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jueves, 28 de febrero de 2013

¿Hermandad o Cofradía?


¿Cuántas veces se ha venido a especificar que una Hermandad no es sinónimo de Cofradía? Sin embargo no hay referencias ni semánticas, lingüísticas o a ojos canónicos entre ambas acepciones. Y digo esto porque ni el Diccionario, ni el Derecho Canónico, los recoge así. Sin embargo, no es menos cierto que no siempre fue así, y que hasta 1983 Hermandad y Cofradía no eran la misma cosa. A mí me ha parecido muy interesante la distinción que ha hecho la Iglesia históricamente. Sin ir más lejos, el Código que desde 1917 a 1983 estuvo en vigor, aclaraba este punto de una manera contundente. En concreto hemos de irnos al canon 707 del anterior Código. Contempla tres tipos de asociaciones de fieles, las órdenes terceras (dentro de una orden y para promover un tipo de vida más perfecta), las pías uniones (o Hermandades, destinadas a las obras de piedad y caridad) y las Cofradías (para el incremento del Culto Público). Lo dice así:

Can. 707. § 1. Associationes fidelium quae ad exercitium alicuius operis pietatis aut caritatis erectae sunt, nomine veniunt piarum unionum; quae, si ad modum organici corporis sint constitutae, sodalitia audiunt.

§ 2. Sodalitia vero in incrementum quoque publici cultus erecta, speciali nomine confraternitates appellantur.

La diferencia queda más que clara. Las Hermandades se constituían para el ejercicio de la caridad y las Cofradías para dar testimonio de fe. Esto ha de recordarnos que en el Concilio de Trento, preocupó y mucho este punto y que se impulsó la religiosidad popular, de manera que los fines reales de las “confraternizaciones” de fieles, no era otro que contrarrestar a la reforma protestante y conquistar la devoción del pueblo. ¿Eso implica que el Derecho Canónico de 1917 no obligara a la caridad a las Cofradías? Claro que no, es un precepto contemplado por cualquier cristiano, sólo que el fin primero y primordial de una Cofradía, era procesionar. ¿Y hoy día? El Concilio Vaticano II huye de la religiosidad popular, pretende cercenar la tradición conquistadora de la calle, camaleónicamente pretendió que nuestra fe la viviéramos en casa y en la Iglesia. Todo esto dicho de una manera muy general, por supuesto, y teniendo en cuenta que no está escrito en ningún lado...

Tras el Concilio y con el nuevo Código, Hermandad y Cofradía se equiparaba. La finalidad de ambos términos era idéntica, como su significado. Pero entonces, herencia de tantos años, se puso de moda por parte de algunos (error que muchos medios de comunicación repiten sin reflexionar al respecto), llamar vulgarmente a las cofradías hermandades, y reservar su nombre correcto para el cortejo procesional, sin que medie una base histórica ni jurídica que avale tal diferencia. A partir de los años 50 del siglo XX algunas colaboraciones literarias abundaban en la necesidad de precisar entre Hermandad y Cofradía. Porque en efecto, sí que eran hasta 1983, algo distinto. Tantos años pensando así, considerándolas cosas independientes, derivó en la actual equivocación que las trata por separado cuando llevamos 30 años sabiendo que son términos homólogos y homónimos. Ahora bien, el debate que ahora plantearíamos es otro: ¿debe la Iglesia volver a potenciar la práctica evangélica y la función didáctico/catequética de las Cofradías como su fin primordial y por el que se fundaron? Lo digo, porque muchos debates hueros e insulsos, acabarían.

Y se me viene a la cabeza la prohibición del Obispo de Huelva de celebrar un Magno Vía Crucis o los que (no es por ti, Santi Bueno, je,je) creen desacertada la realización de la Peregrinación Magna Mariana granadina del próximo (Dios mediante) 25 de mayo. ¿Acaso se nos olvida que el espíritu que originó lo cofrade es precisamente salir a la calle para incremento del culto público? ¿Y puede alguien dudar que 27 dolorosas en las calles, pueden incrementar más la devoción saliendo que no saliendo? Otra cosa es la idoneidad o corrección de la salida, si se podía hacer mejor o peor... pero si se debe realizar, la historia, la legislación eclesiástica y otras cuestiones, lo dejan claro.

Y recopilo: en la calle, desde hace 30 años, una Hermandad o una Cofradía, es lo mismo. Hacen idéntica función catequética y no cabe diferencias entre una y otra. 

2 comentarios:

J. Carlos Medina dijo...

Creo que la Iglesia debería volver a hacer una clara distinción entre las finalidades propias de una cofradía y de una hermandad por lo que debería a su vez hacer una definición correcta de una y otra no equiparándolas por tanto en su acepción. ¿Por qué creo que así debería ser? Básicamente por sentido común ya que si históricamente tenían significado distinto significa a su vez que tenían fines distintos y por consiguiente no quedaría a interpretación de la ideología “teólogo-económica” de cualquier miembro ordenado de la Iglesia el uso partidista, atendiendo a sus tesis particulares, de cómo ha de obrar una cofradía o una hermandad.
Sabido es que muchos consiliarios, en estos tiempos que corren, consideran una aberración el gasto que conlleva hacer estación de penitencia tal y como la conocemos y concebimos hoy en día ya que abanderan la caridad como motivo principal para que el capital destinado al culto público se dedique a paliar las necesidades del prójimo. Si tenemos en cuenta que el término caridad, en términos económicos, no tiene el mismo significado actualmente como antaño, es obvio pensar que el significado queda a merced de la interpretación sui géneris de quien pretende llevarla a cabo. Ejemplo claro lo tenemos en la famosa frase de “no des al pobre un pez sino una caña para pescar” y por consiguiente, creo, que es más caritativo dar trabajo a las personas (bordadores, orfebres, cereros, imprentas, radio, televisión, tiendas de instrumentos musicales y así un largo etcétera) que dar limosna a un pobre desamparado, que dicho sea de paso, obviamente y por caridad, también hay que ayudar y mucho pero sabiendo y entendiendo el equilibro que conlleva entre una cuestión y otra.
Si esto quedase claro a las hermandades se les podía demandar una absoluta disposición y esfuerzo a paliar las necesidades de los más necesitados mientras que a las cofradías, no como meta principal, aún sin descuidar la preceptiva caridad. Pero está claro que nos evitaríamos muchos reproches por parte de la curia así como de decisiones arbitrarias de quien le da auténtico sarpullido y pereza dejar en manos del pueblo la religiosidad popular.
Creo por tanto en la tesis de que no se trata ni más ni menos que de una maniobra para sustraer el poder popular de la religiosidad porque si se tratase de potenciar la caridad habría que equiparar a las monjas de clausura con el resto.

Anónimo dijo...

Gracias por la entrada. Por fin encuentro una aclaración contundente y con fuentes de peso para conocer la raíz de la distinción entre ambos términos.

Un saludo!