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miércoles, 15 de mayo de 2013

Arriba las manos... Esto es un atraco


El hundimiento de Wall Street y la gran crisis económica de 1929, que se arrastró durante un buen puñado de años por Estados Unidos, produjo uno de los repuntes de violencia y robos más altos de la historia. En aquella década de los 30 del pasado siglo, los bancos norteamericanos temblaron literalmente. Se sucedían los atracos, algunos de inusitada violencia. Fue lo que la policía vino a denominar, los tiempos del “enemigo público”. Los tiroteos se producían en medio de las calles, la ciudadanía había de andar presta y rápida sino quería encontrarse con una de esas balas sin nombre y los agentes de policía requerían habilidad para no acabar desangrados en medio de la calle. Mientras, las autoridades entendieron que los castigos ejemplares ayudarían a que los “delincuentes potenciales” se lo pensaran dos y tres veces. Pero hay una curiosidad: los más grandes atracadores de la historia, murieron todos en el mismo año, posiblemente el de la “paz callejera”. No deja de ser curioso.

John Dillinger (1903-1934)

Era un animal público, un encantador social, un ciudadano que flirteaba con bastante éxito con las cajeras de los bancos que robaba, mientras apuntaba al director o descerrajaba varios tiros sobre el que se intentaba interponer entre él y el botín. Dillinger era un marine que desertó. Se casó pero el matrimonio fue mal y tras perderlo todo, decidió un buen día robar un banco. Aquel 1929 su pena fueron 20 de años de cárcel, algo desorbitado teniendo en cuenta que no hubo heridos y no tenía antecedentes. Y su contacto con lo peor de la Prisión Estatal de Indiana produjo lo que era de esperar. Aprovechando que tenía la condicional, lo primero que hizo fue atracar un banco pero fue arrestado. A los 4 días de estar en la prisión del Condado, asesinaron a tres guardias y escaparon, dejando en libertad a buena parte de la población reclusa de Ohio.

En unos años la banda de Dillinger había robado 300.000 dólares (una fortuna de la época) y asesinado a 13 personas. Pero de nuevo arrestado, el ingenio del cabecilla fue aplastante. Con una pistola de madera se escapaba de la Prisión de Máxima Seguridad de Lake, encerraba en una celda a los funcionarios y se marchaba con el coche del sheriff. Días después, acudía a un teatro de Chicago con total tranquilidad. A la salida lo aguardaban decenas de hombres del FBI que no dudaron en acribillarlo y matar al que aquel 1934, era el ENEMIGO PÚBLICO NÚMERO 1.

Pretty Boy Floyd (1904-1934)

Otro que el matrimonio no le sentó bien; es cierto que se casó joven y sin la posibilidad de asegurarse un futuro; tenía 17 años, estaba recién casado y su chica se acababa de quedar embarazada, así que encontró salida en el robo con violencia, pero algo tenue, casi infantil y tonto: se llevó 3,50 dólares en monedas de la oficina de correos. Esa primera violación de la ley supuso toda una inyección de adrenalina en el “chico guapo”, de manera que encadenó los robos cada vez con más frecuencia, hasta que en 1925 fue arrestado hasta que en 1929 consiguió la condicional. Salía de prisión jurando y perjurando que nunca más pisaría una cárcel, que preferiría verse muerto antes que entre rejas y que esa vida no era para él... Pero nunca dijo nada de dejar el robo.

Pretty Boy era un romántico del asalto. Cuando entraba en una entidad, lo primero que hacía era destruir las cédulas hipotecarias para que los ciudadanos no se vieran asfixiados por las deudas. Cuando terminaba el robo, se refugiaba en casas de vecinos a los que dejaba parte del botín, así que imaginamos que éstos estarían deseando que les tocara a ellos ser cómplices de un delito de “Pretty Boy”. Pero la policía estrechaba el cerco y en 1933, formó parte de “La Masacre de Kansas” donde mueren cinco policías a manos de la banda de Floyd. Poco después, ya en 1934, dieron con su pista y huyendo, cayó abatido en un huerto de manzanas mientras al día siguiente, los diarios titulaban la acción policial como “la muerte del terror de los banqueros”.

Baby Face Nelson (1908-1934)

Desde su más tierna infancia, la ley no era precisamente lo que más le atrajo al joven Nelson, que robó un coche con 13 años. El hurto y su  conducción temeraria lo condujo a un reformatorio que no hizo más que despertar la curiosidad delictiva del que ya era conocido en los suburbios del hampa de Chicago como “cara bonita”. Con la peor calaña de la ciudad se graduó en robos a mano armada, entrando por las noches a las casas de la alta sociedad de Chicago en busca de joyas y dinero. Hasta que en 1930, el objetivo fueron los bancos. En el primer robo se hizo con 4.000 dólares, luego, robó a mismísima esposa del alcalde, que al describirlo fue quién inmortalizaría su mote: “Era bien parecido, joven, tenía el pelo negro y cara de niño”. Capturado, logró huir para entrar al poco en la banda de Dilliger.

