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jueves, 10 de enero de 2013

Valladolid Capital de España


El Escudo de España (Castilla y León) en la Alhambra de Granada

Atendiendo a que España nace tal y como la conocemos (como un Estado homogéneo) en el año 1492, la primera capital de nuestra Nación fue Granada, la única ciudad que tuvo el privilegio de ostentar la corte como residencia fija y que no se volvería a repetir hasta que Felipe II nombrara Madrid la capital de su Reino en 1562. Ahora bien, tampoco lo ha sido de corrido hasta el actual 2013, puesto que Valladolid primero y Burgos luego, han tenido esa suerte. También conviene especificar que tanto Toledo como Granada, fueron las capitales del Imperio en tiempos de Carlos I y V de Alemania, de suerte que los granadinos pueden presumir que en su dilatada historia, dos veces fueron capital de España y el Imperio como tres veces antes lo fueron de un reino que está cumpliendo 1000 años en el presente 2013 aunque sin el empuje institucional que en su día nos vendieron; pero es otro discurso.

Plaza Mayor de Valladolid en la actualidad

Ahora nos toca hablar de la efeméride que hoy, 10 de enero, vivimos. Los 412 años que se cumplen del traslado de la corte desde Madrid a Valladolid, y que desde luego fue de todo menos positiva y mucho menos efectiva. Téngase en cuenta que no lo decimos por la enormísima y regia ciudad del Pisuerga, a la que pocas poblaciones españolas le harán sombra en historia, patrimonio y encantos, sino porque ese nombramiento capitalino fue más un capricho del valido de entonces (no hace falta explicar que el cargo de valido equivaldría al actual presidente del gobierno, si acaso con más poder), que se ha encargado la historia de advertirnos cómo los males de España, han solido ser en buena medida, culpa de los desmanes, desaciertos, ambiciones desmedidas y mañas prácticas de los validos de Felipe III, Felipe IV y Carlos IV principalmente, o dicho de otro modo, España es hoy más pobre e incapaz por culpa del Duque de Lerma, el Conde Duque de Olivares y Manuel de Godoy.

Foto de familia de los Habsburgo españoles desde Felipe II a Carlos II

Vámonos 412 años atrás. Felipe III no fue ni de lejos un mal rey, pero tuvo la desgracia de situarse en medio del exitoso gobierno de su padre Felipe II y quedar eclipsado por el segundo renacimiento cultural de España (con Velázquez como capitán) que su hijo Felipe IV nos dejó. Además, mientras Carlos I gobernó durante 40 años, Felipe II durante 42, Felipe IV durante 45 y Carlos II durante 35 (si quieren, a ellos sumo a Felipe V, primer Borbón, con un reinado de casi 45 años), Felipe III que es el monarca con el que Valladolid se convierte en capital del Reino, tiene el reinado más corto junto al de Fernando VI o Alfonso XII, en su caso de menos de 23 años que parecerían pocos si los comparamos con el de su hijo, hasta el momento el más longevo en el trono.

Felipe III por Frans Pourbus el Joven (hacia 1600)

Todas estas cifras sirven también para exponer por qué el tercero de nuestros “Felipe” es titulado como un “Austria menor”. Cierto es que España no se mete en empréstitos bélicos de altura y que no nacen edificios imponentes como El Escorial, acaso el Palacio Real o los Reales Sitios de Retiro y Recreo que los Austrias del Barroco y los Borbones legarán al patrimonio histórico, pero no es menos cierto que le tocó dirigir un Imperio descomunal sin el ánimo ni la fortaleza de su abuelo ni de su padre, ni la predisposición de su hijo. O dicho de otra manera, fue un rey aséptico que ni siquiera contó con retratos institucionalizados que nos lo recuerden con la vehemencia que sí lo han hecho otros cuadros de otros reyes. 

