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viernes, 26 de abril de 2013

Las bragas de la Reina


Victoria acaba de conocer que es la nueva Reina

Victoria acababa de cumplir 18 años cuando la sacan de la cama antes de despuntar la mañana. Su tío ha muerto. En camisón, ante un arzobispo y un ministro, besan su mano y se convierte de facto en la Reina del entonces territorio más grande del Mundo, en la Soberana del país que en ese año de 1837, es la primera potencia. Empieza uno de los reinados más largos de la historia de la humanidad (64 años) que precisamente por su largueza, estará plagado de curiosidades, anécdotas, hechos y sucesos de vital trascendencia y otros, dignos de contar. Es el caso del que nos ocupa.

Coronación de Victoria como Reina del Imperio Británico

Los primeros meses de su reinado, transcurren como si nada hubiera cambiado en su vida. El soberbio Palacio de Buckingham es ahora, legítimamente, su residencia oficial (ya vivía en él, pero como princesa y sobrina del monarca). No necesita preocuparse de su inmensa responsabilidad gracias a la figura de William Lamb, primer ministro desde 1935, un gobernante eficaz e inteligente, que permite a la joven Victoria despreocuparse de los asuntos de gobierno, mientras la corte le busca el pretendiente ideal para que se case lo antes posible. El verdadero temor de la Inglaterra de 1838, era buscar un heredero que ninguno de sus dos tíos habían logrado para la corona británica. Eso es, el único problema... ¿seguro?

3 El Palacio de Buckingham antes de su reforma

El Palacio digamos que era una residencia escueta y sencilla. Regia, qué duda cabe, pero alejada de los fastos palatinos de la Italia renacentista, del esplendor del Palacio de Madrid y por supuesto, del gusto decorativo de los palacios alemanes. De hecho, no fue la residencia oficial de la monarquía británica hasta que se empeñó en ello la joven Victoria, que comenzó a transformarlo desde su subida al trono hasta que consiguió el aspecto que todos tenemos en mente en el año 1850. Hasta entonces, la imagen de Buckingham era la del grabado de arriba, muy distinta y mucho más modesta que la actual. Rodeado de calles y no precisamente de dimensiones amplias y generosas, a partir del incidente que vamos a narrar, la seguridad, el vallado externo y otra serie de circunstancias, fueron rápidamente incorporados al conjunto de 120 por 108 metros que mide hoy día.

Salón Trono del Palacio de Buckingham

La Guardia Real ha tenido más de un encontronazo indeseable en la residencia inglesa. Digamos, para suavizarlo, que en más de una ocasión ha dejado manifiesta su inoperancia. Puede que aquel 1838 empezara a denotarse los fallos de seguridad por los que la mismísima Margaret Tatcher pidiera perdón siglo y medio después; pero esa es otra historia. El caso es que uno de esos guardas el Salón del Trono del Palacio. Al entrar en este para cerciorarse del cotidiano y tranquilo estado de todo, se da cuenta que un niño pulula por el trono de la jovencísima Victoria. Al darle el alto, sorprendido (y preguntándose quién sería el niño y cómo había logrado llegar hasta allí), el pequeño salió a la carrera, despista al guardia y se escapa por una ventana hasta llegar a la calle.

Palacio de Buckingham en 1837

Guardias y policías persiguen con vehemencia al joven espía. Al intruso escurridizo hasta conseguir acorralarlo y detenerlo en la vecina calle de Sant James. Pronto, lo llevan a la comisaría de Scotlan Yard más cercana (Scotland Yard es la policía de Londres y fue fundada en 1829) y es interrogado. Allí reconoce tener 14 años, ser hijo de un sastre de la zona de Westminster de Londres y fue impreciso a la hora de explicar por qué había entrado en el Palacio Real. Pero cuando es cacheado, la policía encuentra escondido bajo sus pantalones un par de calzones de la Reina Victoria. Lo que iba a ser una simple reprimenda por la “trastada” de mal gusto, se convierte en un robo y además, con allanamiento y compromiso de nada menos que la Soberana Inglesa.

Ilustración de la época sobre el interrogatorio de Edward Jones

El muchacho es llevado a una Corte de menores el 14 de diciembre de 1838. El tribunal descubre su nombre real: Edward Jones. El ladronzuelo tiene nombre que los rotativos de la época hacen correr. Trabaja para un deshollinador ya que su complexión delgada le permite entrar fácilmente por los huecos de las chimeneas y un rosario de conocidos son citados como testigos. Algunos, declaran que desde siempre, el joven Edward ha manifestado su deseo de entrar en el Palacio. El tribunal empieza a observar que la conducta del chico raya en lo obsesivo. Él mismo reconoce que antes de ser sorprendido ese mes y atrapado por la policía, había entrado en una ocasión anterior y robado un arma de Palacio. A pesar de quedar todos estupefactos, no sabemos si por el delincuente en potencia que tenían delante o por los fallos de seguridad condenables que acababan de ponerse al descubierto, con el código en la mano no pueden más que absolverlo debido a su edad.

