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domingo, 24 de febrero de 2013

Alonso de Mena (1587-1646)


Los Altares-Relicarios de la Capilla Real

Desgraciadamente es uno de los imagineros capitales de nuestra escuela que no tiene presencia en nuestra Semana Santa, y no será porque a bote pronto, no se nos ocurran ejemplos brillantes que legó para la fe y para la historia. Siempre he pensado que el soberbio Crucificado de la Sacristía de Santa Ana, o el del Rectorado de nuestra Universidad, o el que figuró en la capilla de la Epístola del Santo Ángel Custodio, donde hoy se venera a la Virgen de la Consolación, serían extraordinarios modelos y veneros devocionales, más si cabe cuando en una ciudad como esta, de categóricas obras sobre esta iconografía, tenemos ciertas tallas que desmerecen a Granada. Reflexiones aparte, se impone que consideremos que sin Alonso de Mena y Escalante, quizás no hubiera habido continuidad no en nuestra escuela sino acaso, se hubiera visto mermada la de Sevilla, pues con él aprende el imaginero de Orce Pedro Roldán. A algunos les sorprenderá menos a los que al tanto de los estudios historiográficos, saben, primero, que Pedro Roldán no nació en Antequera y aunque desarrolló su arte en Sevilla, era de la cuna de Iberia, la localidad granadina de Orce, y segundo, al taller de Roldán (y últimamente a él en concreto) se le atribuye nada menos que la soberbia y colosal Virgen de la Esperanza. ¡La Macarena! 

El Crucificado del Rectorado de la Universidad

El caso es que Alonso de Mena estaba predestinado al arte pues sus padres se codeaban con la intelectualidad de la ciudad, dedicados a la impresión de libros. Alonso creció entre poetas, escritores y profesores universitarios que frecuentaban la imprenta paterna en el Albaicín, muy cerca de la Colegiata del Salvador. Su primer contacto con la escultura fue a través de Bernarbé de Gaviria y se acaba de demostrar que en toda su infancia y adolescencia, no salió de nuestra ciudad, algo que dejó demostrado el artista Diego de Aranda, desmintiendo que se formara con Andrés de Ocampo, natural de Jaén, como entre otras se intuía por las obras de uno y otro, que no se parecían en nada. El caso es que 1610, Alonso es sin duda, el titular del taller de escultura más próspero de todo el occidente y sigue los modelos de los hermanos García, demostrando que es fiel continuador de la escuela que pocos años antes había nacido e incluso había originado la sevillana. Con su maestro Bernabé trabajó en 1614 en el apostolado de la catedral, en 1615 le encargaron la Virgen de Belén que hoy se venera en San Cecilio y su maravillosa factura se comprueba por una anécdota: los donantes habían acordado pagarle a Alonso de Mena 150 ducados. Pero cuando la vieron terminada, le dieron 200 de lo bien que había sido ejecutada.

Inmaculada de San Matías

Con la muerte de Rojas y de Gaviria, a Alonso de Mena no le queda nadie que pueda hacerle sombra. Es un autor polifacético que trabaja la piedra, el mármol y la madera. Su vida privada sorprende; se casó tres veces: del primer matrimonio enviuda pronto. Juana de Medrano le da sus hijos, catorce en total. Con ella se traslada a la colación de Santiago y allí monta su taller. La esposa es una hacendada almeriense de vastas propiedades en Adra, ciudad para la que hace el crucificado que hoy procesiona la Hermandad de la Expiración. Heredó los policromadores de su maestro y cultivó el tema de la Inmaculada antes que ningún escultor del seiscientos en España, como la Purísima de la Iglesia de San Matías, que posee uno de los estofados más interesantes de nuestra ciudad, o el Monumento al Triunfo, el primero del Mundo dedicado a la Inmaculada. Suyas serán también las Purísimas de San Jerónimo, Gracia, San Antón o Córdoba.

Cristo de la Expiración de la Sacristía de Santa Ana

En los crucificados está muy presente el modelo de los Hermanos García. En la Iglesia del Carmen de Madrid, hace uno sin policromar. Para Carcabuey en Córdoba, labrará otro potente, que se identifica por su anatomía descarnada. El del Hospital Real tiene uno de los paños de pureza más fuertes y dinámicos de toda la escuela y el de la Sacristía de Santa Ana, que procesionó durante siglos con su Hermandad fundada en San Gil, es de una sutileza única, compitiendo con los grandes crucifijos de Juan de Mesa. No podemos olvidarnos del Cristo de los Caídos de la Catedral de Málaga, corona de espinas tallada, grandes nudos casi teatrales del paño de pureza y el gusto por una anatomía serpenteante. Sin duda, nadie ha trabajado tanto la iconografía de la Expiración de Cristo.

Santiago Matamoros de la Catedral de Granada

Alonso de Mena tuvo tiempo de cumplir los contratos con la Catedral, para donde deja el Santiago Matamoros en 1640. Sus tallas son ornamentadas, cargadas de aderezos. Con él aprendió Pedro Roldán y se llevó las lecciones bien asumidas, como vemos en el Cristo de las Misericordias de Santa Cruz de Sevilla, y por supuesto, su cuñado Cecilio López con el que hay que ligar el Cristo de las Tres Caídas de Granada y por supuesto, el genio de su hijo, don Pedro de Mena, que nos tocará en otra entrega. Murió en 1646 a los 59 años el escultor que confesaba y comulgaba antes de hacer una Imagen. Descansa eternamente en la Iglesia del Corpus de la Calle Elvira, uno de los que hizo posible que Granada, alcanzara tan alto nivel.

Decoración barroca en el Pilar de Carlos V (Bosque de la Alhambra)


1 comentario:

Anónimo dijo...

Siento discrepar en lo que al lugar de nacimiento de Pedro Roldán se refiere, pero está documentado el lugar de nacimiento de Pedro Roldan y Onieva en Sevilla, más concretamente en la collación del Sagrario, y no lo digo yo lo dice Don Heliodoro Sánchez Corbacho y lo confirma la partida bautismal del escultor.
No voy a dudar de la calidad artística de Don Alonso de Mena, pero la obra de Roldánse aleja mucho de la de Mena.