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martes, 23 de abril de 2013

El Escorial


San Lorenzo del Escorial es con toda probabilidad uno de los monumentos  más importante de España, cuando no del Mundo, en virtud a su significación, dimensiones, volúmenes, influencias y porque a raíz de su construcción, se patentó un nuevo gusto estético, una nueva decoración, una revuelta a la española del estilo renacentista al punto de acuñar un modelo arquitectónico patrio. Es un colosal conjunto palatino centrado en torno a la Iglesia y dotado de un vasto volumen  patrimonial sin precedentes. Sus cifras marean, arrojando datos que hablan de lo colosal del complejo: 33.327 metros cuadrados, 4.000 estancias, 2.673 ventanas, 1.250 puertas, 88 fuentes, 86 escaleras, 16 patios, 15 claustros, 13 oratorios, 11 aljibes y 9 torres. Todas estas espectaculares dimensiones, sirven para acoger 45.000 libros impresos, 7.400 reliquias, 5.000 códices, 1.600 cuadros, 540 frescos...

La vara castellana se convirtió en la medida oficial, homologada como la dimensión estándar para los pueblos de la época, dado el número de trabajadores que necesitó el Escorial. Para realizar un edificio que tiene 207 metros de fachada, se necesitaron ingenieros, arquitectos y trabajadores de 12 nacionalidades distintas y de 4 continentes del Mundo. Pero lo que sigue siendo insólito es que el simpar Monasterio se levantara en tan solo 21 años, de 1563 a 1584. Cuando Juan de Herrera se hace cargo de las obras, formaliza el herreriano, un tipo de Renacimiento a la española que ha influido sobre más de un centenar de edificios a lo largo de la historia y ha sido la aportación artística de nuestro país en el siglo XVI. Tal fue el peso y la influencia escurialense que con los años, París levanta el Hospital de los Inválidos seducido por el gran complejo palatino-religioso de los montes madrileños.

En 1579 el embajador francés quiso conocer de primera mano las obras del que ya era llamado la octava maravilla del Mundo. Felipe II, nada menos que el todopoderoso Rey Prudente que fue el emperador con la mayor extensión de tierra bajo su dominio en la Historia del Mundo, hizo de guía para tan peculiar visita. Cuando el diplomático francés vio lo colosal del proyecto y la cantidad de tejas que se almacenaban para el cierre de bóvedas y techumbres, le soltó de manera poco elegante al rey español que “iban a sobrar tejas y a faltar oro”, refiriéndose a que la Corona española no iba a ser capaz de levantar un edificio tan enorme por falta de medios económicos. Al año, fue ahora Felipe II el que quiso que el embajador observara la marcha de las obras, habiendo mandado que en los bordes y límites del alero del tejado, se colocaran tejas doradas. Se habían vidriado para que tuvieran el aspecto del oro y cuando subían por la montaña, comprobó el francés que desde la techumbre del Monasterio, brillaba el sol. Fue entonces cuando se vengó Felipe II diciéndole: “como ve, embajador, al final han faltado tejas y ha sobrado oro”.

Un 10 de agosto de 1557 las tropas españolas invaden Francia, que seguía guerreando contra España e intentando posesionar tierras italianas y holandesas, y cerca de la población gala de San Quintín, derrotan a los franceses y los aniquilan militarmente hablando. Fue una de tantas victorias españolas, o una de tantas veces que los franceses acabaron derrotados por España. En armas, nada menos que los Tercios Viejos. Pero si bien todos conocen que esta decisiva victoria fue la que provocó la construcción de El Escorial, lo cierto es que Felipe II era informado que en el transcurso de la batalla, las tropas españolas no habían podido evitar que se destruyera un convento de monjas. Lo que no evitaron los mandos es que los soldados que llevaban tiempo sin cobrar su salario, profanaran la Casa de Dios. El muy piadoso rey español no podía consentir que el mismo día que se celebraba la fiesta de un Santo español, otros españoles hubieran cometido tal acto, de modo que no quiso agradecer sólo a Dios una victoria tan importante, sino subsanar, realizar un desagravio por el saqueo y destrucción del convento francés. Así se prometió hacer tal Monasterio, pero además, tuvo claro una cosa desde el principio: recabar información a fin de conocer las edificaciones religiosas más grandes de Europa y todo ello con el objeto de construir en la sierra madrileña, el edificio más grande del Mundo, algo que se logró.

Al fin, tal día como hoy el Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, está cumpliendo 450 años. Allí descansan 12 reyes de España, desde Carlos I, a Alfonso XIII, faltando Felipe V y Fernando VI por deseo de ambos. Queda aún espacio para el entierro de los reales cuerpos de don Juan de Borbón y don Juan Carlos de Borbón, aunque parece cuando menos curioso que para que pueda seguir funcionando como el Panteón Regio Hispano, haya que hacer una reforma, que algunos ven como una alegoría de nuestra propia Corona.

Curioso es El Pudridero. Sólo los frailes agustinos pueden entrar, siendo un espacio destinado a conservar durante 25 años los Reales Cuerpos, que reposan en tan sólo 16 metros cuadrados; la Familia Real entrega el féretro a la comunidad religiosa con esta frase histórica: “Padre prior y padres diputados, reconozcan vuestras paternidades el cuerpo de (...) que conforme al estilo y la orden de Su Majestad que os ha sido dada voy a entregar para que lo tengáis en vuestra guarda y custodia”. Recepcionado el cadáver regio por parte de los frailes de San Agustín, cierran el féretro, levantan acta de entrega, guardan la llave del ataúd y se marcha la Familia Real. Pero... ¿qué sucede entonces?

El Real Pudridero son tres cuartos a manera de habitaciones, sin luz ni ventilación alguna. En cuanto llega allí el cadáver de un Rey o una Reina se rezan los Oficios y las oraciones de réquiem; a continuación, sólo quedan presentes el Prior y los dos monjes más ancianos, que podrán ser ayudados por albañiles de máxima confianza. Es cuando se va a producir el ceremonial fúnebre: el prior saca el cuerpo del ataúd, que en verdad es una sucesión de tres. Extrae el ordinario de madera, saca a continuación el de tisú y terciopelo y deja el de plomo. Los albañiles mientras tanto derribarán una de las paredes de una de las tres habitaciones, preparada para acoger el ataúd o caja de plomo sellada que contiene el cadáver. Cuando éste se deposita, se volverá a levantar la pared o tabique, a la espera que el tiempo consiga reducir los cuerpos para que se adapten a los minúsculos cofres de plomo —de apenas un metro de largo y 40 centímetros de ancho— que, una vez sellados, se introducen en uno de los 26 sarcófagos del Panteón de Reyes. Dice la leyenda del Soberbio Panteón: “Eran Reyes tan grandes en el Mundo que para enterrarse querían un sitio pequeño”.  

Hoy, en esa estancia enclavada en el subsuelo de la Basílica, son dos los cadáveres que esperan su sepulcro definitivo: el de don Juan, Conde de Barcelona, que descansa en el Monasterio desde el 3 de abril de 1993; y el de la Condesa de Barcelona, entregado a los Agustinos el 4 de enero de 2000.

Cumple 450 años del inicio de su construcción este coloso del arte, este gigante de la historia y este recuerdo imperecedero de la capacidad artística y estética de España y de la trascendencia que un día jugamos en la Historia del Mundo.

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