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viernes, 29 de marzo de 2013

Viernes Santo 2013


Nos gusta decir en Granada que entre tanto paso, capirote, vaharada de incienso y cortejo, seguimos guardando un recodo, un instante, un momento para la devoción más íntima y pura, lejos, muy lejos de la alharaca festiva y folclórica que cada vez con mayor exceso es tónica habitual de las Cofradías de la mitad sur de España. Y ese momento se concita en la nonagenaria tradición de las 3 de la tarde, en la Plaza regia del Campo del Príncipe y, una vez más, en el Realejo. Ante el Señor de los Favores, un monumento pétreo de 1682 construido y constituido a tal fin por la piedad espontánea del pueblo, hermandades, fieles, feligreses, poderes civiles, Arzobispo y miles de miles de personas se dan cita para la oración lúgubre y ferviente, atenta y ensimismada que recuerda la hora precisa a la que murió Cristo. Ver tal concentración de personas y con tanto respeto no ha de perderse bajo ningún concepto; el espectáculo es digno de sentir y de oír, de vivirlo. El hecho religioso recuerda a pasados tiempos y nos permite hablar de las cinco hermandades y 10 pasos del día, que en cuanto la muestra más devota de la ciudad en Semana Santa haya concluido, tomarán las calles.

El que fue barrio añejo y hoy modernizado a base de piqueta y edificios de 10 y 11 alturas sigue volviéndose en barrio de siempre, en enclave centenario como cuando servía para la entrada de los “reales cadáveres” y por el llegaban rumbo a la Catedral-Capilla Real los mortales restos de emperatrices y príncipes. San Lázaro estaba mucho antes que se inventara el tren, pero allí llegó a finales del siglo XIX y mediando la siguiente centuria, los empleados de lo ferroviario crearon una Hermandad que se ha reinventado, reconstruido y afirmado en un Viernes Santo de solera y de tradición. El Señor de la Buena Muerte nos recuerda la advocación jesuítica y en su paso adusto, reconvertido y mejorado, sigue latente la obra artística de la Granada barroca pero sobria.

Pero el enclave urbano “Pajaritos-San Lázaro” tiene un icono devocional que no ofrece dudas. Es la dolorosa dieciochesca, seguro que cercana a Torcuato Ruíz del Peral, el último escultor barroco español y además la imagen para la que se han puesto a funcionar la juventud más capaz de esta ciudad, con Álvaro Abril en el diseño y flor, Jesús Arco en el bordado y Paco Garví en la vestimenta. Estos nombres apabullan, capaces cada uno en lo suyo, de testificar la progresión sin freno que Granada ha adquirido en tan pocos años. Veremos, Dios quiera que no tardemos mucho, una originalidad sin parangón en el palio, mezcla de talla, cristal, orfebrería y bordado, con detalles de la taracea milenaria granadina; se ajustará la vestimenta de la Virgen al día, la jornada luctuosa y la clarividencia de su artífice. Y sobrarán palabras que describan la grandiosa técnica del bordado de uno de sus hijos. Lástima de cuadrilla costalera que no se remoza a la altura de todo lo dicho. Y estén ATENTOS a la flor, siempre original pero ajustada al canon.

De allí regresamos al Realejo... Siempre a la vieja judería, siempre algo que encontrar de nuevas en el crucificado soberbio y manierista de los Favores, ese Cristo único con las formas y los patrones del inconmensurable Pablo de Rojas, sobre el paso medido y preciso de altos candelabros y con una imaginería valerosa en su programa iconográfico. El prestigio de la que pasa por ser la mejor agrupación musical, la Pasión de Linares, pone algo, si es que faltaba, a tamaña estética.

Y la que nunca necesitó corona que la avalara como Reina de su pedanía, y de su barrio, y de su Parroquia, y de cuanto domina desde la atalaya patronal de San Cecilio. La Virgen de la Misericordia es fiel a unos mismos presupuestos estéticos que Pedro Bazán impulsa. Fiel a un manto con más de 60 años, a unos respiraderos soberbios de los plateros granadinos y al contrapunto del día, con el lápiz dispuesto a subrayar la personalidad de barrio que cobra esta Hermandad. Amplio cortejo, buenas insignias, mucho calor de regreso, mucha devoción contenida en las siete horas de camino... Es el Viernes Santo según Favores y Misericordia.

