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sábado, 9 de marzo de 2013

Los Hermanos García


La figura de los hermanos García es sin lugar a dudas mucho más importante que los estudios de los que han sido objeto, significando en todo caso el tránsito desde el siglo XVI al siglo XVII y jugando el papel fundamental de nexo de unión entre distintos modos de entender la imaginería sacra y tal vez acaso la procesional dentro de las tradicionales divisiones en escuelas que se han hecho en el sur de España. Su labor, que no fue la de artistas sino la de hombres de Iglesia, sirvió para fijar los conceptos escultóricos por los que se movería la piedad popular de los siglos XVII y siguientes y canalizar todos los experimentos estéticos que a finales del quinientos eclosionaron en Alonso de Mena por parte de Granada o Juan Martínez Montañés del lado sevillano.

En cualquier caso, sabemos que Jerónimo Francisco y Miguel Jerónimo eran gemelos y que ya en 1609, el historiador Bermúdez de Pedraza dice de ellos que “eran los mayores estatuarios de cuerpos de cera que hay en Europa”. No nos cabe duda alguna que cuando el afamado historiador dice que “no hay extranjero alguno que no conozca de su superioridad”, hace mención al trabajo del vaciado en cera para trabajos de orfebres y por supuesto, los modelos y formatos pequeños en arcilla, siendo posiblemente, los fundadores del prestigioso modelado que hasta hace poco fue dominante y demandado en Granada.

Obtuvieron cargos eclesiásticos dentro de la Colegiata del Salvador, que entonces se encontraban desplazada a la Iglesia de los Santos Justo y Pastor. Donaron varias piezas a la Catedral granadina y su arte es tan minucioso y delicado, que confundieron algunas de sus obras con la de los grandes maestros de la imaginería universal, lo que viene a demostrar una calidad inmensa en los trabajos. Es el caso primero del fabuloso crucificado de la Sacristía catedralicia, que siempre se consideró obra de Montañés. Esto, por una lado nos confirma que la imaginería practicada a principios del siglo XVII en Sevilla, fue deudora de lo que el dios de la madera aprendió en Granada; las similitudes son muy importantes y el granadino es al menos, 5 años anterior al que Montañés dejó en la Catedral sevillana y que ha servido de modelo para crucificados que dan culto y procesionan hermandades de la ciudad de la Giralda.

El extraordinario San Juanito del Museo catedralicio, tan equilibrado y bien policromado, fue atribuido a Alonso Cano, pues desde siempre ese pensó que sólo un genio como éste pudo haberlo ejecutado. La obra nos lleva a otra nueva conclusión: los hermanos se especializaron en dos campos, puesto que uno gubiaba y el otro policromaba las obras. Pero donde verdaderamente triunfaron fue en el tema del Ecce Homo, en el que dejaron muestras de su insuperable capacidad. Normalmente son piezas exentas, aunque no siempre. Cristos de medio cuerpo, fuertes, expresivos, de una corona de espinas poderosa y muy visible, con los brazos en actitud implorante y que escenifican el momento posterior a la coronación de espinas. El dramatismo de sus obras casaba con la espiritualidad en boga aquellos años. Santa Isabel, San Antón o la Cartuja son ejemplos notables, pero estos Ecce Homo fueron demandados desde Sevilla, como el de la imagen en el Hospital de la Caridad, y gozaron de una fama inusitada que pone de manifiesto este Cristo Zaragozano que una vez más, fue atribuido a Cano por su excelente factura.

Al parecer, mantuvieron conexión con el escultor sevillano Gaspar Núñez Delgado, mantuvieron vivo un taller dedicado al formato pequeño y a la imagen de oratorio, como demuestra esta dolorosa particular y sirvieron para implantar progresivamente el nuevo estilo en nuestra escuela. Cierto es que de toda su producción solo el Cristo catedralicio podría ser procesionado, pero en su talla y modelado queda toda la tradición que después mantendrá viva Granada y a la que debemos el auge de nuestra escuela.

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