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domingo, 3 de marzo de 2013

Pedro de Mena y Medrano (1628-1688)


Ha sido uno de los mejores escultores de todos los tiempos, el imaginero que fue capaz de crear los tipos iconográficos más naturalistas de nuestra escuela y uno de los que más influencia ha ejercido en todo el arte sacro español durante el siglo XVII hasta nuestros días. Se bautizó en agosto de 1628 en la Iglesia de San Andrés, aprendió con su padre, Alonso y fue compañero de Pedro Roldán. Luego, terminó de adquirir todo el genio y capacidad artística gracias al inmortal Alonso Cano y cuando heredó el más prolífico y demandado de los talleres andaluces del momento, encontró en Málaga el mejor cliente soñado, que hizo que su arte se extendiera por toda España. Estamos hablando de uno de los granadinos más ilustres que ha dado la ciudad y de uno de los escultores más sobresalientes que ha dado la Europa cristiana, Pedro de Mena.

Católico fervoroso, es el fiel prototipo de su sociedad. Tuvo catorce hijos y le sobrevivieron 4, tres de ellas monjas y un cuarto, sacerdote. Trabajó para 40 poblaciones, fue nombrado maestro mayor de escultura de las Catedrales de Málaga y Toledo y escultor de Cámara de Felipe IV. Gracias a él no sólo se mantuvo viva la escuela granadina, sino que nació el foco de imagineros malagueños, y decimos foco y no escuela, porque fue tal su influencia que hasta ciento cincuenta años después de su muerte, se seguían haciendo obras al estilo de Mena. Incluso la Catedral de Sevilla tiene una obra suya. Granada se coló gracias a Pedro en la ciudad de la imaginería con esta dolorosa que están viendo.

Pero sin lugar a dudas será el fastuoso coro de la Catedral malagueña el encargo más importante de su trayectoria y gracias a su contribución en las labores de imaginería, el que se convierta en el trabajo de su estilo más importante de todo el siglo en España. Luego, llegarán los temas de la Dolorosa y el Ecce Homo, que fieles a la tradición granadina, los ejecuta en busto y con una fuerza expresiva enorme. A fin de cuentas, busca conmocionar al espectador, busca fomentar la devoción, algo que logra como pocos. Aunque sin duda no podemos olvidar los grandísimos trabajos que firma en torno a la iconografía de los Santos de la Orden Franciscana, de los que destacamos el increíble San Francisco del Museo Nacional de Valladolid y recomendamos la visita a San Antón en Granada, plagado de genialidades del maestro Pedro.

A tal llega su calidad, que es capaz de desplazar nada menos que a la obra de Bigarny de la Catedral, cuando le encargan las esculturas del Altar Mayor de la Patriarcal de Granada para escenificar a Isabel y Fernando. Sus Inmaculadas son el triunfo de la Iconografía, con una superlativa calidad en las policromías y estofados, y qué mejor prueba que la Patrona de Alhendín. Sabe darle profundidad psicológica a obras como este San Juan de Dios, quizás una de las piezas más realistas del barroco español y fue capaz de hacer la que hoy día, puede ser la mejor obra de la iconografía de la Magdalena, que cargada de piedad y fuerza expresiva, se custodia en el Museo Nacional de Escultura. Conseguía plasmar toda la carga emocional y espiritual en santos como este Diego de Alcalá del Museo granadino, y se atrevió a escenificar los pasajes evangélicos más complicados si tenemos en cuenta que se pensaron para procesionar, como el Lavatorio de los Pies de Lucena. 


Lamentablemente, los incultos se cebaron con obras del maestro y se perdieron imágenes como esta soberbia Virgen de Belén. Y no podemos olvidar del también desaparecido Cristo de la Buena Muerte de Málaga. Pero, ¿qué imaginero puede presumir que toda una Cofradía como esta se conoce por el apellido del que hizo su Titular? Nos dejó infinidad de bustos de la dolorosa. Sabía conjugar el idealismo y el naturalismo, el realismo y la capacidad sugestiva de la mejor escultura. Por eso, no podemos dejar de pensar que, una de las dolorosas de más mérito, pudo haber salido de sus manos. Y la Señora Jerónima de la Soledad, podría atestiguarlo.


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