Sin colación identificada porque San José de Calasanz, el antiguo Monasterio de los Basilios, es como la aduana que fiscaliza la estética granadina, la frontera por donde se da paso a lo moderno a lo antiguo, la rivalidad de chapiteles con los patronales, el arancel entre ríos. Así es la Hermandad Escolapia también, de Viernes Santo, de centro y de un rigor templado que descansa en la soberbia categoría de sus Imágenes Titulares. El Crucificado expira en la que puede ser la mejor obra del mejor escultor de todo el sudeste español del siglo XX. Ahí es nada. Coge color de oro su paso, poco a poco y sobresale el más grande y más rotundo de los crucifijos que se elevan por Granada.

La Virgen del Mayor Dolor sigue hiriendo a los hermanos de otras ciudades, que presumen de Ella por haber salido de sus talleres pero que envidian su hazaña del año 2000, cuando fue bendecida personalmente por un Papa, que oficiaba Pontifical en la Basílica de San Pedro bajo su paso de palio. La Virgen que sabe de calles romanas y que puede presumir de haber estado en tres países distintos bajo su palio negro bordado, lleva además el mejor manto de la ciudad, no nos cabe duda, camino de sus 70 años de historia, en el palio de varales de plata y con el acierto y buen gusto de un equipo prioste que rezuma compromiso y claras ideas. La Virgen la viste Paco Garví, la envuelven los bordados monjiles, las manos cofrades y el gusto medido, comedido y conjuntado. Todo responde a la mesura y la elegancia que propicia el día: flor, marchas, vestimenta, andar costalero. La Virgen del Mayor Dolor, rebasa sobradamente la sensación de acierto.

Quedan dos hermandades, las más antiguas, las más históricas, las que nunca desaparecieron y las que a pesar de las guerras, los gobiernos y los tiempos convulsos, hicieron que la Semana Santa de Granada siguiera viva. La de la Urna es de 1615; carey y plata del ensamblador granadino Valdés de 1670; Señor barroco. Quietud. Procesión oficial y necesidad de que pase al Sábado Santo, cierre todo y protagonice un nuevo resurgir que la saque de esta situación lánguida que nos incomoda a tantos.

Ella. La Virgen servita, ahora del Calvario. José de Mora y el año 1671- Insuperable. El verdadero sabor de lo antiguo, de la calidad, del mérito. Me hace gracia ver cómo algunas hermandades de otras ciudades representan  la soledad de la Virgen al pie de la cruz en un discurso que no es creíble. Y llega Ella, Calvario bendito del arte, Soledad perfecta de la estética, sobre un paso pobre, sobre una cuadrilla esquilmada en una Hermandad retraída y es capaz de escenificar, representar y ofrecer lo que tuvo que ser ese instante. Como no lo hace nadie. Como no puede presumir ninguna otra ciudad. Paradigmas de la vida, diría yo que casi contradicciones de la vida. Austeridad casi rayana en lo pobre pero sin embargo, no hay nada que no pueda vencer esta Virgen de talla completa, que debería ser auspiciada como octava maravilla.

Cierra el día la más antigua, la primitiva de nuestras corporaciones de penitencia, desde uno de los monumentos renacentistas más inigualables de la historia del arte y con una carga histórica y estética reconocible y rayana en el éxtasis. Viene la Hermandad de la teatralidad, de los recursos del barroco que el día que se pierdan, habrá muerto parte de la historia y de la misma identidad granadina. Viene un paso viviente, los tétricos y fantasmagóricos personajes de las chías, el Señor, a caballo entre su Descendimiento y Traslado al Sepulcro y la guardia romana.

Pero la que viene es la mejor de las nacidas. Es la más auténtica y vívida imagen de María en el llanto de la escuela granadina. Bordados de 1880 para su saya y manto, corona de 1887 sobre sus sienes, la factura de Pedro de Mena y las policromías de cristal y nácar en sus mejillas. Rigor en la fabulosa vestimenta de Paco Garví. ¿Qué importa el paso, qué la cuadrilla, qué las marchas, cuando es la Soledad, la indiscutible aristocracia hecha entera dolorosa, la que sale a la calle? No hay mejor escena mariana luctuosa ni Virgen más regia sobre unas andas. No al menos en Granada, me cuesta pensar que en otros sitios, y uno conoce unos pocos. Así concluye el Viernes Santo. Rendidos ante la belleza arrebatadora de la Virgen Jerónima.

Fotografías de Manuel Puga Castillo, al que no podré pagar su contribución generosa. 

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