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sábado, 4 de mayo de 2013

Audrey Hepburn


Aquel día quedará para siempre en el recuerdo gracias a las palabras que otra de las estrellas del celuloide espetó al conocer la muerte de la actriz más elegante y más solidaria que jamás existió y barrunto que existirá. Aquel día, Liz Taylor dijo que “Dios estará contento de tener un ángel como Audrey con Él”. Pero 64 años antes nacía Audrey Kathleen Ruston Hepburn, hija de un británico y una baronesa de Holanda. Pero seis semanas más tarde, a mediados de junio de 1929, la pequeña Audrey sufrió una insuficiencia cardiaca que a punto estuvo de privarnos de una de las personalidades más arrolladoras y humanas que ha dado el siglo XX. Seis semanas después de nacer, volvió a la vida y unos pocos años después, conocería a la muerte cara a cara, cuando estalle la II Guerra Mundial y la familia, abandonada por el padre, Joseph Victor Anthony Ruston, un filonazi sin tapujos, se traslade al pueblecito holandés de Arnhem, buscando un difícil refugio frente al avance del nazismo.

Cuando aquella localidad es arrasada por la Royal Air Force británica y se convierte en el escenario de conquistas y reconquistas de los aliados y el Wehrmacht alemán, la pequeña Audrey, de 10 años, ha de llamarse clandestinamente Edda Van Heemstra, padeciendo la hambruna a la que estuvo condenada durante toda la II Guerra Mundial Centroeuropa. La escasez alimenticia la desnutrió, provocó problemas respiratorios e hizo estragos en su constitución. Con el tiempo, las acusaciones de anorexia que siempre planearon sobre ella quedaron desmontadas al conocer una infancia dura y raquítica que marcará sus días: el hermano de su madre fue fusilado por los nazis, su hermano menor Ian pasó varios años internado en un campo de trabajo y su hermano mayor Alexander, tuvo que convertirse en un fugitivo escapando así de un fusilamiento más que seguro.

La lectura en 1947 de “El diario de Ana Frank”, quizás esté detrás de la extraordinaria sensibilidad que demostraría a lo largo de su vida. Audrey recordaba que el libro “la destruyó”, porque no era otra cosa que su vida. La famosa Ana tenía su edad y con los mismos años, ambas vivieron situaciones parecidas, como cuenta en su biografía, de 1991: “Ambas teníamos 10 años cuando empezó la guerra y 15 cuando acabó. Un amigo me dio el libro de Ana en holandés en 1947. Lo leí y me destruyó. El libro tiene ese efecto sobre muchos lectores, pero yo no lo veía así, no solo como páginas impresas; era mi vida. No sabía lo que iba a leer. No he vuelto a ser la misma, me afectó profundamente. Vimos fusilamientos. Vimos a hombres jóvenes ponerse contra la pared y ser tiroteados. Cerraban la calle y después la volvían a abrir y podías pasar por el mismo lugar. Tengo marcado un lugar en el diario, en el cual Ana dice que han fusilado a cinco rehenes. Ése fue el día en que fusilaron a mi tío. En las palabras de esa niña yo leía lo que aún sentía en mi interior. Esa niña que había vivido entre cuatro paredes había hecho un reportaje completo de todo lo que había vivido y sentido”.

Holanda fue liberada por los aliados. El hambre que asoló a los Países Bajos fue antológico, obligada la familia de la joven Audrey a hacer harina con tulipanes y a racionar hasta la extenuación la ingesta diaria. Las tropas aliadas empezaron a repartir alimentos entre la agotada Holanda y Audrey se comió un paquete entero de leche condensada. La enfermiza alimentación a la que habían estado sometidos por espacio de seis años los Ruston-Hepburn pasó factura a esta tripotera y la joven enfermó por un exceso de azúcar. Pero la baronesa estaba dispuesta a olvidar el pasado y y se puso enferma por el exceso de azúcar; poco después, sufrió una fuerte depresión debida a los duros acontecimientos vividos. La guerra, el hambre y el sufrimiento habían acabado, marcando por y para siempre lo que restaba de vida a la futura actriz que por el momento, andaría bastante lejos del séptimo arte.

