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sábado, 9 de febrero de 2013

San Valentín


Ayer quise que nos acercáramos al origen del Carnaval, dejando por sentado que sin el concurso de la Iglesia Católica, que a bote pronto parece su rival y su antagónica, no existiría. Prueba de ello es que en los países de mayor tradición católica es donde la histórica celebración más arraigo tiene. Pero como quiera que el 14 de febrero, el consabido día de enamorados y demás cuitas, cogerá a esta Alacena en medio de su habitual tránsito por lo cofrade, me adelanto en el calendario y más que nada por la estrecha relación que la fiesta de San Valentín tiene con el Carnaval.

El Santo era obispo de la actual ciudad de Termi en el norte de Italia y fue martirizado por expreso mandato imperial en la Via Flaminia de Roma el año 270, coincidiendo con el segundo día de la gran fiesta romana por excelencia, la abuela de nuestro actual Carnaval. Los lupercales paralizaban el Imperio, dominaban el día a día y a lo largo de las tres jornadas de jolgorio, venían a suponer el tiempo de asueto y distracción antes de la “purga” que el romano se auto imponía; ¿les suena? Pues sí, tras el exceso la reparación espiritual, o dicho de otra manera: el carnaval y la cuaresma. Pero lo que jamás iba a adivinar el Emperador Victorino es que la muerte de San Valentín cavaría la propia tumba (valga el símil) de la institución romana. Porque cuando a Roma empezaron a llegar numerosos peregrinos, éstos entraban a la ya ciudad Santa del cristianismo por la Puerta Flaminia, donde fue martirizado Valentín de modo que era prácticamente imposible que los peregrinos no la llamaran por el nombre del mártir. Cuando en el año 313 el cristianismo dejó de perseguirse (sería oficial desde el año 380), el Papa Julio I, ante la cada vez mayor fama de Valentín, erigió una Basílica en su honor.   

Roma recibía a visitantes deseosos de disfrutar de las lupercales y a devotos que de manera subrepticia y escondida acudían a la ciudad donde Pedro había dejado esta vida. Entre paganos y primeros cristianos, se forjó el mito de San Valentín, al tiempo que si la Roma Imperial dedicaba festejos al amor y sus excesos, los cristianos aprovecharon la coincidencia de fechas entre lupercales y el martirio del antiguo obispo para contraponer a ese “amor desenfrenado” el amor casto y honesto que representaba el santo cristiano. Los miles de romeros se llevaban ese concepto a sus países de origen, ayudando decisivamente a que Valentín fuera invocado como el nuevo símbolo del amor, más allá del Cupido de los paganos.

Pero, ¿quién era realmente Valentín? En el siglo III ejercía su ministerio en el norte de la actual Italia. Justo en la época en la que el emperador Claudio II, prohibió a los jóvenes casarse y vivir en matrimonio, con el objeto de reservar a los varones para el ejército y asegurarse que, libres de cargas familiares y prejuicios emocionales, servirían mejor a la milicia imperial. A esto hay que añadir la furibunda ira que Claudio II demostró hacia el Cristianismo, y más que por motivos de “ataque institucional” como habían señalado los anteriores Emperadores, por su insaciable necesidad de ser tratado, considerado y alabado el dios supremo para cuyo honor estaba destinado el Emperador de Roma.

Parece que Valentín no tuvo problemas en desafiar a la Autoridad Imperial y haciendo caso omiso de la prohibición, estimuló y bendijo los enlaces entre jóvenes, multiplicándose el número de contrayentes. En cuanto algo se prohíbe, se vuelve codiciado. No tardó en llegar la rebelión a oídos de Claudio II que lo arrestó y condujo a la Curia romana. El resto, pueden imaginarlo. Lo curioso es que ese mismo año murió enfermo de peste Claudio II, cerca de la actual ciudad alemana de Colonia.

En el año 496 San Valentín ocupó el lugar como sustituto cristiano, del dios pagano Lupercus, símbolo además de la loba que amamantó a los fundadores de Roma. La otra fecha importante es la de 1840, y lo es porque Esther A. Howland comenzó a vender las primeras tarjetas postales masivas de San Valentín en Estados Unidos. Pero cuando la fiesta (al menos hoy día) es entendida como un recurso de los grandes centros comerciales para estimular sus ventas, se nos escapa (a menos que sepamos de historia) que la figura de San Valentín, 1.300 años antes de su explotación comercial, fue quizás más importante que la de ningún otro santo del momento, una fiesta de primer orden y una labor impagable la que desarrolló el “patrón del amor”, puesto que vino a sustituir nada menos que al Carnaval, vino a sustituir a un dios pagano, vino a suplir el concepto de amor desenfrenado por el de amor puro y honesto y quién sabe si tras su muerte, no se llevó al vida de un Emperador.

Sea como fuere, yo sólo conozco a un Valentín. Y doy fe que es, por lo menos, tan grande como el que le da nombre. ¡Por usted, capataz!

1 comentario:

Aurora dijo...

Bendito San Valentin que dio su vida por unir a las parejas en amor...