El niño Nelson acababa de adelantar a su jefe y convertido por la prensa en el mayor enemigo del orden y elevado a objetivo número uno del FBI, cada vez se insistía más en su captura. Al final, en 1934 cayó abatido en las calles de Barrignton, no sin antes acribillar a dos agentes. Tenía 25 años y la fama de “niño guapo de la pistola”.

Bonnie y Clyde (1909 y 1910 respectivamente, 1934)

Bonnie y Clyde fueron los Robin Hood de aquellos infelices y locos 30 del siglo XX. La sociedad los seguía con fruición, ojeaban los atracos, los disparos, las huídas y las proezas de esa pareja de forajidos y empatizaban con ellos. Son la más famosa pareja de atracadores de la historia, su historia ha sido 12 veces llevada al cine y además ha aparecido en hasta 9 series, entre ellas, Los Simpons. 24 grupos de música le han dedicado alguna canción, o sus nombres al menos aparecen en la música de alguno de los temas. Elevados a la categoría de mitos, Bon Jovi, Justin Bieber, Beyonce, Rihanna, Faye Dunaway, Meryl Streep y otros, han encarnado, puesto voz o alimentado la fama imperecedera de los que para muchos, nunca mataron a nadie y para otros, no eran más que unos asesinos y ladrones de consecuencias drásticas.

Clyde Barrow nació en una familia pobre de necesidad. Bajo, nada atlético  y algo torpe, fue arrestado por primera vez en 1926 después de huir de la policía por no devolver un coche de alquiler a tiempo. Su segundo arresto, por robar pavos reales. Clyde se negó a tener trabajos convencionales. De hecho, estando en la cárcel, había llegado a cortarse con un hacha dos dedos del pie derecho para no tener que trabajar. Así, entre 1927 y 1929, se dedicó a delitos de poca monta. Se hizo con una banda con la que robó 15 bancos y siempre solía repetir que lo único que buscaba era obtener fama y fortuna. Siempre dejó claro que ni era un asesino ni lo pretendió y se arrepintió de continuo de haber asesinado a varias personas.  

Bonnie Parker provenía de una familia instalada en la extrema pobreza pero nunca desaprovechó el tiempo. Buena estudiante, ganó premios literarios del condado y fue contratada como “negro” para escribir los discursos de diversos políticos de Dallas. Era una joven de un atractivo inmenso que además destacaba por su personalidad, a pesar de sus 150 centímetros de altura y menos de 40 kilos de peso. Imitaba a Shirley Temple (La Novia de América) en su vestidos y peinado y demostró siempre una cultura extraordinaria. Nunca fue una asesina y cuando la capturaron, los policías declararon sentir un cariño paternal por ella.

Se conocieron en 1930 en la casa de unos amigos comunes. Bonnie se ausentó de su trabajo de camarera para acompañar a una amiga que se había roto un brazo y apareció de visita Clyde Barrow. Charlaron, descubrieron su pasión por las armas, correr al volante de un coche... Quizás Bonnie quedó subyugada del macarra que le hablaba y desde luego, nadie duda que quedó rendida y locamente enamorada del “jefe de su futura banda”.  

Con el tiempo, se dedicaron al secuestro. Procuraban no disparar a nadie pero entre 1932 y 1933 Clyde había matado a 10 personas. Robos, redadas en las casas donde se escondían, accidentes de tráfico que acabaron con un incendio que provocó lesiones en la pierna de Bonnie, tiroteos en parques de atracciones, hasta que en mayo de 1934 y en una carretera secundaria, la policía acribilló el coche sin piedad. Cada uno tenía más de cincuenta impactos de bala en su cuerpo. Bonnie y Clyde deseaban ser enterrados uno junto al otro, pero la familia Parker no lo permitió. La madre de Bonnie quiso cumplir el último deseo de su hija, que era ser llevada de vuelta a casa, pero las turbas de gente que rodeaban la casa de los Parker hicieron esto imposible. Más de 20,000 personas acudieron al funeral de Bonnie, dificultando así a los Parker llegar hasta la tumba. Cada uno enterrado en cementerios distintos de Dallas, lo cierto es que en la tumba de Bonnie, se mandó grabar un poema que ella misma había escrito dedicado al gran amor de su vida:

Así como las flores son endulzadas
por el sol y el rocío,
este viejo mundo es más brillante
por las vidas de gente como tú.

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