Visitas

sábado, 23 de marzo de 2013

¿Y si llueve?


¡Pues a aguantarse! Habréis contestado la mayoría. Mirad, nos intentamos consolar con frases manidas y extraordinariamente traídas y compuestas. Ponemos buenas caras y nunca mejor dicho, a los malos tiempos y creemos que espetando este juego de palabras tan ñoño como el del “patrimonio humano”, hemos dado la imagen de un cofrade solvente, maduro e implicado. Pero por más que nos queramos repetir aquello de “la Hermandad es todo un año”... “la Estación de Penitencia es una cosa más que afronta la Cofradía al año”, sabemos que no es más que una piadosa, devotísima y cincelada frase que nos salva y da imagen de severidad, de seriedad y de madurez. Pero en román paladino, que es lo mismo que decir en la lengua del castizo, esto es “gabinas de cochero”.

Lo hemos dicho una y mil veces y hasta con documentos: “las hermandades de penitencia fueron creadas, impulsadas y bendecidas por un Papa para que salieran a la calle”. Era su fin primordial. En el anterior código de derecho canónico, que estuvo vigente de 1917 a 1983 era todavía más regia su función, todavía más definida: evangelizar, catequizar, ayudar a la didáctica de la fe católica. Pues eso, que el año que no se puede salir, se deja de cumplir la parte más primordial y la excusa primera por la que nacieron estas asociaciones de fieles: PROCESIONAR.

¿Estamos obligados a ejercer la caridad? Claro, pero ni siquiera como cristianos, sino como personas. Lo que estamos obligados es a comportarnos de acuerdo a lo que nos dijo Cristo. De ahí el nombre de sus seguidores; pero además, o de manera extraordinaria si lo prefieren, los cofrades estamos obligados a evangelizar con nuestra prosapia barroca, nuestro lenguaje particular, nuestro vehículo propio de expresión que es el arte sustentado en la tradición. Y el año que no se sale, buena parte, muy buena parte (que cada uno ponga aquí el tanto por ciento que juzgue oportuno) del servicio, función y practicidad de las hermandades, no se ha llevado a cabo.

¿Pena porque después de todo el trabajo los pobres cofrades no pueden salir? No nos tenga pena, querido, que eso no es problema. Sí, claro que a lo largo de la cuaresma nuestros priostes, la mayoría de las veces cuatro gatos, se han pegado cuatro, cinco, seis noches durmiendo lo justo. Claro que hemos ensayado una media de dos horas, tres o cuatro días por paso, multiplicado por esperas, traslados, mudás, otros pasos... Muchas horas...

¡Claro que hemos dejado resuello, dinero que no tenemos, sacrificio, les hemos robado tiempo a los nuestros, nos lo hemos quitado del sueño y del día a día...! Pero, ¿saben? Es la manera que nosotros entendemos de vivir la vida. No cambio una de esas jornadas maratonianas, ensayos con amenaza cumplida de nieve que no nos sorprendió de milagro, fríos, cansancio a eso de las diez de la noche, después de un día de locos. No cambio la tertulia de después, reencontrarte con quienes sólo puedes ver de año en año, por estas fechas, vivir lo que sólo se experimenta en un buen pregón, ante un gran Altar de Cultos, en la piedad de un Quinario, ante un besapié, con la quietud del Vía Crucis, en los montajes de pasos, en los ensayos músico-costaleros, oyendo un concierto, transportado a otros siglos en una exposición. No cambio ni cambiaría los ratos en la Casa de Hermandad de San Agustín, la fraternidad de los de Resurrección, los instantes íntimos junto a una Imagen Mariana de la que te confían parte de su estética. Ni cambio, ni quiero cambiar las llamadas de teléfono más propias que nunca, más especiales que nunca.

La noche con Carlos Mata y Manolo Ferrer. De la risa al llanto con Víctor Santos. Y mi noche, la de siempre, la de hace ya siete años, con Juan Morillas y Paco Estarli. ¿Damos acaso pena si no procesionamos, a cargo del mucho trabajo baldío que nos hemos pegado en unos días? No nos tengan lástima por eso, porque la explicación no reside en los sacrificios de la recta final de la Cuaresma, no. Es que, no salir, es como el torero que se corta la coleta, que sigue siendo diestro pero sin faenas. Como el futbolista lesionado, que recuerda las aclamaciones mundiales de ayer y se ve hoy en la soledad del hospital. Como el maestro sin nadie a quién enseñar. ¡No ha tenido sentido ni trasfondo nuestra principal función, a lo que fuimos y somos llamados: Evangelizar!

