Visitas

miércoles, 10 de abril de 2013

Ir de punta en blanco


El argot cotidiano se enriquece de expresiones y dichos que más allá de su popularidad bebe en la misma historia de España. El mundo militar primero y el de los toros al fin, han sido dos de los campos que más aportaciones a l lenguaje vulgar han hecho, ratificando la trascendencia de estos dos universos en la lengua española. De ahí que analicemos el origen de esta expresión, que cuando se pronuncia, viene a significar que alguien se ha vestido de manera impecable, con lo mejor de su armario y consciente de la importancia del acto al que acude y que requería tal vestimenta, halagando al que así vista por el tino a la hora de escoger las ropas y complementos.

Su origen es tan histórico como otras expresiones que nosotros hemos tocado en esta Alacena. Posiblemente tenga que ver con la Edad Media y arranque en este periodo. Ya decía el genial erudito español Marcelino Menéndez Pelayo que la Edad Media había sido la verdadera constructora del espíritu y pensamiento de España y la que había forjado el carácter peninsular. En esta época, el principal problema es la continua guerra que cristianos y musulmanes van a mantener, en franco detrimento los herederos de al-Andalus, que van paulatinamente perdiendo territorio, y unos reinos cristianos que o bien se aúnan para luchar en causa común contra el Islam, bien entre ellos mismos. Así nació la preponderancia de Castilla, así las personalidades acuciadas y acuciantes de Aragón y sus feudos, así la actual vertebración “SENTIMENTAL” de los españoles. Pero esa es otra historia.

Los militares en todas las culturas y momentos históricos han sido fundamentales. España no iba a abstraerse de ello, menos una nación que a golpe de ejército reconquistó su territorio, se forjó y fundó y luego dominaría el Mundo durante dos siglos y otros dos más fue capital y primerísima potencia. La aristocracia estaba destinada al arte de la guerra y las familias pudientes reservaban para el primogénito el honor de la espada, para el “segundogénito” el orgullo de la Iglesia y a rezar si venían más hijos. Todo menos los oficios liberales; todo menos el uso de las manos para que se ganara el vástago la vida y hubiera contribuido a una España diferente y más activa. De todas maneras, esto también, es otra historia... El caso es que el entrenamiento en caso de periodos de tiempo de inactividad bélica tenía mucho que ver con el espectáculo y la exhibición de la gloria de los participantes. Las justas y torneos para comprobar la eficiencia y el valor de nuestros soldados (obviamente los de mando, los nobles) se puso a la orden del día y ha estado hasta el siglo XIX muy presente en las fiestas de cada población.

Los antiguos caballeros se ejercitaban de continuo, formando parte de su manera de entender el “ilustre y preclaro” oficio para el que estaban destinados desde la cuna. Era el momento de comprobar la eficacia y vigencia de las armas que los herreros habían construido, de la resistencia de armaduras y escudos y el vigor de las espadas y lanzas. Estas pruebas con las armas nuevas, relucientes y en perfecto estado al no haberse usado aún en batalla alguna, eran conocidas como “armas blancas” o de “punta blanca”, entre otras, sin ningún alarde de creatividad, porque conservaban el brillo y fulgor de los trabajos de herrería y forja, tal y como habían sido creadas. Así nació la expresión “ir armado de punta en blanco”, que en verdad fue el origen de la expresión que nos ocupa.  Además, las armas que solían usar para el entrenamiento habitual eran romas o sin punta, para no dañar al compañero de ejercicios tal y como podemos seguir viendo en las prácticas del deporte de la esgrima.

Con el paso del tiempo, de un lado,  el término ‘arma blanca’ sirvió para distinguir el empleo de las armas reales, esto es, las que en efecto servirían para el combate, de las destinadas simplemente al entrenamiento. Y la construcción ir armado de punta en blanco, para destacar el brillo y cuidado del equipamiento bélico del caballero. Además, nació una postura de combate, una posición ensayada para la lucha: “estar de punta en blanco" significaba ir con la espada desnuda, fuera de la vaina, dispuesta para atacar. Cuando un caballero se disponía a entrar en combate o en un torneo, iba "armado de punta en blanco", lo que quería decir armado de pies a cabeza con todas las partes de su armadura y con la espada fuera de su funda y preparada para acometer y defenderse.

A nadie se le pasa de largo que ver a un caballero con todo el esplendor del bruñido de sus metales y decoraciones que lo distinguían al servicio de un rey o de un señor feudal, debía constituir un espectáculo admirable. Poco a poco, los ejércitos dejaron de ser vocacionales y regresó a España la costumbre romana de alistar mercenarios. La España Imperial necesitó cada vez más de soldados que combatieran bajo las cruces borgoñonas de los Austria españoles en cualquier rincón del Mundo. Las levas eran continuas y a manera de impuestos, a las ciudades españolas se les pedía el envío de hombres en disposición física de combatir. El ardor y valentía no puede ponerse en duda; la prestancia y elegancia de los caballeros medievales, sí. La saga del Capitán Alatriste firmada por Pérez Reverte, más que una novela un documento histórico muy fiel y muy contrastado, nos da idea de la “clase” de soldados que enroló el Imperio y qué se las vio con flamencos o indígenas del Nuevo Mundo. Infestados de insectos y desnutridos, sin cobrar la soldada, peleaban por honor al grito de ¡Cierra España! y espoleados con la arenga: ¡Santiago! Pero hacía siglos que la elegancia caballeresca se había perdido.

No extraña por tanto que la frase “ir armado de punta en blanco” terminara siendo “ir de punta en blanco”, y desde luego sin connotaciones militares ni soldadescas, sino aplicada al ciudadano corriente y moliente que para alguna ocasión especial, se habría vestido con sus mejores galas y complementos. Y así, el origen de la expresión usada todavía hoy.

No hay comentarios: