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miércoles, 6 de marzo de 2013

Origen de las Cofradías de Penitencia (y II)


Las procesiones recibieron el nombre, desde el siglo II, de estación, herencia latina que significa "punto de guardia". Los primeros cristianos quisieron por tanto dejar claro que las celebraciones religiosas de la época Cuaresmal y especialmente las del Viernes Santo, están pensadas para que el creyente monte espiritualmente guardia. Radica aquí el origen de nuestra habitual expresión “estación de penitencia” que verdaderamente tomará fuerza y sentido a raíz del papado de Pío V donde se dispone esto: “se recomienda que se mantengan y renueven las asambleas de la Iglesia local según el modelo de las antiguas estaciones romanas”. Luego es muy conveniente que, si quedara alguno que todavía emplee el término “desfile procesional”, por favor, tenga en cuenta que los católicos llevamos 18 siglos diciendo estaciones, no desfiles. Entre otras, y ahora es cuando rompo todo contenido histórico para hacer algo más jocoso, porque desfilar, desfilan los militares y los caballos en las Ferias. Los cofrades, hacemos otra cosa.

Bien, el caso es que la verdadera culpable de la eclosión y explosión devocional del pueblo católico transformado en Semana Santa, se lo debemos a la Contrarreforma. El Concilio de Trento observó que por medio de la imagen, se podía combatir mejor a la reforma protestante que con la palabra. Si a eso sumamos la inminente implantación de un nuevo estilo artístico, triunfal, abigarrado y ornamental hasta el exceso como el barroco, estaba todo servido. El barroco no implicó sólo un lenguaje estético sino que supuso una nueva concepción del cortejo, tomando como punto de partida el Entierro de Cristo y dándole preeminencia a la Urna, en tanto se relaciona con los cultos sacramentales, entendiendo a la pieza mortuoria (más o menos rica) con una metáfora de la Custodia conteniendo el Cuerpo de Cristo. Y nos quedaremos con este dato y por qué de la trascendencia de este tipo de pasos o representaciones.

El siglo XVIII supone para España una continua evolución social en todos los sentidos. El cambio de dinastía, la paulatina pérdida de trascendencia política en el Mundo y los extraordinarios cambios que protagonizan los gobiernos de Fernando VI y especialmente los ilustrados de Carlos III, vienen a modificar también la relación del pueblo con sus manifestaciones religiosas. Desde los ministerios y despachos se persigue con vehemencia a las manifestaciones públicas de fe poco “ortodoxas”. Cierto es que en los desmanes cofrades del tiempo de la Ilustración, debían repartirse las culpas a partes iguales, el descontrol que los fieles habían puesto en sus estaciones de penitencia y el odio visceral a estas prácticas que los intelectuales de la época demostraban, escudándose en la falta de celo pietista que los cofrades demostraban.

Lo cierto es que una reducción descomunal afectó entre 1768 y 1777 a más de la mitad de las Cofradías de Castilla, o lo que es lo mismo, toda España salvo el viejo Reino de Aragón y Navarra. En estos años, varias medidas “ilustradas” sentenciarán el universo cofrade español, primero prohibiendo el uso del antifaz o capillo con el objeto de que nadie se embozara y ocultara el rostro a pesar de hacerlo por cuestiones penitenciales, una segunda medida, la merma de la mitad de las Hermandades,  de las que sólo sobrevivirían aquellas que estuvieran acogidas a la normativa civil y aprobadas por la Iglesia y el Estado (un componente social-laicista) y al fin, la supresión de cualquier práctica penitencial antológica y centenaria fuertemente asociada a la fe popular. El censo que tenía hacia 1770 el Consejo del Reino era de 20.000 cofradías, por lo que fue drástica la supresión. En Sevilla, Pablo de Olavide fue un gran supresor, diezmando las hermandades de penitencia. En 1777 se prohibieron los disciplinantes, en 1783 se aniquilaron todas las Cofradías gremiales y las epidemias y pestes de principios del Siglo XIX, dejaron arruinadas a la mayoría de estas asociaciones de fieles en toda España. En 1808 daba comienzo la Invasión Napoleónica, o lo que es lo mismo, la paralización formal por espacio de 6 años de toda la actividad propia de una nación por culpa de la guerra. Todo esto fundamenta la crisis cofrade del siglo XIX, ya casi insuperable.

Si a ello sumamos que un Real Decreto obligaba a las Hermandades a salir de día, condenando las estaciones de penitencia que venían a de desarrollarse por la noche o de madrugada, el panorama no podía ser más enrarecido. La rapiña francesa expolió, robó y sacó del país un vasto patrimonio cultivado por los cofrades españoles, siendo el sevillano claramente afectado. La Guerra de la Independencia había dejado además vituperado el conjunto arquitectónico español. Sólo en Granada, la ruina total o parcial de 41 edificaciones religiosas deja de manifiesto la brutal y negativa influencia que sobre la Semana Santa iba a afectar la invasión francesa. A ello sumaríamos pronto un último golpe, mortal y definitivo, al patrimonio, la historia y por supuesto, la creencia del pueblo español: la Desamortización ordenada en 1836 por el Ministro Mendizábal y que no sólo no cooperó a la mejora de las finanzas estatales, sino que sirvió para que órdenes religiosas y bienes muebles salieran del país o acabaran en manos privadas sin ninguna afección positiva para el resto de la ciudadanía. La brutal reducción de Conventos afectó a buena parte de las Hermandades, que perdieron sus sedes canónicas y sus sedes sociales. Vera Cruz, Tres Caídas, Nazareno, Sangre y Ánimas, Pasión... la lista de hermandades granadinas que no pudieron encontrar cobijo en otros templos o bien vieron como sus bienes (desde las Bendecidos Titulares al patrimonio sacro) quedaron confiscados. En 1836, a Granada le quedaba muy poco cofrade y en otras ciudades, el panorama no era mucho más halagüeño.

Sevilla tuvo una suerte inusitada con el establecimiento del heredero del trono francés y cuñado de la Reina de España en el Palacio de San Telmo; el matrimonio Borbón-Orleans, los Duques Montpensier, activaron la ciudad. Y participaron de manera decidida en sus tradiciones. El siglo de oro cofrade sevillano, empieza a partir de 1848 y el estímulo y contribución económica generosa e innegable, harán el resto en la ciudad de la Giralda. Mientras, Jerez de la Frontera ha visto en fechas parecidas la casi desaparición de todas sus hermandades y Granada acaba de sufrir la pérdida de su identidad como Reino, con lo que ello signifique. El declive cofrade es una imparable carrera hacia la extinción de todas las hermandades, salvo el Entierro de San Gil (hoy en Santa Ana) y la Soledad, refugiada en Santa Paula (hoy en San Jerónimo). El resto de corporaciones, hasta 18 históricas, sucumbieron a tantos envites. Todo esto en Granada, y panoramas parecidos en otras ciudades.

En 1873 se proclama la I República. La restauración borbónica pondrá algo de paz a la convulsa sociedad española, fragmentada en decenas de ciudades-estado. Las revoluciones cantonales se cobraron el discurrir habitual de la sociedad, por lo que lo cofrade no iba a ser menos. El primer Código de Derecho Canónico (año 1907) y la estabilidad de los 30 primeros años del siglo XX crean la historia actual. Sevilla, fiel a su pasado, recuperando cuánto en su día rezó en los documentos; Granada, en uno de los ataques de vanidad más incomprensibles, rechazando cualquier historia, privilegio y pasado cofrade, y reinventando todo. Se llegó al paroxismo impresionante de, los propios cofrades de la Soledad y Descendimiento, Hermandad que no había dejado de procesionar y que no había dejado de existir, de “refundar” la Cofradía en 1925, de colocar su antigüedad a partir de este tiempo. En la ciudad del Guadalquivir, se vivía el siglo de oro más incontestable; en la del Darro y Genil, la de hojalata que hasta los años 90 del siglo XX, no hemos conseguido superar.

La historia de la Semana Santa inevitablemente, es la de aquellos que la hicieron y la del tiempo en la que transcurrió. Y a muchos, que media decena de leyes represivas, una guerra, varias confrontaciones bélicas fraternas y una profunda crisis socio-económica, no hubieran acabado con cualquier atisbo cofrade, nos sigue pareciendo milagroso. 

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