Por eso, si llueve, las hermandades deben ser prudentes; y la prudencia no es arriesgar su “patrimonio humano”, no. Es saber que con lluvia en las calles, el evangelio, el mensaje, la doctrina, la didáctica catequética de nuestros cortejos, pasos y testimonios anónimos, se resta, se devalúa y se pierde en un cauchil, o se oculta bajo un mar de paraguas, o se desfigura por las carreras, las prisas y la falta de estímulo y conversación propicia de nuestros actores y espectadores de este teatro de lo sagrado. Si llueve, uno se resigna, y tira de tópicos y típicos y hace de tripas corazón y se procura auto convencer diciendo “que la Hermandad es todo el año, que el que la vive en su verdadera plenitud sabe que la Estación de Penitencia es, algo más”. Pues mire usted que yo ya me hartado de escuchar (y de decir sin creérmelo) tamaña estupidez. Si este año mi Santo Crucifijo de San Agustín no sale, por segunda vez, aquello que lo hizo válido y con utilidad (como en 1679), que no es otra cosa que el impacto de su mérito artístico ungido de piedad y devoción, no tendrá sentido. Será como el Crucifijo inmensamente bueno que conserva la Catedral granadina en su Sacristía: una obra de arte sin servicio, sin utilidad, sin practicidad y privado del fin para el que fue concebido.

“¡No, por Dios, no digas eso! ¿Es que no cumple su labor de estímulo devocional desde su Altar Mayor monasterial?” Pues sí, mire, lo cumple. Pero cincuenta veces menos que lo hace un Lunes Santo. Pues claro que lo cumple, que me lo digan a mí que cuatro veces semanales lo visito y me estimula, me ayuda y me empuja a eso de las siete de la tarde, los minutos que le rezo. Pero cuántos no podrán o querrán verlo y aprovechan que Dios va al encuentro de todos, al contrario que el resto de religiones, y se topan con su imponente forma y fondo, sobrecogidos por un sacrificio de amor como ese. Así las cosas, si este 2013 se alían los elementos naturales (no recéis a Dios por banalidades, que ni Él nos castiga con lluvia ni nos premia con sol) y no dejan que tome las calles, por segundo año consecutivo, pasar, no pasará nada... Pero será una derrota.

Como derrotados andan por el futuro Santuario de la Aurora Coronada, que sería el tercer año seguido. Como derrotados acabaron los del Patrocinio hispalense y los que sólo ven o pueden ver a Dios muriendo en las calles de un Viernes Santo trianero. Como derrotados llevamos cuantos cofrades de Granada, viviríamos por decimoquinto año consecutivo, (15 años seguidos, Santo Dios), una Semana Santa incompleta. Sí, derrotados. Sin todo el mensaje, toda la didáctica, toda la carga catequética y devocional, evangélica y piadosa, al completo.

Bueno, David, pero para eso está el ejercicio de la penitencia, el sustituto de la Estación de Penitencia”. Ay, Señor, qué cosas... No. ¿Evangelizamos con eso? ¿Catequizamos con eso? A ver si de una vez por todas nos enteramos que los cofrades no estamos llamados a nuestra mortificación, que las prácticas de dudosa eficacia espiritual (azotes, empalados, castigos físicos y otros) ni moralizan ni causan estupor como en el siglo XVI hasta el XVIII. No, no, ahora conseguimos sublimar de otra manera y pescamos más fieles y más devotos con una marcha que con la sangre de nuestras espaldas o la descalcez de nuestros penitentes. Luego si la Hermandad el día y jornada de su Estación de Penitencia está llamada a evangelizar de una manera concreta (con todo el aparato estético y sensorial de su procesión) y no puede hacerlo, nada hace que quede “sustituida”. Ya habrá días para acudir a la Santa Misa, para practicar ante al Altar nuestra fe. Ese, la lluvia (que no Dios, que está en cosas más trascendentales) nos fastidia y priva de nuestra principal función. ¡Y ni se puede sustituir, ni hace el bien que la salida, ni nos puede servir a nosotros!