El Duque de Lerma por Pedro Pablo Rubens (1603)

El mal de España durante el reinado de Felipe III era un amigo disfrazado de codicia y ambición y tiene nombres y apellidos: Francisco de Rojas y Sandoval, I Duque de Lerma (1553-1625), valido del Rey y dueño absoluto de la voluntad del monarca, que sólo veía por sus ojos y nada más que a él hacía caso. Pero el de Lerma tenía sus reticencias a veces sobre la aplastante influencia que ejercía sobre Felipe III y veía enemigos por doquier, así que en diciembre de 1600 fue capaz de urdir la más baja de las tretas que consistió en trasladar la Corte a Valladolid, para aislar al monarca de cualquier influencia, pero especialmente de la que el pérfido valido entendió más importante: la Emperatriz María, tía del rey, hermana del difunto Felipe II y viuda del Emperador del Sacro Imperio Maximiliano II. Cuando enviudó, María dejó la corte imperial y se refugió en los muros conventuales de las Descalzas de Madrid, a donde acudía con frecuencia Felipe III para pedirle consejo, no en balde, había sido regente de los tronos de Bohemia, de Hungría y las cancillerías imperiales.

Doña María de Austria por Juan Pantoja de la Cruz (hacia 1600)

A Francisco de Rojas que doña María de Austria pudiera decirle abiertamente al rey lo que pensaba y que le repitiera insaciablemente que la grandeza de Carlos I y de Felipe II se había construido sin la influencia de un primer ministro cada vez con más poder, le aterraba. Doña María no regateaba en consejos y éstos ponían en riesgo la importante operación que el valido estaba llevando a cabo: enriquecerse más y más descuidando la verdadera función para la que estaba llamado. Si la corte se marchaba de ese Madrid y de ese Monasterio donde la tía abuela del rey decía verdades insondables, todo sería mejor para él. Así que ni lo mucho que suplicaron los madrileños para no perder el negocio que siempre ha sido ser capital de algo (administrativa, laboral y económicamente hablando), ni por supuesto los cientos, los miles de escudos de oro que los regidores de la ciudad le dieron al de Lerma para que no dejara a Madrid sin su condición de Corte (escudos que cogió pero sin que ello significara otra cosa más que enriquecerse por partida doble), sirvieron de nada.

Los vallisoletanos veían entrar tal día como hoy de hace 412 años, la solemne, descomunal e imponente comitiva que desde Madrid, se acercaba a la ciudad que un día fue cabeza de Castilla y que esperaba recuperar el porte y la dignidad inigualable con la que había estado dotada en su momento. La “cabalgata regia” se acercaba y Valladolid celebró fiestas de una brillantez inesperada. No fue sólo una recepción, sino que se emplearon a fondo para que el Rey y la corte se sintieran tan envidiablemente bien, que no depararon en gastos a la hora de ofrecer los mejores divertimentos: una corte, una capitalidad, necesita mano de obra; invierte en infraestructuras, genera prosperidad... Lo fue en su momento y lo sigue siendo hoy, y eso era algo que los vallisoletanos tenían muy presente, de manera que si había que sembrar para recoger en el futuro, así se haría. Y a las corridas de todos, justas, soberbios banquetes, cacerías, bailes de todo tipo, se sumaron las fiestas mayores cuando nació la Princesa Ana, o cuando cumplió años el Rey, sin desmerecer la celebración que dieron al embajador inglés, el conde de Nottingham que venía con un séquito de 500 personas, tantas como formaron parte del banquete generoso a cargo de Valladolid. Cualquier motivo significó una fiesta que no tenía fin, celebrándose una tras otra sólo interrumpidas por las extraordinarias cacerías. Luís de Góngora escribiría un soneto que recoge la inversión fantástica que la ciudad castellana estaba gastando por contentar a cortesanos y a la Familia Real y ostentar desde ya y para siempre, la capitalidad española. 

Luís de Góngora por Diego Velázquez (1622)


Parió la Reina; el luterano vino
con seiscientos herejes y herejías;
gastamos un millón en quince días
en darles joyas, hospedaje y vino.