Y es que terminado el peor conflicto de la Humanidad, su madre, la baronesa, decidió que era hora de escapar y dejar atrás los horrores vividos en aquel pueblo y probar fortuna en la capital holandesa, en Ámsterdam, a la espera que la gran ciudad de los Países Bajos ofertara nuevas posibilidades para las dos. Y fue allí donde siguió cultivando su placer por la danza. De hecho, siempre apreció más el ballet que el cine; la danza fue uno de los mayores placeres de la actriz. Siempre quiso ser bailarina, desde bien pequeña, y estudió y practicó ballet clásico en todas las ciudades en las que vivió durante sus primeros 20 años de vida: Bélgica, Holanda, Inglaterra... Un periplo marcado por su huída de la II Guerra Mundial. A pesar de la guerra, Audrey siguió bailando, en ocasiones, en secreto. El dinero que obtenía lo destinaba a la resistencia holandesa y ella misma recordaba en su biografía que: “El mejor público que he tenido no hacia ni un solo sonido al terminar mi actuación”.

Audrey era una joven alta para la danza, alcanzando el metro setenta. Su tipo de una delgadez inusitada no pasaba desapercibido. Los estragos de la guerra acompañarían por siempre su porte atlético y fibroso. Todo ello, sumado a problemas económicos más que acuciantes obligaron a la joven a abandonar su academia de danza. La directora de la misma le recordaba que había demasiadas cosas en contra como para que se pudiera dedicar de manera profesional al baile clásico, y exigía con contundencia el pago de las clases mensuales que era todo un imposible para la madre de Audrey. Fue así como dos primas suyas le ofrecieron trabajar en una película por la que le pagarían como extra en un par de escenas. Aquello sorprendió a la joven, acostumbrada a trabajar duro en la danza y que de repente veía que unas pocas escenas le reportaban dinero sin tanto esfuerzo. Y así fue como entra en una modesta compañía de teatro con la que se daría a conocer. La danza, podía esperar... Ahora, a su madre y a ella le hacía falta ganar dinero para subsistir. 

Pero afortunadamente Audrey fue descubierta para el cine. Primero, mediante pequeños papelitos de la industria inglesa; luego, con producciones musicales. Y así, entra como protagonista del reparto del espectáculo “GIGI” que en Broadway llenará a diario a lo largo de seis meses. Así fue como se dio a conocer en Estados Unidos y así como impuso la elegancia, sofisticación, belleza sencilla y carisma que tanto impacto provocaría en la industria de Hollywood. 

Cautivó a Billy Wilder que fue de los primeros en comprender que sus profundísimos ojos negros estaban cargados de una belleza imposible, en consonancia con sus tupidas cejas, cortísimo flequillo que sólo le sentaba bien a ella. Acababa de nacer cinematográficamente hablando la delicadeza, la quintaesencia de la feminidad, la elegancia en el sentido más amplio de la palabra. Nunca hubo una chica como ella y, casi con toda probabilidad, nunca volverá a haberla. Su primer papel de importancia fue en el film Secret People, en el cual realizaba el papel de una bailarina prodigio. Naturalmente, Audrey hizo todas las escenas de baile. Pero el papel que la catapultó a la fama, además de ser su primer papel en Hollywood, fue, junto a Gregory Peck, en Vacaciones en Roma, de William Wyler.

Vacaciones en Roma (1953) fue su primer gran papel protagonista y la película que la catapultó a la fama. La productora quería que Gregory Peck –su compañero de reparto y ya por entonces una estrella consolidada en Hollywood–, encabezara los créditos en solitario, a lo que él se negó argumentando que Hepburn cumplía todos los requisitos para convertirse en una gran estrella. Una intuición que no pudo ser más acertada. Audrey Hepburn, cumpliendo con los pronósticos de Peck, ganó el Oscar como Mejor Actriz por su papel en la película de William Wyler.

