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sábado, 30 de marzo de 2013

Sábado Santo 2013


Lleva Granada más de tres décadas siendo una de las pocas ciudades españolas que sí cuenta con Sábado Santo. Lo tenía Sevilla merced a la cantidad de Hermandades que procesionan en su Semana Santa, y nosotros nos sumamos a ello tras la reforma conciliar que entendió esta jornada, no como el “Sábado de Gloria” de antaño, sino como la víspera de la Resurrección, considerándola acertadamente como un día más luctuoso por la Pasión y Muerte de Cristo. Así las cosas, inauguramos en 1976, camino ya de los 40 años, un día en el que debe haber hermandades, posibilitando a los cofrades otra jornada más que complete, sume y aúne esfuerzos devocionales y catequéticos en las calles. El debate puede estribar en torno a la idoneidad de la Hermandad que procesiona, que en efecto, tal vez (y es una opinión personal y muy mía) habría de permutar su día procesional con el Entierro, a cuentas de que no se descabalgue la tónica de cinco hermandades diarias que tiene Granada y pasando al Viernes, deje el Sábado para la “oficial”, permitiendo que todas las demás, como estipula el sentido común, formen parte de sus tramos. ¡Todo puede llegar!

Hasta tanto, el Sábado es para la Virgen de las Angustias Coronada, la que en los Reales Sitios de la Alhambra, tiene perenne y exultante Altar. Estamos ante una de esas Hermandades que subyuga desde su cruz de guía a las maniguetas de la trasera de su paso. El patrimonio, elegante, rico y meritorio demuestran su antigüedad, criterio y sobranza. Ha de fijarse el cofrade en los fabulosos bordados, destacándose de la pléyade exuberante de insignias, el guión y el simpecado, provechosas piezas de la mano de la insigne Trinidad Morcillo que las concluyera camino ya de las seis décadas atrás.

Se arremolinará el curioso sobre las andas, capitales piezas de orfebrería, plata fantasiosa en las que 82 años las han tamizado y convertido en referentes del arte cofrade local. Si a eso sumamos que se convierten en las únicas muestras de arte nazarí que procesionan en toda España (vamos, en todo el Mundo), la excusa para detenerse en sus 1728 piezas encajadas a cincel ya es más que suficiente para recomendar el paseo. Pero a las posibilidades plásticas que ofrece la Hermandad, de las que no podemos dejar de seducirnos por la corona que le sirviera en el año 2000 para ungirse canónicamente (pieza que un día habrá que restañar al lugar artístico que se merece), el riquísimo sudario pendiente y oscilante de la cruz, quizás la última obra de las encajeras de ese Albaicín que se nos fue, o las varas y astas de enseres, sin descuidar por supuesto la más elegante y altiva vestimenta para los hermanos de luz de cuantos cuenta Granada, al amante de la fotografía le faltará el resuello para disparar su cámara sobre la vasta y prolija exposición estética que ofrece la Hermandad.

Pero no se engañen... A fin de cuentas, ni las originales andas, ni el nutrido acolitado, ni una estética tan peculiar que se deja seducir por el arte nazarí, ni, si me apuran, toda la personalidad paisajística concentrada en el paso de una Hermandad por los recintos del Monumento más visitado de España y uno de los más demandados en el Mundo (las fachadas del mejor palacio renacentista español, el del Emperador Carlos, las puertas con siete siglos de recodo que atraviesa, los arcos de triunfo renacentistas levantados para gloria de los Austria hispanos, las alamedas y bosques románticos de los Reales Sitios...) hacen sombra y restan un ápice de protagonismo, a los sacrosantos protagonistas de la jornada. Porque el cofrade avezado y el foráneo, tendrán la oportunidad de hallarse ante nada menos que el conjunto iconográfico de la Piedad más valioso de Andalucía, si cabe de los más destacados de la historia del arte en tanto a imaginería se refiere. Ambas obras, Señor y Madre, ejecutados hacia 1750 por Torcuato Ruiz del Peral, el último escultor barroco español, de talla completa y tamaño natural, vienen envueltas en un halo estético, en una impronta irrepetible, con una fortaleza plástica incontestable y con una carga emocional difícil de emular.

La Virgen de las Angustias, porque no podía llevar encima otro nombre, sostiene de verdad el cuerpo inerme de su Hijo. Se resbala del regazo materno, en una forzada y recurrente torsión que el tormento en cruz y el “rigor mortis” le provocara. Una mano sobre otra polariza las atenciones. Ni con toda una catalogación reflexiva y pormenorizada podríamos llegar a describir a ciencia cierta la magnificencia del conjunto devocional venido desde los Reales Sitios de la Alhambra y que ponen fin a las jornadas de Pasión y Muerte que los cofrades de Granada escenifican con fines catequéticos.

Sí, es sólo una Hermandad la de este día... pero qué Hermandad. E insisto que para el bien de la Semana Santa, buscaría su ubicación en el Viernes Santo, pasando a este día la del Santo Entierro. Saber que en el mismo instante en que se hubo de producir el santo depósito del cuerpo sin Vida del Redentor en los brazos de María, en Granada tuviéramos tal magnitud artística y emocional en la calle, sería la redondez plena y catequética. Porque miren si es especialmente único esto que les contamos, desde cruz de guía a maniguetas de las andas, desde las túnicas que visten sus hermanos de luz a los entornos por donde transita, de los rostros a los más pequeños pliegues del bendecido grupo de la Piedad que tenemos ante nosotros, que en 1928, llevó Federico García Lorca, hermano de esta Cofradía, su Cruz de Guía.

Una vez más, la generosidad y categoría profesional de Manuel Puga Castillo hacen posible la ilustración fotográfica de esta entrada. 

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