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sábado, 13 de abril de 2013

Una lección de memoria


La infamia contra los Estados Unidos se ha convertido en una peligrosa práctica que sin prueba alguna se llena de zafiedades e incorrecciones propias de guionistas de Serie B. La historia de la humanidad ha tendido siempre a ensalzar al mediocre y a atacar al poderoso, y nadie puede dudar que la nación norteamericana comanda económica e ideológicamente este Planeta, en base a las nociones y prácticas occidentales y a un modelo social que con muchas fallas y desigualdades, es no obstante el más admirado y el más deseado. En la trinchera de enfrente, los amigos de las teorías conspiratorias, los poco sesudos dispuestos a creer a pies juntillas cualquier bulo que se digne a pensar que fue el mismísimo Gobierno de los Estados Unidos el que provocó el ataque de Pearl Harbor en diciembre de 1941 para tener una excusa que le permitirera entrar en la II Guerra Mundial, que derruyó con un falso atentado las Torres Gemelas cobrándose la vida de 3.000 compatriotas para lanzar su ofensiva en el Asia islamista y que si nos empeñamos, dopó a Islero y lo instruyó para que cogiera de muerte al Califa Manolete en la Plaza de Toros de Linares.
Y entre tanto despropósito que parece un discurso chavista, la que relaciona a Estados Unidos con el Golpe de Estado que el 23 de febrero de 1981, Antonio Tejero y cuatro más urdieron para hacerse con el Gobierno de España y derrocar a la democracia. ¿La CIA estuvo al tanto? ¿Cooperó el Gobierno estadounidense en su afán por salvaguardar del comunismo a cualquier país? Toda esta increíble teoría empezó con las desafortunadas declaraciones del entonces Secretario de Estado norteamericano, Alexander Haig. La misma noche del golpe, la prensa le preguntó qué pensaba acerca de la intentona golpista y él declaró que aquello no pasaba de ser  “un asunto interno español”. Alguien de la Casa Blanca tuvo que hacerle recapacitar porque al poco manifestaba su alegría por “el triunfo de la democracia en España”, aunque desde entonces a muchos, por supuesto amigos de tejer mentiras en torno al “diablo capitalista americano” empezaron a creer que esa contestación primera de todo un Secretario de Estado no era otra cosa que la constatación del apoyo estadounidense al golpe, cuando no de una colaboración con éste, que subrepticiamente salía a la luz. Desde luego, las palabras de Alexander Haig contrastan con las que la Primera Ministro inglesa, la recientemente fallecida Margaret Thatcher pronunció desde el primer instante en que conocía la toma del Congreso por parte de los Guardias Civiles sublevados: “es un acto terrorista y hay que exigir a los sublevados que se rindan para que España vuelva a la normalidad”.
Si algo hay que achacarle a Estados Unidos es desde luego su egocentrismo. Los problemas internacionales les afectan si van a tener una repercusión directa en los Estados Unidos. ¡Poco más! Así lo demostró el Presidente Ronald Reagan, que al parecer, no encontró un momento para interesarse por lo que sucedía en aquella España de hace 32 años, acongojada y al borde del desgobierno, al menos durante unas horas. Sólo cuando los guardias asaltantes habían abandonado ya el Palacio de la Carrera de San Jerónimo, se dignó a llamar al Rey demostrando “cierto interés” por lo acaecido. Los enemigos de Norteamérica y lo norteamericano se frotarían las manos: de un lado, las dudosas y timoratas declaraciones del Secretario de Estado; de otra, la falta de preocupación del Presidente estadounidense.
Poco a poco se iban conociendo datos que avalaban la teoría de cooperación, participación o agrado que el Gobierno estadounidense demostró hacia el Golpe del 23-F. En diciembre de 1980 la CIA espió al Rey don Juan Carlos. Al menos eso nos hacen ver aportando unos datos cuando menos curiosos: el número dos del servicio de inteligencia estadounidense alquiló una vivienda en la Plaza de Oriente de Madrid desde la que plantó un dispositivo que le permitió visualizar los movimientos de la Casa del Rey y del propio monarca y Jefe de Estado en el Palacio Real. Pero el que se  trague esto simplemente es un lerdo en materia histórica, habida cuenta que el último español que habitó el Palacio Real fue el republicano Manuel Azaña y que desde 1962, el Rey instaló en el alejado Palacio de la Zarzuela su residencia y lugar de trabajo, donde continua. De hecho, el Palacio de Oriente sólo ha servido para recepciones oficiales de tipo distendido, la firma de adhesión de España a la UE en 1985, o la celebración de la boda del Príncipe Felipe. De ahí que cuando uno lee que tras conocer el CESID español (para entendernos, una CIA del “todo a cien”) ese supuesto espionaje que ejecutaba el número dos de la Agencia en España, Vincent Shield, se montó un operativo de contravigilancia mítico: la Operación Míster. De la leyenda a la verdad, hay a veces escasa distancia.
Lo que al parecer sí es verdad que sucedió es que en 1980, embajadores y cónsules del Gobierno de los Estados Unidos recibieron sus credenciales diplomáticas de manos del Rey. Imaginamos que en una naciente democracia que apenas superaba los cuatro años y con dos escasos de la aprobación de una Constitución, los americanos quisieran saber qué pensaba el Rey de una transición política tan rápida y de cómo veía él al pueblo español acerca de esta nueva forma de Gobierno que tras cuatro décadas de dictadura se había implantado. De ahí a espiarlo, hasta que las pruebas no digan lo contrario, hay un abismo. Pero para alimentar la bendición a los golpistas desde Washington, se halló la solución definitiva: usar la figura del embajador norteamericano de la época, Terence Todman. Ronald Reagan había mostrado pasividad; el Secretario de Estado Alexander Haig indiferencia y el embajador entonces, iba a ser el verdadero señalado. Antes había ocupado ese puesto en Costa Rica. De él se decía que había tolerado todas las dictaduras militares y fascistas de la América Latina. Pero lo único que en realidad sabemos, es que la diplomacia norteamericana le interesó el Golpe, cuando éste había sido sofocado.
A la izquierda de nuestro país las teorías conspiratorias no le funcionaban, así que tiempo más tarde tejería una nueva: el Rey se sintió tentado a secundar el derrocamiento de la democracia, pero no se le ofertó nada mejor por parte de los sublevados. Tamaño disparate propio de los mejores fabulistas de la historia literaria sigue sin explicarnos quién era el “elefante blanco” que esperaba en el Congreso el coronel Tejero, por qué el embajador Todman dijo que “don Juan Carlos volvió a demostrar que “es el hombre imprescindible, un héroe y todo un rey”; por qué Santiago Carrillo o Manuel Azcárate, secretario de política internacional del comité central del PCE y eurocomunista convencido, se deshicieron en elogios hacia el papel desempeñado por el Rey y en definitiva, por qué nada de lo que expresaron, pueden demostrarlo...
Y es que lo peor que le sigue sucediendo a la izquierda de este país, es reconocer aunque sea en su fuero interno que tienen la libertad de expresarse aún por medio de bulos y mentiras, gracias al de la foto de arriba. ¡Y eso es lo que más les duele!
P.D. Leer prensa del estilo de Alerta Digital, puede dañar seriamente la inteligencia humana.

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