Hicimos un alarde o desatino,
y unas fiestas que fueron tropelías,
al ánglico Legado y sus espías
del que juró la paz sobre Calvino.

Bautizamos al niño Dominico,
que nació para serlo en las Españas;
hicimos un sarao de encantamiento;

Quedamos pobres, fue Lutero rico;
mandáronse escribir estas hazañas
a don Quijote, a Sancho, y su jumento.

Valladolid no se daba cuenta que estaba empobreciéndose a pasos agigantados, mientras el de Lerma hacía negocios que le resultaban extraordinariamente beneficiosos como la casa que había previsto para alojar a Felipe III y que tuvo la desfachatez de venderle en 55 millones de maravedíes, una fortuna impensable en 1601 y más teniendo en cuenta que los vallisoletanos habían costeado la casi totalidad de la suma de su adquisición como regalo de la ciudad al Rey. Si a esto sumamos que se autonombró alcalde perpetuo de Valladolid, con una renta anual que multiplicaba por diez el sueldo que venía cobrando el regidor vallisoletano, o que dispuso de la Iglesia de un Convento para mausoleo propio y que no faltó jamás a su cita con el dinero, con el que se dejaba seducir creyendo los vallisoletanos que compraban la capitalidad de por vida, el Duque de Lerma fue uno de los más ruines y abyectos personajes que ha parido España.

Fiesta en la Plaza Mayor, obra de Juan de la Corte (1623)

A Doña María de Austria, Emperatriz Viuda, como cabeza de la oposición aristócrata y cultural a los desatinos del Duque de Lerma y empujada por los madrileños, se le ocurrió una trama definitiva para que a la ciudad del oso y del madroño regresara su sobrino nieto con toda la corte: la organización de una gran fiesta el 22 de abril de 1602 con el propósito de convencer a su sobrino de que mantuviera la capitalidad de Madrid y olvidara el proyecto de hacer de Valladolid la nueva capital del reino. Fueron tres días de grandes festejos en los que colaboraron los frailes dominicos del convento de Nuestra Señora de Atocha y el Concejo de la Villa, pero el empeño fue vano porque el de Lerma se estaba enriqueciendo con largueza y además de ello, no quería rivales que le pudieran hacer sombra, en kilómetros a la redonda, y Madrid estaba plagado de ellos. Pero la suerte le iba a sonreír ya que en 1603, la amenaza que representaba Doña María, expiraba como ella misma. La muerte de la tía abuela de Felipe III le dejaba expedito el camino a Francisco de Rojas... Hizo llamar a su hombre de confianza (otro traidor, prevaricador, ladrón y enemigo de España), su fiel lacayo contagiado de la avaricia del privado, Pedro Franqueza. Y en cuanto supo de la muerte de la viuda emperatriz, le ordenó que fuera haciendo las gestiones oportunas para regresar a Madrid. 

Pedro de Franqueza por Juan Pantoja de la Cruz (hacia 1603)

La decisión fue muy bien recibida en Madrid, y supuso otra oportunidad de enriquecimiento. La demoníaca gestión de Pedro Franqueza consistía en venderles la idea a los ediles de Madrid de que la corte podría regresar si ellos eran generosos con las cuentas privadas del Duque de Lerma y con la suya, claro. De forma que a la cantidad de escudos que se invirtieron en celebrar el regreso de Felipe III, habría que sumar la nada desdeñable cantidad que ya se habían embolsado dos individuos como estos, poniendo fin a una capitalidad que dejó a Valladolid en la ruina, endeudando a sus ciudadanos por varias décadas que tuvieron que pagar los préstamos solicitados para hacer frente a los pingües y costosos divertimentos con los que procuraron comprar la voluntad de Lerma y de la corte y que supuso una de los capítulos más humillantes de la Historia de España, en el que un particular se enriquece vilmente gracias a su posición, jugando con el pueblo. 

¿Les suena de nuestra actual clase política?


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