En un primer momento los productores querían a Liz Taylor  para el papel protagonista, pero el director William Wyler quedó impresionado por la prueba que hizo Audrey, llenando de respuestas sinceras ese “casting” tan importante en su carrera. El director dijo, en los días previos al estreno, que Audrey “tenía todas las cosas que buscaba en una actriz: encanto, inocencia y talento. Además es muy divertida. Es absolutamente encantadora. No dudamos en decir que es nuestra chica”. Su compañero de reparto, Gregory Peck, ya era una estrella consagrada y en el póster de la película su nombre tenía más importancia que el «presentando a Audrey Hepburn». Cuando acabó el rodaje, Peck llamó a su agente e hizo que le dieran la misma importancia a los dos nombres. 

Billy Wilder la quiso para “Sabrina” (1954). El que estaba encargado del vestuario era nada menos que Givenchy, que esperaba a la actriz protagonista convencido que la “Hepburn” que había de presentarse era Catherine. Pero llegó ella y su negativa a vestirla fue inmediata. Esperaba alguien con glamour, rotunda, voluptuosa, encasillada en el perfil de la actriz estrella del Hollywood de los años 50. Una simple y sencilla charla con Audrey bastó para hacerlo cambiar de idea; es más, desde entonces, nuestra protagonista se convertiría en su musa. Fue Givenchy quién hasta el último momento de su vida la acompañó, la hizo viajar en su jet privado o se mantuvo al lado de la diva y genial actriz hasta que el cáncer venciera la partida y acabara con Audrey. 



Pero si hay una película que permanecerá para siempre en el imaginario colectivo ésa es Desayuno con diamantes. (1961). Pese a que Truman Capote, autor del libro en el que se basa la película, no estaba de acuerdo con la elección de la actriz para interpretar a la protagonistas (creía que Marilyn Monroe, voluptuosa, sexy e íntima amiga suya, encajaba mejor en el papel), lo cierto es que Hepburn sofisticó al personaje, al tiempo que lo dotó de una profunda tristeza. Nadie hoy se podría imaginar encarnando a Holly Golightly, a nadie que no fuera la elegante y sencilla estampa de la gran Audrey.

Charada (1963) dio lugar a un subgénero cinematográfico, el de la parodia de las películas de suspense, que supuso la primera colaboración con una de las parejas profesionales más emblemáticas de la actriz, el gran Cary Grant.


Billy Wilder: "Esta jovencita logrará convencer al mundo entero de que los grandes senos y pronunciadas curvas son un inútil vestigio del pasado".
Terence Moix: "Hollywood nunca había conocido a alguien como ella. La primera impresión fue que algo sano, incontaminado, acababa de entrar en el mundo del cine: como un terremoto provisto de estela purísima".
Judith Kranz: "Bajo su inmaculado y cultivado estilo descubrimos a alguien increíblemente frágil, alguien que, por razones que desconozco, parece necesitarnos".
David Niven: "Es la mejor imagen que tiene Hollywood, no habiendo nunca sido un producto de Hollywood. Audrey es siempre Audrey y tiene el don de hacer que a todos los que la conocemos se nos quede un poco de ella".
Su hijo Sean Ferrer: "Ella creía que lo barato termina saliendo caro y lo caro termina siendo barato. Es mejor comprar un buen par de zapatos que usarás mucho tiempo que comprar varios pares baratos que durarán poco. Cuida tu ropa porque es la primera impresión de das".
Elizabeth Taylor: "Audrey era una dama con elegancia y un estilo que no se podía igualar, excepto por su amor a los niños necesitados de todo el mundo. Dios tiene ahora el más bello ángel a su lado que sabrá exactamente lo que hay que hacer en el cielo".
Willian Holden: "Ella fue el amor de mi vida".
Hubert de Givenchy: "Extendió su naturalidad a su forma de vestir. Siempre daba a los vestidos creados para ella un toque personal que todo lo realzaba, no sólo la elegancia, sino el diseño entero".
Sean Connery: "Era absolutamente adorable".





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