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miércoles, 27 de febrero de 2013

La mantilla


Pocas prendas tan españolas como la mantilla sigue viva gracias a la fe y la tradición cofrade. En la Península Ibérica se usaba una prenda parecida para cubrir la cabeza de la mujer. La escultura ibera de hace 2.600 lo demuestra y uno de los ejemplos más palpables es la famosa Dama de Baza. La prenda no fue exclusiva de España, como pone de manifiesto la carta que dirige a los Corintios San Pablo, pidiendo a la mujer que se tape la cabeza como señal de respeto en el interior de la Iglesia y que originó los velos del catolicismo que hasta no tanto han sido frecuentes y que conservan las novias el día de la boda. Y es que en época romana, Hispania vuelve a abundar en el uso de esta pieza y los mosaicos y decoraciones de la época imperial nos traen las “pallas” que vestía la mujer y que ha quedado en el adorno de esta pieza, imitando las franjas bordadas de hace dos mil años.

La Edad Media, tan oscura en todo, nos pierde la pista del uso de la tela por parte de la mujer en estos fines y hemos de esperar al siglo XVII, para verla de nuevo, en los lienzos pintados por Diego Velázquez. Los amplios mantos de tira o de estupilla que usaban las mujeres en tiempo de Felipe IV fueron el origen directo de la mantilla de las majas y goyescas del siglo XVIII. Hacia 1790 se comenzaron a usar en exclusiva dos colores: el blanco o el negro y apareció el encaje, la moda de todo el siglo XVIII, hechos a mano en la técnica de bolillo y traídos desde Francia en el caso de las clases altas, que pedía la blonda de Lyon o encargadas a Valencia y a La Mancha mayoritariamente. Era la época en la que volvieron a recuperarse los talleres de encajeras del Albaicín, que hasta no mucho han sido prósperos y demandados por media España. La puso de moda la famosa tonadillera motrileña María Antonia Fernández” La Caramba” en Madrid. Pero fue tras la Invasión Napoleónica cuando las españolas hagan de esta prenda, el símbolo por excelencia de la Nación; las mujeres de la alta clase se contagiaron del pueblo llano y la mantilla era la mejor etiqueta con la que pasear, acudir a las fiestas y asistiré a las celebraciones católicas.

Fue en tiempos de Isabel II cuando se impusiera definitivamente la mantilla blanca o negra, exclusivamente de encaje y apoyada en la peineta. Gracias a la granadina Eugenia de Montijo, cuando se casa con Napoleón III y se convierte en Emperatriz de Francia,  ya es imposible parar la moda femenina por excelencia. Hasta tal punto que se produce un acontecimiento histórico más que curioso, el llamado “Privilegio Blanco”, que permite lucir la mantilla blanca en las audiencias papales y que sólo lo ostenta la Reina de España que además es la única que lo puede combinar con una peineta, de ahí el error usual de interpretar que solo la Soberana de España use mantilla blanca, cuando lo que excluye es que todas las demás mujeres la empleen sobre una peina, ya que mantillas llevan la Soberana de Bélgica y la Gran Duquesa de Luxemburgo, todas con el título de Monarquía Católica concedida por el Papado. También dice el protocolo y etiqueta que la mantilla blanca o marfil, solo la vistan las solteras, y la mantilla negra, quede para las casadas

Pero, ¿y de dónde procede la peineta o teja? Su origen proviene de un suceso fortuito y aunque no se lo crean, no paso en España. En 1679, durante una jornada de caza en Fontainebleau, a la Duquesa de Fontanges, (la amante de Luis XIV), se le enganchó en un árbol uno de los lazos del pelo y se lo sujetó  con una liga cogida, sin saber que iba a crear una moda: pronto, las demás damas de la corte imitaron aquella forma de peinarse, añadiéndole una cofia de encaje y un armazón de alambre para que quedara sujeto sin perder verticalidad. Hacia 1690, fue ganando en altura hasta alcanzar proporciones descomunales, a la vez que enmarcaba la cara con blondas de encaje. Lógicamente, esta moda no se circunscribió sólo a Francia, y pronto fue exportada a otros países europeos. Cuando llegó a España, las españolas prefirieron llevarlo de un tamaño algo más escueto, y desde el siglo XIX, gracias a las piezas de carey que llegaban desde América, todavía española, se impuso la peineta.

Da igual; la historia nos dice que en este suelo se usó desde hace 2.700 años mantilla o peina, o ambas, y que nadie puede dudar que forma parte de la tradición más castiza, viva aún gracias a la devoción de los cofrades y el ánimo de nuestras camareras que la lucen en las estaciones de penitencia; por cierto que fue la ciudad de Granada, gracias a don Miguel García Batlle, quién en la Semana Santa de los años 20 introduciría la costumbre (copiada en el oriente andaluz) de que la mujer de mantilla formara parte de los cortejos. Más de ochenta años de algo, eminentemente nuestro. Sería en las primeras salidas de la Hermandad de la Cena, quedaría luego patentadas a raíz de la Estación de Penitencia que como balbuciente Hermandad, los de Santo Domingo procuran en Escolapios y al fin, en los años 40 del siglo XX, como incontestable símbolo de la ciudad, que de Málaga a Jaén y de Almería a otros rincones del ámbito del “Viejo Reino de Granada”, la mujer ataviada con la prenda de la mantilla, formara en el cortejo.

¿Nació en Granada? Puede apuntarse a ello, y por unas cuestiones más que estéticas o piadosas, por mera y pura necesidad. Ya saben ustedes que los tramos de las Hermandades de esta zona andaluza, no pueden compararse a los nutridos cortejos de aquella parte del oeste de la región. O lo que es lo mismo, que una vez más, Granada usó en Semana Santa a la mujer, “por conveniencia”. Y conste que no soy yo de reivindicaciones sexistas, pero algún día habrá que contar cómo hemos hecho de nuestra “bandera igualitaria”, una mentira con bastantes patas. 

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