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viernes, 15 de febrero de 2013

Encarna Ximénez de Cisneros

Descorridas las bambalinas del teatro, no se me ocurre mejor fondo que el que disfrutarás, mañana. Es un repostero antiguo, granado y ganado, como deben ser las cosas de esta ciudad. Nada de alharacas encima de las tablas, nada superfluo echado sobre un proscenio donde ha latido el corazón de miles de actores y de granadinos. Y tú te lo vas a perder desde el patio de butacas, porque por primera vez, no empuñarás ese arma preciosa y única que te ha distinguido estas últimas décadas: tu boli, tu pluma, tu lápiz, la fábrica que te convirtió en una obrera de la comunicación y con los años te ha devuelto el ciento por uno bíblico y te ha traído a nosotros como la capataz, la oficial, la diestra en el arte de contar cosas. 

No, tú no vas a estar debajo sino encima. En las tarimas desde donde se tienen que contar las cosas importantes, que es a lo que te has dedicado bien entre las letras de un diario, bien entre las ondas de Marconi, bien colándote en la noche de los granadinos hasta sus salones por la pantalla de la distracción. Y venga a nosotros tu ritmo, tu composición, tu particular y desenvuelta manera de decir lo que siempre tienes que decir y nosotros lo veneramos. Y sé que en Melilla alguien estará tan contento mañana domingo, como yo el día que él se encuentre donde tú. Todo llega, ¿verdad, amiga?

Te vas a perder el batiburrillo que se cuece en las cacerolas de la prensa, sí, ya sabes, en esa platea corrida de la segunda marca, del segundo anillo de nuestro teatro, donde se prueban los sonidos, donde se comprueban los contrastes, donde sólo quedo yo, romántico empedernido, con los folios y el boli mientras los compañeros se dejan las yemas en las tabletas del siglo XXI. Te vas a perder el antes, la espera, los saludos, las francachelas, las indicaciones de la vocalía de protocolo (qué grande Luís Javier, ¿verdad?) y eso que forma parte ya de nuestra manera de entender lo previo. 

Pero como el "Cordero Redentor", te lo vas a perder para que nosotros lo ganemos; te vas a sacrificar en el altar de la palabra, en el ara de las rimas, en la escena de nuestro Teatro, para que a los cofrades que nos duele esto, nos quede claro que arranca la Cuaresma, arranca la vida según la fe y queda menos para soñar y sentir; y lo sabremos porque tú nos lo anuncias. 

¿Tú sabías que fueron los Reyes Católicos en aquella prebenda papal de 1486 los que decidieron que todas las Iglesias principales, mayores y primeras de cada una de las ciudades, de cada uno de los pueblos del Reino de Granada, se consagraría a la Encarnación de la Virgen? ¿Tú crees de veras que no vamos a pedirle al censo de la vida que en la genética de tus pasiones se cuele el adn de lo granadino? ¿Acaso piensas que vamos a renunciar a llamarte paisana por el escueto detalle de tu sevillanía?

Y cuando a la hora del pregón del ángel, a la hora de contarle a María ese Gabriel que fue el primer "cuentacosas" mariano de la vida arranque mañana todo esto, cuando te pierdas las intimidades de la platea, del anillo de la Católica, el rumor del patio de butacas, mientras el maestro Ruzafa inunda de "Esperanza" ese santuario de las emociones de la Fuente de las Batallas, empezarás corta y bisbiseantemente a escribir de nuevo, asomada a la mirilla de nuestros corazones, convertida en improviasda tatuadora de los almacenes de nuestra pasión... y entonces, sólo entonces, entrarás porque sí y porque no en la historia misma de Granada. Si es que no lo has hecho ya.

Y de esa manera, se construye un pregón. Oficial y oficioso. Entre cuentas de rosario y mayestáticos palios de cajón de las orillas del Darro; entre Cristos que buscan al aire, al aire de Granada, y a sabiendas que ya tienen heraldo que diga, sólo, lo que hay que decir. 

Pregonera, sabes que del brocal del cariño te aplaudiremos. Pregonera, sabemos que del pozo de tu amor nacerán tus alocuciones. Pero mañana, ya, mañana domingo.

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