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jueves, 21 de marzo de 2013

La procesión oficial


Santo Sepulcro de Granada.
Fotografía de Diario Ideal

El 30 de octubre de 1775 se realiza un censo de Cofradías en España; los datos abruman: 25.555 hermandades con un gasto (estipulado, es decir, podía ser mayor porque no se controlaba exhaustivamente a todas) que ascendía a 12 millones de reales. No extraña que los abusos cofrades preocuparan no ya sólo a la Iglesia, sino también a los dirigentes. El fiscal Campomanes desde Madrid, el Conde de Aranda como titular y Presidente del Consejo y muchos más, se arremangan y disponen para cercenar la religiosidad popular. Mientras los Obispos de Burgos o Tarragona están encantados con las medidas de reducción y supresión de Hermandades que quieren hacer desde el Gobierno español, el Arzobispo de Granada escribe al Consejo de Castilla diciendo que “en muchas Iglesias de mi Archidiócesis descaecería el adorno y el culto divino si se suprimiesen Hermandades”. El 9 de agosto de 1773, el máximo órgano del poder civil español entonces suprime todas las hermandades de Ánimas, las que tienen “carácter nacional” y las cofradías gremiales que había impulsado, protegido y legislado el Emperador Carlos. Acaba de empezar el primer asalto al mundo cofrade español.

Santo Sepulcro de Sevilla. 
Fotografía del blog "Pasión en la Distancia"

Un informe nos recuerda que todo está inventado. El Ministro de Hacienda dice en 1773 que “los mayordomos y otros oficiales de Cofradías, hacen por vanidad competencia de gastos”. Poco a poco se estaba redactando una ley en la que se tiene en cuenta, según recoge textualmente el escrito, que “se han separado de sus obligaciones [...] pero la prudencia persuade que no se arranque el árbol [...] y pueda llevarse a dar buen fruto”. Y así, Carlos III sanciona un decreto el 17 de marzo de 1784 suprimiendo todas las cofradías que no fueran sacramentales y todas las que no tuvieran la aprobación de la Iglesia pero también del Reino. Es más, se obligaba que la Hermandad presentara sus reglas ante el Consejo de Castilla con cierta periodicidad para que éste valorara si la Hermandad debía o no continuar su actividad.

Santo Sepulcro de Jerez de la Frontera.
Fotografía de El Foro Cofrade

Todo este frenesí “reformador” que además hay que sumarlo al que ya contamos hace unos días (ver aquí)  contrasta con la defensa a ultranza del Arzobispo de Granada, que recuerda que el culto y el decoro litúrgico se vería enormemente trastocado. Antonio Jorge y Galván, que ocupó la silla granadina de 1776 a 1787, puede ser considerado junto a los Arzobispos Meseguer y Costa, Casanova y Marzol y al Cardenal Parrado (Arzobispo de 1934 a 1946), los protectores del cofrade granadino. Pero hay que recordar un hecho que sorprende: el 80 % de las Cofradías españolas no tenían siquiera la aprobación eclesiástica. O dicho de otro modo: “digamos que los cofrades del siglo XVIII habían pervertido en extremo la que debía ser una auténtica demostración de fervor y ellos y sólo ellos, fueron culpables de las drásticas medidas tomadas”:

Santo Sepulcro de Cádiz. 
Fotografía de La Voz Digital

Entrado el siglo XIX se vivirá una de las resoluciones que regirían y reconducirían la religiosidad popular, más curiosa y que más repercusión ha tenido en la Semana Santa de toda España: la reducción a una sola Hermandad penitencial en cada pueblo o ciudad, que además gozaría del apoyo real y de la protección (entre comillas) de la mismísima figura del Soberano, en esta ocasión, Carlos IV. Todo comenzó con una  Real Resolución firmada en Madrid el 4 de abril de 1805, contemplando una reducción de hermandades, la organización de una sola y exclusiva procesión para la Semana Santa madrileña y además, sirviendo esta ley, como modelo para que después se hiciera lo mismo en el resto de ciudades españolas.

Santo Sepulcro de Córdoba. 
Fotografía de Javier Márquez

Se trataba de encargar a una sola Hermandad que reprodujera de la manera más precisa y devota, la Pasión y Muerte. He aquí el origen de las hermandades con múltiples pasos y de los conocidos como “Entierros Magnos” o como se acuñó en Granada, “Desfiles Antológicos”. La Hermandad que se permitiría sería la del Santo Entierro y se le prohibía (hablamos de la madrileña, la que sirvió de modelo)  llevar en la procesión “Efigies duplicadas”, no se permitía el uso de palio alguno y se obligaba además a que cerrara el cortejo una Compañía de Granaderos que “...además de que servirá para mantener el buen orden, aumentará en gran manera el decoro y gravedad de este acto de religión, llevando consigo este Cuerpo de tropa la música lúgubre de sordinas correspondiente a aquel día". El himno de España desde tiempos de Carlos III era ya una realidad. El actual himno oficial, conocido también como Marcha Real (por haber nacido a expensas del Rey) o Marcha Granadera (porque la interpretaba una compañía de granaderos del Ejército Español), empezaría a sonar. Si el Rey era el que propiciaba la reducción de hermandades de penitencia concentradas en una sola, prestando su apoyo a dicha Cofradía, es lógico pensar que cuando mandara a la procesión la sección de música de la compañía de granaderos, ésta interpretara el Himno. He aquí, como dijimos hace unos días, la explicación del sonido del mismo ante los pasos. (Ver aquí)

Santo Sepulcro de Motril.
Fotografía de El Faro Digital

Años después de aquel experimento “reagrupador” de 1805, el Gobierno encarga el 26 de marzo de 1819 al obispo de Córdoba, la organización permanente de todas las procesiones de Semana Santa, de forma que el Prelado daba a conocer unas disposiciones el 18 de octubre de 1820 ; en ellas, se exigía que en cada ciudad, en cada pueblo de la geografía española, las procesiones durante la Semana Santa quedaran reducidas a una suerte de procesión oficial en la tarde del Viernes Santo, del que sólo podían tomar parte las iconografías del Nazareno, el Crucificado y la Urna o Entierro de Cristo, junto a una Dolorosa. He aquí el origen de la “procesión oficial”, o que las hermandades del Santo Entierro lo sean. De aquí que en Granada resistieran dos, ambas con esta iconografía, todavía vivas sin haber dejado de estarlo nunca: la Soledad de San Jerónimo y el Entierro hoy en Santa Ana. 


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