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viernes, 1 de febrero de 2013

La Isla de los Faisanes


Hoy España es más grande; porque acaba de conquistar, acaba de arrebatarle a la poderosa Francia de Hollande un trocito de su suelo, justo al lado del Río El Bidasoa en la provincia de Guipúzcoa. Si me dejan se lo explico: a una orilla, mundo español. A otra, Hendaya, Francia. En medio, lamido por las aguas, la isla más pequeña del Mundo con una vegetación formada por tres árboles y cuatro arbustos y menos de dos mil metros cuadrados que hasta hoy mismo era de Francia. En este islote, en 1659, se veían las caras los embajadores de Francia y España después de 10 años en los que fuimos enemigos por media Europa. Después de tantas batallas y tantos soldados sin vida, Felipe IV y Luís XIII, nuestro vecino, sellaban la paz. El sitio más propicio era un lugar a caballo entre ambas naciones, un espacio neutral que hasta ese mismo momento pertenecía al Imperio español.

Luís de Haro, el Cardenal Mazarino. Fiesta en un lado y otro y una paz que duró siglo y medio hasta que Napoleón la mandó al traste. Ese día se inmortalizó para siempre en la historia de dos países que llevaban cientos de años declarándose la guerra, un acontecimiento único. Pero nuestro monarca Felipe IV quiso ir más allá y sacó un compromiso de los franceses: el futuro soberano, que con el tiempo conoceríamos como el Rey Sol, se casaría con una hija del Rey Planeta, nuestro Felipe. María Teresa sería la princesa de los franceses y la abuela del primer Borbón español.

La boda por poderes se llevó a cabo entre ambas embajadas en un suelo que fuera tan francés como español; el mejor sin duda era este islote flotando en medio del Bidasoa al que acudió el más genial de los pintores que evocan los tiempos: Diego de Velázquez. Al servicio de la corona española, el mejor pintor de entre nuestros paisanos, se encargó de la decoración del escenario, que debía ser digno para nada menos que la hija del monarca español y del heredero de Francia. Telas, colgaduras, guirnaldas, tiendas de campaña... todo brotaba de la imaginación de Velázquez, que colgó de las paredes tapices con los meses del año y decoró él mismo los paños de oros que colgaban en las esquinas del techo.

A la izquierda Francia. A la derecha, Su Católica Majestad. Luís era primo de nuestro soberano. 21 años y toda una vida por delante para terminar conocido como Luís el Grande. A nuestros abuelos nadie les había contado que ese mismo día, empezaba el fin de nuestro glorioso pasado en el que gobernamos el Mundo entero sin nadie que se atreviera a decirnos lo contrario. La tan ansiada paz se firmó y aquello fue conocido como El Tratado de los Pirineos. Un monolito de piedra y mármol, inmortalizó para siempre el acuerdo y dejó camino de la Iglesia a los novios. Al monarca español no le quedaban muchos años de vida y su heredero acabaría con la dinastía de los Austria españoles. De paso, le daba el primer puesto del podio de países a Francia. Pero todo eso no lo sabíamos aún.

Se comió y bien durante la ceremonia protocolaria. Los caldos del norte de España compitieron con los de Borgoña y hubo un conflicto a punto de estropear la paz cuando los cocineros de uno y otro lado decidieron que su carnes estaban mejor guisadas. Pero los franceses y los españoles se deshicieron en prodigios a la hora de cocinar faisanes. Firmada la paz, la Isla, inevitablemente, quedaría bautizada para el futuro como “de los Faisanes”.

Ni era de unos ni de otros, hasta que en 1856 se llegó a un acuerdo: los dos países compartirían su soberanía, seis meses uno y los otros seis el otro. El 1 de agosto de cada año, la bandera tricolor tiñe los menos de dos mil metros cuadrados del islote. El 1 de febrero de cada año, la rojigualda se apodera de la Isla de los Faisanes, de modo que desde hoy mismo y recordando nuestro pasado glorioso, España evoca los tercios imperiales que hacían, como acabamos de hacer nosotros, que nuestra Nación sea más grande, sea más extensa y le conquiste un trozo de suelo a Francia.

Lo malo de todo esto es que el 31 de julio volveremos a quedarnos como estábamos. 

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