Lo que pasa es que nos aguantamos las lágrimas, por aquello de “los hombres no lloran”. Soportamos estoicos la contención de nervios y sentimientos que supuran ya por nuestra piel. Nos sabemos derrotados por una nube pasajera o una tormenta molesta e inquilina. Y lo más bonito que se nos viene a la cabeza, porque suena a intelectual, a hombre resignado, a cofrade consecuente, es que “la Hermandad es todos los días del año”. Y replegamos alas, cogemos viento fresco, nos plantamos a un rezo que es a destiempo y a deshora, mientras se rezan las Estaciones y uno tiene la cabeza puesta en el recorrido que en ese mismo instante (poco más o menos la vigésimo novena estación, cuando el Hijo de la Verónica se va a la mili), la Hermandad iría por la Mariana, o buscando [inserte aquí su calle] y de seguro, conmocionando con su particular e inigualable forma de embaucar al espectador, por [escriba aquí su calle]...

Que no te engañen, cofrade. Ya está bien de apelar al misticismo barato. Ya está bien de moralinas hueras. Ya está bien de falsas compasiones y buenas caras. Cualquiera con mayoría de edad sabe que “cuando no puede ser, no puede ser”. Que no se puede luchar contra los elementos, que dijo el Rey Felipe II. Pero año en casa es un año en blanco, perdido, para uno mismo y para el bien de la fe, del colectivo y de la ciudad. Para el de la Iglesia y el de Cristo. Para el niño al que hay que explicarle más de una cosa (y sí sirve quizás la manida frase, recurrente pero torpe) y para el adulto que se convence, a sabiendas que otra, no le queda.

Pero si llueve, si es que la rotundidad de la predicción así lo estima, ¿para qué plantearse nada? Y si se ha tomado una decisión y no se ha acertado, no caben enfados; a toro pasado hablan los cobardes y los que jamás han agachado la raspa y piensan en su propio beneficio. Y yo sé que el buen cofrade no le reprocharía a su Hermandad el equívoco si decidió no salir y luego no llueve, ni si decidió hacerlo y cayó agua frustrando todo. Se es tan torpe por exceso de celo como por falta de este.

¿Llevo tiempo consultando predicciones? Pues sí, no me creo el puritano, místico embebido que levita al decirte que él, no los mira hasta... Pues oiga, yo, diez días antes de que esta explosión de fe, de cultura y de historia se ponga en funcionamiento, me echo un repasito a sabiendas que no hay nada de lo que fiarse aún, pero me es inevitable. Los miro con fruición desde el Viernes de Dolores y preparo mi mente a lo más desgraciado llegado el caso. Sí, una y mil veces sí. Soy un frívolo, o no tengo esa cualidad incontestable del que se dice cofrade y le da igual; me duele que cualquiera de mis 32 hermandades granadinas vaya a faltar a la cita, porque sin una de ellas, esto no está completo. Y si no lo está, no hemos sabido sumar todos los esfuerzos para que en 2014 haya un cofrade más, un devoto más, un fiel más, un católico más y un seguidor (e imitador) de Cristo más.

Por eso, a nada de que empiece la Semana más bonita de mis días en esta tierra, sin ganas ya de desgastar mis ojos en “partes” y pronósticos, no puedo más que sufrir pensando en una derrota, parcial, total, benigna, honrada o inmisericorde. No puedo ni quiero creerme que alguna de mis 32 maneras de evangelizar acabe por no poder cumplirse. Y no quiero entender que un Vía Crucis y dos rezos (a destiempo y a deshora) sustituyan la catequesis más eficaz del Mundo (¿habrá días y momentos para rezar?) ni que el resto del año, también hay Hermandad. Eso lo sabemos todos... Pero es que no se suspende la Hermandad, ni se suspenden sus actos... Se suspende, su Estación de Penitencia. Su protestación de fe.

¡No mezclad churras y merinas, que la velocidad, no tiene que ver con el tocino!

No hay comentarios: