Visitas

martes, 9 de abril de 2013

Sara Montiel


Esta es la historia de aquellas personas que dilapidan su grandeza por cuatro duros, que hipotecan su impecable y exitosa trayectoria por una cuota de protagonismo que jamás volverá. Es la historia de los que han sido muy grandes y muy relevantes y deciden, encandilados por una juventud que ya no regresará, que el papel cuché volverá a quererlos como en su día. Es la historia de aquellos que no saben envejecer y no saben encauzar su vida misma, ayer exitosa e imparable. Es, en definitiva, la historia de María Antonia Abad Fernández, la primera estrella española del cine y la más deseada de cuántas musas de la gran pantalla desfilaron por los años 40 y 50 del pasado siglo por este país.

Nació pobre y acostumbrada a oír como sus padres se dirigían a los capataces y terratenientes a la voz de “señor y señorito”. Y se juró que escarbar los terrones de La Mancha no sería jamás lo suyo. Y con 18 años era secundaria de aquel cine carpetovetónico tan nuestro (odiado a rabiar hoy día y que no deja de ser un documento histórico fabuloso) y con 20 años, una belleza irresistible y un cuerpo de infarto le procuraba el primer papel protagonista. Pero o bien no llegaba la oportunidad esperada, bien el franquismo no se lo iba a permitir, aquel Méjico de los años 40 la vio hasta en diez veces protagonizar largometrajes que la hicieron la estrella más cotizada de la industria mejicana.

Con 26 años pisa Hollywood. Son los años en los que su casa se llena de estrellas de un brillo incesable: Gary Cooper, Burt Lancaster o Charles Bronson. Era frecuente que Marlon Brando visitara su hogar para desayunar sus famosos huevos manchegos y compartía amistad con la excelente cantante Billy Holiday. Iban a entrar un día en un café y el racismo latente norteamericano prohibió la entrada de Billy; la respuesta ibérica y pasional de Sara Montiel no se hizo esperar, destrozando varios platos del establecimiento y espetando contundentes insultos.

Tuvo un amorío con James Dean. Puede que fuera su foto con el ídolo juvenil, la última fotografía que se conoce de James Dean vivo, y sirvió para que los rotativos estadounidenses anunciaran su muerte. El escritor Ernest Hemingway le enseño a fumar puros, pasión que ha mantenido hasta sus últimos días. No sabemos bien la trascendencia de su personalidad en el cine hasta que no oímos a Burt Lancaster asegurar que si hubiera sabido hablar inglés, hubiera sido algo más que la secundaria de tantas películas de la época. Justo al terminar el sistema de versión doble estadounidense, acababa de empezar una nueva etapa para los españoles en Hollywood y ella será la más internacional, la más reconocida. Cuando regresa a España, hace con 29 años la cinta inmortal, la que hará de ella la actriz por la que suspiraron los españoles de los 50 y murieron de envidia las señoras de la época: “El último cuplé”.

Sara Montiel ha muerto. Es imposible pensar que si Marilyn Monroe no hubiera muerto cuando aún su cuerpo era el más deseado del Planeta, quizás no hubiera sido ni la mitad de estrella de lo que hoy se le reconoce. Con más dotes interpretativas que la rubia por excelencia y una fisonomía parecida, a Sara Montiel los montajes para le prensa rosa la convirtieron en un esperpento inadecuado y en el divertimento de las amas de casa ociosas sin letras e iletradas. Lo triste de todo ello es que nadie le reconocerá que a lo largo de sus cincuenta películas fue la más internacional de nuestras estrellas y llegó a robarle a la impresionante Conchita Montenegro, todo el protagonismo cinematográfico, firmando con Warner, Columbia y compañías de ese peso capital. Hubo que esperar más de 40 años para que otro español pisara y conquistara Hollywood: Antonio Banderas.

Hoy, es un símbolo gay, una caricatura de lo que un día fue, una esnob que vivía en un ático de lujo del costosísimo Barrio de Salamanca de Madrid pero se consideraba socialista, capaz de amañar amoríos y escenificar cuentos chinos para que la prensa rosa no se olvidara de ella y le dejara una suculenta cantidad económica. Pero un día, María Antonia Abad Fernández, fue el objeto de deseo más cautivador y una estrella que tenía a raya a Gary Cooper o a James Dean.

Como decía al principio, esta es la historia de la lentejuela... que se convirtió en caspa. 

No hay comentarios: