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lunes, 22 de abril de 2013

Henri de Toulouse-Lautrec


Henri y Mireille, su prostituta de cabecera. 

Henri de Toulouse Lautrec es el artista de la belle epoque, un retratista que hizo de lo sórdido algo bello y del mundo de la noche su leit-motive. Convertido en el primer cartelista de la historia, responde al arquetipo de creador contemporáneo que busca en nuevos temas su capacidad de crear algo nuevo y que usa lo provocativo para hacer algo distinto. Pero el pintor francés nacido en 1864 es, sobre todo, alguien que debe a su físico y a su salud el vigor de un arte que le faltó en vida. Y como una verdad no comprobada, ningún genio que a lo largo de la historia no ha padecido “singularidades” psíquicas, físicas o emocionales, ha conseguido entrar por derecho propio en el Olimpo del Arte. Benvenuto Cellini era un virulento ciudadano; quizás por eso sus obras tenían tanta tensión. Miguel Ángel, un hombre embebido, hirsuto y frágil... quizás por eso sus pinturas y esculturas gozaron de tanta pasión, de tanta fuerza. Lorca, un poeta maldito para la sociedad conservadora y Miguel Hernández, pobre de solemnidad. En el caso de Henri de Toulouse Lautrec, hablamos de una malformación genética.

Apariencia de aristócrata pero artista bohemio. 

Sus padres eran primos hermanos. Una nobleza de la Francia del siglo XIX, herederos del espíritu conservador, disciplinados con la corona de Napoleón III y con la idea trasnochada y peligrosa (que se lo digan a la Casa de Austria española) de que la herencia, el buen nombre y el apellido, se conservaría mejor si los vástagos nacían de entre los familiares. Así empieza la historia del joven Henri que ve la primera luz de su vida dentro de un castillo medieval rodeado de extensas propiedades, un bosque cruzado por ríos y con un amplísimo coto de caza. Pero ir contra la genética natural a veces provoca situaciones incómodas que los padres del futuro pintor conocían pero desdeñaban. Los primos hermanos, pronto se dieron cuenta que el bebé Henri no “era normal” y al poco, el hermano pequeño, moría al año de edad tras haber nacido con malformaciones propias de la consanguineidad. Henri por su parte fue un joven enfermizo, débil y quebradizo al que sus padres le obligaron a practicar con desdén impropio todo tipo de deporte y de prácticas físicas, convencidos que lo que la genética le había privado, la actividad le proporcionaría. Nadaba, corría y cazaba. Practicaba equitación y como hijo de aristócratas, toda una pléyade de sirvientes estaban al servicio del insano joven.

A los trece años, Henri sufre una caída que le rompe el fémur. Cuando la recuperación podía darse por buena, un segundo tropezón rompe su otro fémur. Las fracturas soldaron, pero iniciada la pubertad, sus extremidades inferiores dejaron de crecer. El resto del cuerpo aventuraba una estatura habitual, pero las jugadas de la genética, apoyadas en los dos accidentes, lo convirtieron en un hombre de 148 centímetros de altura. El padre empezó a distanciarse de su hijo, a sabiendas que éste nunca más podría tomar partido en las cacerías nobiliarias. Si el padre actuó culpando al hijo del error que él mismo había cometido, la madre se acusó a sí misma y se volcó en mimos y cariños hacia un hijo que era fruto de una relación impropia y prohibida. Pronto terminó la juventud para Henri que se refugió en las salas nobles del castillo paterno para pintar. Cuando su madre se da cuenta del talento innato del joven, lo presenta a un pintor para que cultive sus capacidades. Nada, al parecer, estaba previsto que le saliera bien al joven Henri, pues hasta el primero de sus maestros le recordaría que a veces lo infrecuente no es sinónimo de “desnaturalizado”. Ese maestro pictórico, Henri René Princeteau, era sordomudo.

La vida cambia para Henri de Toulouse Lautrec a los 23 años, cuando después de haber compartido estudio con Vicent Van Gogh y aprender las técnicas necesarias, se muda a vivir al bohemio y noctámbulo barrio de Montmartre, el distrito de la noche, los excesos, la prostitución y la vida licenciosa. Su vida fue la de los burdeles, las calles de la farándula y la noche. Se convirtió en el cronista sin pretensión del París más provocativo de finales del siglo XIX y principios del siglo XX; quizás, de la Europa más incitante y disoluta de la historia. Nunca le interesaron los paisajes porque prefirió los ambientes cerrados, los interiores sórdidos y la realidad de las casas de citas, los espectáculos liberales y la noche regada de alcohol. A su madre y sus cuidados excesivos, fruto de la culpabilidad, le quitaron el puesto una legión de prostitutas que encontraron en el particular Henri un amigo. Éste, se halló en el lugar que siempre quiso en la vida, participando de la lascivia que lo rodeaba con fruición.

Ayudado siempre por su bastón, fue el instrumento perfecto para hacer ruido; golpeaba el suelo al ritmo de canciones que se marchaban hasta el alba, mientras costeaba las rondas de licores. Sólo tuvo una pareja, pues prefirió comprar la compañía y participar del sexo como “voyeur”, mientras disfrutaba de los números lésbicos que contrataba. Huyó de modelos profesionales y cuerpos esculturales, para retratar a las putas que lo habían “adoptado”. Sin pretenderlo, se convirtió en el primer publicista de la historia, cobrando sus anuncios pictóricos en alcohol o sexo. Su mundo era el de la bohemia, el de lo libidinoso y prohibido. En Londres, contratado como cartelista de una empresa de bicicletas, conoció a Oscar Wilde, que entonces estaba siendo juzgado por sodomía. En 1896 Henri era un anciano de 32 años que dormía poco, comía mal y necesitaba ríos de absenta diarios. Cayó en la depresión y su alcoholismo lo volvió neurótico. Era recogido de la calle, bien de mañana, en peligroso estado de embriaguez. Disparaba contra la fachada de su casa, convencido de que ésta había sido tomada por miles de arañas. Sus alucinaciones fueron cada vez más comunes hasta que la familia lo recluyó en un centro psiquiátrico. Tenía 35 años.

Sólo la pintura lo devolvía a la cordura. Su arte marcó un antes y un después, haciéndolo como hemos dicho el primer cartelista, el primer publicista y dejando una influencia absoluta sobre el futuro cartel de cine, que seguirá sus pautas artísticas. Enfermo, hostigado por los excesos y demacrado, regresó al castillo familiar. Allí, moriría en 1901, con 36 años de edad, sifilítico y más encogido de lo que la genética le procuró desde pequeño. Sus últimas palabras destilaron la ironía con la que afrontó la vida. A su madre le agradeció los cuidados eternos (“Gracias mamá... nadie como tú”). Al padre, le dejó bien claro que el sentimiento de bochorno era mutuo (“Celebro que no hayas querido perderte mi muerte”). Al fin, su madre se encargó de comprar las obras del hijo a cuantos poseían una y compiló toda su producción para crear el Museo Toulouse Lautrec, en el pequeño pueblo familiar donde nació e instalado en el imponente castillo de los Condes de Lautrec.

El pintor y su madre en un jardín del Castillo. Al genio le quedaba poco de vida.

Luís Ortega Bru, el escultor e imaginero de San Fernando, fue un hombre atormentado por la Guerra Civil. Quizás eso hizo que sus obras fueran mágicas. Francisco Buiza era de una constitución débil que suplió con anatomías rotundas y vigorosas. Lautrec era un enfermo genético que encontró en los ambientes más sórdidos su hogar. El arte a veces no es sólo un don natural, sino el producto de una vida. Henri de Toulouse Lautrec, fue un pionero, un revulsivo pictórico y un enfermo, sin cuya patología física y psíquica, jamás hubiera conseguido lograr el Olimpo de la inmortalidad del arte. 

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