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miércoles, 13 de febrero de 2013

La Cuaresma... por tradición


El ayuno de Cuaresma no es más que una tradición milenaria que heredamos los católicos de cuantas culturas anteriores nos han precedido. Una de las explicaciones más lógicas la da el periodo de tiempo en que se produce, justo cuando las “despensas” del invierno se habían vaciado y el campo no había dado aún sus primeros frutos de la primavera. Era pues el tiempo idóneo para la abstinencia. Hubiera sido absurdo, fijar la época de ayuno, durante el verano por ejemplo, cuando la agricultura se encarga de ofrecernos un gran número de frutas y verduras. Las culturas antiguas aprovecharon esta “imposición de la naturaleza” para fijar un periodo de tiempo en el que el ayuno, condujera a una limpieza corporal y ésta a una limpieza espiritual. Todas las culturas lo han practicado y eso sin duda caló en el cristianismo, que a imitación de Asiria, Babilonia, Mesopotamia, China, Grecia, India, Palestina, Persia y Roma, tiene también su eco en la Biblia. El Antiguo Testamento cita hasta 300 veces la práctica del ayuno.

En Egipto, los adoradores de Isis y Osiris ayunaban; Sócrates y Platón nos dejaron por escrito su inclinación a ayunar hasta durante 10 días seguidos y para formar parte de la prestigiosa escuela pitagórica de Grecia, era obligatorio hacer un ayuno que preparara al estudiante. El más grande de los médicos musulmanes, Avicena, prescribía a sus enfermos periodos de ayuno de entre 3 y 6 semanas, apoyado en el Libro Sagrado Musulmán, el Corán que dice que “La dieta es el remedio de primer orden; el estómago es el vaso de las enfermedades; no se posee nunca la salud llenándose el estómago; no hay que agotarse con la comida y la bebida; comer con exceso es el padre de todos los males y el ayuno es el padre de todas las curas”. También en la América precolombina la cultura de la abstinencia estaba muy extendida, puesto que para formar parte de la alta nobleza azteca, había que hacerlo en ayunas, y entre los incas, sólo en ayunas se podía entrar en contacto con los dioses.

En la Iglesia primitiva se hacían dos días de ayuno semanales, por influencia de la cultura judía, y normalmente eran lunes y jueves. Los primeros cristianos, de procedencia hebrea, intentaron distinguirse ayunando los miércoles y viernes. Era un a manera de preparase para acontecimientos importantes y supieron distinguir entre la mortificación con la que el pueblo judío esta práctica, con una tradición, porque no hay que olvidar que Cristo ayunó durante los 40 días que pasó en el desierto tras su bautizo. Hasta el siglo III los bautizados ayunaban viernes y sábado preparándose para el sacramento que se administraba un domingo, convertido ya en el día consagrado a Dios. Aunque parece más curioso que con la declaración del Cristianismo como Religión oficial del Estado el ayuno comenzó a declinar en fuerza, se fue olvidando su práctica y habría que esperar a las primeras cruzadas para que de nuevo se pusiera en práctica. Fueron precisamente los caballeros los que demostraban su completa disposición y entereza los que de nuevo, pusieran de moda el ayuno. No nos puede extrañar que en el siglo XIII, cuando se otorgaba la dignidad de caballería, la Iglesia pidiera al escudero que consagrara su armadura en el altar, que pasara la noche previa orando y en ayuno, y que tomara un baño antes de vestirse. Ya estaba listo para ser armado caballero.

Con el tiempo ayunar era sinónimo de humildad; los alimentos más caros eran los que antes desaparecían de la comida diaria y ese dinero bien podía destinarse a los más desfavorecidos. Es todavía más sorprendente el intenso debate que a lo largo del siglo XVIII se desató en España, por culpa del chocolate. Se había convertido en la bebida imprescindible de cualquier hogar, pudiente o no. Y España consiguió que la Santa Sede sacara la bebida de cacao de la lista de alimentos que rompían el ayuno.

¿Por qué ayunamos o guardamos la costumbre de no comer carne los viernes de Cuaresma? Pues digamos primero que es una tradición asociada a la historia misma de la Humanidad y que ciertamente, no cuesta nada mantenerla. Antes bien, si supone un contratiempo, tal vez nos sirva para prepararnos, que a veces los cofrades olvidamos qué significa el tiempo de Cuaresma. Pero más que las virtudes que el ayuno pueda ofrecernos, observamos una costumbre que mantienen todos los credos, que desde los babilonios a los indígenas americanos, pasando por las culturas de la Antigüedad, se hizo. Que el propio Cristo practicó y que forma parte de la idiosincrasia española. Es un pequeño esfuerzo y tiene toda una carga histórica, cultural y devocional detrás. Y este pueblo, ya ha perdido bastante de su personalidad como para renunciar a más cosas.

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