde (santanderino). ¿Lo merecen? Qué duda cabe. Fueron los que se levantaron en armas, los que decidieron contraatacar, los que empuñaron por primera vez un fusil con el objeto de defender la libertad y la independencia de España y el pueblo español. Su alzamiento fracasó porque el mismísimo Gobierno de España no le dio armas, no le suministró más munición ni le prestó ayuda alguna. Desde Madrid, se pensaba que estar bajo las órdenes de Francia no iba a ser tan malo. Pero, os hago una reflexión, sin restarle un ápice de valor a la gesta que comenzaron en el cuartel de artillería madrileño de Monteleón, Daoíz y Velarde: ¿acaso no era su obligación, acaso en su día no juraron defender a España? ¿Acaso no tenemos a Dios gracias a un Ejército y una Guardia Civil convertidos en salvaguarda y custodia de España y la españolidad?

Yo no quiero que se pase la oportunidad de reconocer el mérito de aquellos que a millares, perdieron la vida un 2 de mayo de 1808 en defensa de nuestra Patria. Porque en la sociedad que nos ha tocado vivir, parece que dos siglos atrás no son nada y sin embargo, bien que se empeñan en recordarnos otra guerra que para colmo, fue entre hermanos. La que a mí me afecta, la de hace dos siglos, demostró de qué pasta se hace un español, y puso los cimientos para que brotara el sentimiento patrio. Precisamente por eso se obvia desde la izquierda, la antiespañolidad y los que a diario odian visceralmente todo lo que suena y huela a España. Y por eso precisamente, la época histórica de 1808 a 1814 es tan poco valorada y sale poco a la luz, mientras que la Guerra Civil nos sale ya por las orejas.

Y no seré yo el que no valore aquel primer coletazo de defensa, aquel primer gesto y respuesta de españolidad frente al francés; pero aprovechando que mi hermano, mi buen amigo José María García Gámez me pedía que recordáramos a Daoíz y Velarde, yo quiero denunciar a los traidores que silencian todo lo heroico y hermoso que sucedió durante la Invasión Napoleónica (los políticos los primeros), quiero homenajear el sentimiento patriótico que aquel dos de mayo de 1808 explotó ante las retinas de nuestros paisanos y nos ha quedado en la memoria y en el corazón y 205 años después, más que a dos militares que perdieron la vida haciendo lo que han de hacer los militares que se precien de ello y han besado y jurado lealtad a la patria y la bandera que la encarna, a los anónimos civiles, a los simples ciudadanos, la mayoría mujeres como Clara o Manuela, que perdieron la vida llevando en brazos a un hijo y sosteniendo un hato con metralla, balas y pan para que los militares españoles resistieran el envite francés.


Y a los acomplejados, ojalá les falte un día tierra española que poner bajo sus pies. 

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