Han pasado dos años de aquel incidente del que sólo queda un recuerdo borroso en los sirvientes de Palacio. Pero un 30 de noviembre de 1840, la Guardia Palatina no puede creerse que un joven esté intentando superar el muro/reja del costado occidental de la residencia, anexo a la calle Constitution Hill, y consiguen frenar la escalada cuando ya está a punto de alcanzar la primera ventana. La alarma es inmensa habida cuenta que acaba de nacer el primer hijo de la Reina, sólo nueve días atrás. Esto es entendido como un ataque al heredero, como un complot revolucionario que pretende asestar un golpe a la corona. Con mucha fortuna, la guardia atrapa al “escalador” y lo lleva ante Scotland Yarrd que lo identifica rápidamente: Edward Jones, que tiene ya 16 años y empieza a entrar en la edad de merecer el castigo penal que esté previsto. El incidente reviste la suficiente importancia dejando en pañales la seguridad nada menos que de la mismísima Reina y sus hijos que decide olvidarse.

El enfermizo Edward Jones, espiando a los Reyes. 

Horas después, un 1 de diciembre, vuelve a las andadas, con mucho más éxito. Se cuela en el interior, burla cualquier custodia posible y se esconde bajo un sofá y es descubierto nada menos que por la mismísima Reina, cuando se desplaza hacia el cortinaje de detrás, en el momento en que está hablando confidencialmente con su marido, el Rey consorte, Alberto de Sajonia. Edward, satisfecho de su éxito (más de dos horas dentro de Palacio sin ser descubierto) confiesa con naturalidad casi burlesca que ha entrado ya otras dos veces, aprovechando siempre sentarse en el trono real.

La prensa londinense ya lo llama “Boy Jones”. Haber entrado de esa forma, esconderse bajo un sofá, ocultarse ¡en el vestidor privado de la reina! y reírse de todo el sistema y seguridad de Buckingham Palace y la ciudad de Londres merecía el escarmiento que recibió: tres meses en una correccional, siendo internado en la prisión de Tothill Fields, que sólo consigue agudizar la obsesión enfermiza por entrar al Palacio y estar cerca de su Reina. Y subestimando su capacidad escapista y sus escurridizos movimientos, el 15 de marzo de 1841 logra despistar a uno de los guardias armados, fugándose del correccional y llegando hasta el Palacio Real. Una vez allí, sin que nadie pueda explicarse cómo, logra entrar a través de la cocina, come las sobras que encuentra en los mostradores y encimeras y cuando va a salir de la zona de servicio, es apresado. La justicia no tolera que un imberbe de 16 años se haya burlado tantas veces de la policía, la guardia real y los tribunales, de modo que lo condena a tres meses de trabajos forzados en otra correccional.

Galeras de la Royal Navy en 1840 

Boy Jones es una mezcla de héroe y chico prodigio. Nadie puede dejar de hablar de él. Dotado de una capacidad asombrosa para burlar la “supuestamente”, mayor protección de todo el Reino, los teatros de Londres lo quieren como estrella para números de habilidad, ofreciéndole las astronómicas cifras de 16 y 18 libras mensuales por participar en los números, que hoy día se acercarían a las 1.400 libras, o lo que es lo mismo, casi 1.700 euros. La fama que está cobrando un obseso, un perturbado de 16 años, no es consentido ni aplaudido por Palacio. Y desde los despachos y gabinetes de la Corona, se presiona a la Justicia para que Boy Jones sea alejado lo más posible de Buckingham Palace. Sólo faltó que lo descubrieran cerca del vallado real de Palacio para que, sin juicio previo, ni necesidad alguna, fuera enrolado en contra de su voluntad en la Marina Real, para remar en una galera. Pero Boy Jones era un peligro, un habilidoso personaje. Sólo así se entiende que lograra saltar y escapar del barco en los muelles de Portsmouth, para andar nada menos que los 120 kilómetros que lo separaban de Londres, obcecado casi de manera trastornada, en volverá Palacio. Esa vez fue detenido antes de lograr entrar.

Salón de baile de Buckingham Palace. ¿Se podrían quedar tranquilos?

A bordo de otra galera, Boy Jones marchaba rumbo a Australia, la colonia a la que mandaba Inglaterra lo peor de cada pueblo, delincuentes, ladrones y personas de dudosa reputación, que terminaron por pervertir a un Edward Jones que fue el más famoso ladrón de la mitad del siglo XIX australiano, con un alcoholismo crónico que lo llevó a la muerte, puesto que la borrachera habitual de todos los días fue la culpable que cayera de cabeza desde un puente, matándose.

Escena del atentado a Ronald Reagan en 1981

El primer acosador, el primer obseso. Quizás el primer persecutor de famosos y con un trastorno obsesivo-compulsivo que ya hemos visto, lo que ha supuesto: el asesinato de John Lennon, el disparo contra Reagan o el atentado a Versace, que acabó con la vida del diseñador. Desgraciadamente, paparazzi y obsesos, como veis, han existido siempre. 

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