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viernes, 8 de febrero de 2013

El dios Momo


Hace 5.000 años los egipcios empezaron a celebrar una fiesta en honor al dios Apis en la que todo valía; la diversión era el lema y el festejo tenía mucho que ver con el cada vez más próximo fin del invierno, o lo que es lo mismo, la cada vez más cercana llegada de la primavera. Apis era el toro sagrado, el señor de los muertos. Su fiesta era la de la resurrección y por eso solía lucir un disco solar entre sus cuernos. De Egipto tomaron buena nota griegos y romanos y se lanzaron a conmemorar en el mes de febrero una celebración parecida que ellos consagraron a los dioses Baco, Saturno y especialmente, a Luperco, la loba que según la mitología había alimentado a los fundadores de Roma.

El 15 de febrero, el Imperio se paralizaba. Había fiesta en las administraciones públicas y era difícil encontrar una sola ciudad que no participara de la celebración. En el siglo VI, ya con el cristianismo, seguía siendo popular y muy querida. Fue un Papa el que quiso conducir la celebración pagana a fiesta cristiana y puso todo su empeño en que se venerara a San Valentín, justo el día antes que las lupercales iban a ser festejadas por todo la ciudadanía. Pero hasta los emperadores como Justiniano animaban al pueblo a olvidar las epidemias, las guerras y las penas del día a día mientras duraran unas fiestas consagradas a la diversión y a los excesos.

Un día la Iglesia pensó que “si no puedes con el enemigo, únete a él” y ya en la Edad Media, propuso bautizar con otro nombre esta festividad pagana: del latín vulgar sugirió el nombre de carne-levare, que significa “abandonar la carne”, teniendo en cuenta que estaba por llegar la Cuaresma, el tiempo en el que los cristianos se preparan espiritualmente. Fue popular y muy aceptado este cambio sobretodo en Italia, que usando su propia lengua, empezó a llamar a esta fiesta “carnevale”, o lo que es lo mismo, tiempo en el que todavía se podía comer carne. Además, los celtas habían dejado por media Europa el culto a la diosa Carna, a la que se le hacían sacrificios con tocino de cerdo. Uniendo los cultos de Egipto, los excesos grecolatinos, la herencia celta, la fiesta se acabó por definir como hoy la conocemos: es la oportunidad de disfrutar y pasarlo bien antes de la llegada de Cuaresma. Pero es curioso que los países donde más se celebra hoy día, son precisamente los más católicos, luego hay que decir que la Iglesia fue la que consiguió conservar esta antigua festividad con 5.000 años de historia.

El carnaval le presta el nombre al periodo del año que los primeros cristianos bautizaron como carnestolentas, el tiempo previo a la cuaresma y que traducido al español significa “que se ha de quitar la carne” y tiene mucho de historia pagana pero también de cristianismo, que las sostuvo como divertimento del pueblo antes de pedirle los esfuerzos cuaresmales. Y desde España, el Carnaval llegó a América, donde se celebra especialmente en Brasil, Uruguay, Colombia y Ecuador. Pero además le ha dado sentido a una frase que es tan conocida como antigua: tienes monos en la cara.

Los griegos empezaron a darle culto a un ser que ellos relacionaban con el sarcasmo, con las burlas y la ironía. Le llamaron Momo, y era un dios burlón que gastaba bromas a los mortales aprovechándose de sus poderes y a la vez, inspiraba a los escritores y poetas y les otorgaba una capacidad creativa irónica y sarcástica. Se reía del resto de los dioses y le encantaba gastarle bromas a la diosa Venus, y solía meterse con Vulcano. Un buen día los demás dioses, hartos de su gracia, decidieron expulsarlo del Monte Olimpo y mandarlo al exilio. Así que se quedó a vivir entre los humanos, encargándose de que a veces en casa desaparecieran objetos, que tropezáramos, que nos sucedieran cosas que no podíamos explicar. Los griegos, empezaron a decir cuando alguien pone una cara extraña, graciosa, hace una burla o un gesto simpático, que el dios Momo estaba moviéndole las partes faciales.

Poco a poco, aquellos se extendió y los antiguos ya decían que de vez en cuando, uno tenía “momos” en la cara, en alusión al dios de la broma. Un buen día alguien tuvo que poner un gesto de extrañeza sin darse cuenta y los que estuvieran a su lado lo mirarían con asombro. Ese día, el hombre tan expresivo preguntó: ¿acaso tengo momos en la cara? Y la frase se hizo más y más popular, más frecuente y más usual. Pero en la España católica y ferviente, no era posible mencionar ni en estos casos el nombre de un dios mitológico, así que por el inmenso parecido, Momo acabó convertido en mono... Y ese el origen de la frase “tengo monos en la cara”, que alude al dios por excelencia del Carnaval, el de la máscara levantada para que se le vea la cara y que en una de sus manos lleva un muñeco con cabeza grotesca símbolo de la locura, de la alegría de la fiesta que los mortales hacen en su honor, pero que para disgusto de muchos, de no ser por el cristianismo, no se celebraría hoy día: el Carnaval.

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